Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Quizá el servicio en una colonia penitenciaria era más exigente que el trabajo en una parroquia normal, de modo que los capellanes eran reacios a aceptar la primera tarea.

Sin duda, ella y Nathan tendrían que soportar el aislamiento: los nuevos asentamientos de convictos se estaban creando en lugares alejados de la civilización.

De ese modo se desincentivaban las fugas y se hacía más rudo el castigo.

Al igual que los funcionarios y los guardias, los capellanes debían compartir ese exilio.

Había oído al señor Cartwright hablar de «indultos capitales» y sabía, por lo que el propio párroco le había contado, que se refería a hombres que habían sido condenados a muerte y luego indultados.

Estos, en lugar de la pena capital, recibían una cadena perpetua sin derecho a apelación.

La isla Norfolk se había reabierto para acoger a esos delincuentes y, según el señor Cartwright, no estaba previsto que ninguno de ellos pudiera regresar a Nueva Gales del Sur.

Alice se estremeció y Nathan, en un acto inquietante, como si hubiera leído sus pensamientos, dijo con tristeza:

—Su Excelencia el gobernador ha decretado que la isla Norfolk sea el lugar donde se inflijan castigos que no llegarán a la pena de muerte para todos los que sean enviados allí. Rezo a Dios, mi pequeño amor, para que encuentres la fuerza necesaria para afrontar la vida en ese lugar.

De los dos, reflexionó Alice con tristeza, quizá ella era la que tenía más posibilidades de encontrar esa fuerza.

Había sido una convicta, y él no; la habían llevado encadenada y la habían golpeado, humillado, y…

Robert Willoughby la había corrompido y despojado de su inocencia.

Pero él estaba muerto y nunca podría traicionar su secreto.

Tenía que apartar de su mente el temor a la traición y recordar solo que era la esposa de Nathan, la esposa de…

¿Cómo había dicho Claus?: un hombre de Dios.

Sonrió y extendió la mano para tocar la de él.

Le habló con un tono lenitivo: «Estaremos juntos, querido Nathan.

Por muy mala que resulte ser la isla Norfolk, nos tendremos el uno al otro».

—Sí —asintió él—. Gracias a Dios, nos tendremos el uno al otro.

Hicieron una parada en Parramatta y almorzaron en el hotel Woolpack.

Todo un lujo, Alice lo sabía muy bien, pero su flamante esposo había insistido en darse el gusto.

Descansados y saciados, completaron a buen ritmo las últimas quince millas por la bien pavimentada carretera de peaje.

Llegaron a la ciudad de Sídney justo antes del atardecer.

Nathan reservó una habitación para pasar la noche en la pequeña pensión de la calle George, donde ya se había alojado.

Al día siguiente, desde la ventana, pudieron ver los barcos que los llevarían, junto con un centenar de convictos, a la isla Norfolk.

El Mermaid estaba anclado en el fondeadero exterior.

Era un elegante barco con un mascarón de proa que brillaba bajo el sol y en cuya cubierta había hombres atareados.

Alice pudo distinguir con claridad el casco del Phoenix, donde estaban encarcelados los condenados a muerte.

Una procesión de lanchas navegaba entre este y el bergantín colonial Brutus, con su melancólico cargamento de convictos bien encadenados.

Alice vio que llevaban a algunas mujeres y niños al Mermaid; solo podía suponer que se trataba de las esposas y familias de los condenados, quienes, por su propia voluntad, habían aceptado acompañarlos al exilio.

Después del desayuno, caminaron la corta distancia hasta el muelle, donde Nathan se enteró de que debían estar a bordo del Mermaid al mediodía.

Eso los dejaba con muy poco tiempo para buscar a Claus y Saleh y despedirse de ellos.

Alice no quería ir por su propio pie a la casa de los Van Buren.

Temía que, incluso entonces, Lucy Van Buren decidiera reclamarla.

Para su alivio, mientras dudaba indecisa en el muelle, Claus apareció y echó a correr gozoso hacia ella.

—He esperado cada día tu llegada —le dijo el niño mientras se abrazaