Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Ah, señor De Lancey, me alegro de conocerlo, señor. Siéntese, por favor. Tengo entendido que desea verme en relación con un juicio penal que se ha llevado a cabo en estos días.

George ocupó la silla que le indicaba el gobernador.

Le pareció que el hombre tenía el aspecto del rigorista que la gente delineaba.

Su porte militar era rígido; su uniforme, impecable; su mirada, inquisitiva, con unos astutos ojos azules que parecían querer penetrar la fina capa de cortesía social que había generado el breve intercambio.

Era evidente que ese hombre apreciaba la franqueza; que la exigía, incluso, y que consideraba fastidioso cualquier intento de disimulo.

A juzgar por el orden preciso de los papeles que había sobre su escritorio, también era eficiente.

Sin esperar a que George le explicara el motivo de su visita, sacó el voluminoso expediente que contenía la transcripción del juicio.

—¿Se refiere al proceso de un fugitivo llamado Nicholas Vincent, supongo?

—Sí, Excelencia —confirmó George. Esperó en silencio a que el gobernador echara un vistazo a la transcripción.

Luego, cuando Darling devolvió los papeles a su carpeta con todo cuidado y su fría mirada azul volvió a posarse en su rostro, añadió en voz baja—: He venido a solicitar a Su Excelencia que conmute la pena de muerte impuesta a Vincent y sus secuaces.

El general Darling mostró un notable desconcierto. Asombrado, levantó sus gruesas cejas.

—Pero fue usted mismo quien impuso la sentencia, ¿no es así? Usted juzgó el caso y los hombres fueron declarados culpables de asesinato y robo. ¡Por Dios! Se habían fugado de la granja gubernamental del vado Emu. El propio Vincent organizó la fuga. Y él mismo ya había escapado de la cárcel de aquí.

—Se le había concedido un permiso de libertad condicional, señor. Como hombre culto, fue nombrado secretario del capitán Piper, el oficial naval del puerto, y…

—Abandonó su empleo —lo interrumpió con aspereza el gobernador— y se fue al monte, armado.

Él y los hombres a los que ayudó a escapar del vado Emu se convirtieron en lo que creo que ustedes llaman bushrangers: salteadores y ladrones.

Tengo entendido que, cuando se los captura, a estos criminales se los suele ahorcar, ¿no es así, señor De Lancey?

—Sí, señor, así es —admitió George—, pero a los que no cometen actos violentos se les suele conceder un indulto.

La pena de muerte debe ser impuesta por la ley, pero el gobernador tiene la facultad de conmutarla si existen circunstancias atenuantes.

A los condenados a muerte, señor, la sentencia se les permuta por una cadena perpetua en la nueva colonia penal de la bahía Moreton o en la prisión que se acaba de abrir en la isla Norfolk.

El rostro del gobernador se ensombreció.

—¡Maldita sea, De Lancey! ¡Esos hombres han cometido un asesinato!

¡Mataron a tiros a dos nuevos colonos, dos exoficiales del rey, y les robaron las armas, los caballos e incluso la ropa!

¿No fue otro exoficial de la marina…? ¿Cómo se llama, Tempest?

¿No declaró el señor Tempest que encontró los cadáveres desnudos de esos dos desafortunados caballeros?

—Sí, señor, así fue. Pero Nicholas Vincent y los cuatro hombres que lo acompañaban juraron que encontraron a los señores Willoughby y Daniels ya muertos.

Vincent admitió haberles quitado las armas y la ropa, así como los caballos.

Pero… —George se encogió de hombros— insiste en que ni él ni los hombres que lo acompañaban los asesinaron.

—¿Y usted le cree? —espetó Darling.

—Sí, señor. Me ha convencido de que dice la verdad.

—Los oficiales que se sentaron con usted en el banco no estuvieron de acuerdo. Dictaron veredictos de culpabilidad contra los seis. —El gobernador frunció el ceño.

George inclinó la cabeza. Su jurado estaba compuesto por oficiales del recién llegado Quincuagésimo Séptimo Regimiento y era la primera vez que se sentaban en un tribunal.

Uno de ellos, el capitán Patrick Logan, un veterano de la Península, hombre de mirada grave y bigote, había desestimado con desdén las dudas de todos y había ejercido su influencia.

Ese Logan iba a sustituir al capitán Bishop como comandante de la colonia penal de la bahía Moreton, recordó George, y solo estaba a la espera de que un barco lo llevara allí.

—Las pruebas no eran concluyentes, señor —afirmó el juez—, además de que estaba el tiempo como factor.

—¿Qué factor ese ese? —exigió Darling.

—Encontrará todo en la declaración del señor Tempest, señor.

Si me lo permite… —George cogió el expediente, lo hojeó con agilidad y dejó las hojas necesarias sobre la mesa—.

El señor Tempest afirma que él y un nativo a su servicio situaron a Vincent y sus compañeros a unas cinco millas del lugar donde se encontraron los cadáveres en el momento en que, según todos coinciden, se cometieron los asesinatos.

Aquí, señor. —Señaló las líneas correspondientes, escritas con letra clara en la transcripción.

El gobernador leyó la página y la apartó de golpe.

—¿Qué prueba esto, señor De Lancey? Esos sinvergüenzas iban a caballo, ¿no?

—No todos, y en esa zona les habría llevado más de una hora llegar al lugar del tiroteo, señor —argumentó George—. Además, según dijeron, sus caballos estaban agotados. —Dudó y enseguida añadió enfático—: Y hubo un duelo, señor. Eso da un nuevo giro al asunto.

—¡Sí, ese maldito duelo! —exclamó Darling con ira.

Se pasó una mano por el cabello ralo—. Supongo que debería tomar medidas al respecto, aunque quizá sea más prudente hacer la vista gorda, ya que dos de los protagonistas están muertos, pobres.

—Entrecerró los ojos—. Por el amor de Dios, De Lancey, no estará sugiriendo que el holandés, Van Buren, les tendió una emboscada y mató a los dos pobres hombres, ¿verdad?

—Señor, creo que esto siembra incertidumbre —respondió George con tono seco—.

Josef Van Buren es un tipo extraño y de temperamento violento.

No tenía motivos para estimar al joven Willoughby.

Fueron adversarios en el duelo y él consideraba que su honor había sido mancillado.

Además, señor, la lealtad de Van Buren es… , bueno, bastante dudosa.

Describió en breves palabras la visita del holandés a la isla Norfolk y su encuentro con la fragata francesa. Constató cómo el gobernador, asombrado, volvía a arquear las cejas.

—Pero el hombre estaba herido, tenía una bala de pistola en el brazo, ¿no es así?

—Sí, señor, así es —admitió George—, pero podía montar a caballo. Fue capaz de recorrer más de doce millas hasta Bathurst. El factor tiempo también se aplica a Van Buren, señor.

—¡Maldita sea, supongo que sí! Pero usted no tiene pruebas, ¿verdad?

—No, señor, ninguna.

—¿Y entonces?

—En mi opinión, tampoco hay pruebas de que Vincent y sus compañeros fugitivos hubieran cometido el asesinato.

Además, no creo que sean hombres violentos.

Después de su escape del vado Emu, señor, se desató un incendio forestal.

Ellos ayudaron a mi esposa. —Con una cuidadosa selección de palabras, George repitió la historia que le había contado Rachel—.

Se arriesgaron a ser recapturados con tal de volver a la granja del gobierno a pedir ayuda, señor.

Y, lejos de hacerle daño a mi esposa, recuperaron su caballo y la ayudaron a montar para que se pusiera a salvo.

No le pareció prudente añadir que Vincent y uno de sus amigos habían sido, con toda probabilidad, los autores del allanamiento de su despacho en la calle Macquarie.

Lo confirmaba el hecho de que Vincent tenía la pistola robada.

George se daba cuenta de que debían de haber ido en busca de algunos de los documentos que ahora estaban sobre la mesa. De todos modos…

—Así que usted cree que Nicholas Vincent es lo que la prensa sensacionalista se complace en llamar «un caballero de los caminos», ¿verdad? —sugirió Darling con cinismo—. Fue deportado por robo en carretera, ¿no es así?

—Tengo entendido que sí, señor. Pero nunca ha sido acusado de ningún tipo de violencia. He consultado sus antecedentes. Por eso, señor, no lo ahorcaron en Inglaterra; le conmutaron la pena.

—¿Y cree que yo debería conmutar la sentencia que usted mismo le acaba de imponer?

George se irguió y miró con fijeza los ojos del general Darling.

—Esa es la razón por la que acudo a usted, señor, para pedir clemencia en nombre de Vincent.

—Es algo inusual que una petición así provenga del juez, incluso en Nueva Gales del Sur, ¿no es así? —sugirió Darling.

—Sí, señor, lo reconozco. Pero, como juez, no quiero ser parte de lo que, con toda franqueza, creo que sería una injusticia.

—Entiendo. Bien… —El gobernador siguió sometiendo a George a un escrutinio en su propio caletre.

Al final, relajó la expresión y la convirtió en una sonrisa fría.

El juez De Lancey sintió que la tensión empezaba a desvanecerse.

Era muy consciente de que había ido con una petición inusual, pero se sentía obligado a hacerla.

Las pruebas no habían sido convincentes; faltaba una evidencia.

Además, el comportamiento de Van Buren en el tribunal había despertado las sospechas de George e incitado su consternación ante el veredicto emitido por los seis oficiales del Quincuagésimo Séptimo regimiento, a pesar de que, en sus conclusiones, había instado a absolver a los cinco condenados del cargo capital.

Eran culpables de los cargos menores, por supuesto, y no habían intentado refutarlos.

Por lo tanto, incluso si el gobernador ejerciera su prerrogativa de conmutar la pena de muerte, tendrían que cumplir una condena casi igual de dura.

—Los hombres enviados a la bahía Moreton van allí de por vida, creo —dijo Darling—, y no hay posibilidad de fuga.

—No, señor, ninguna —le aseguró George.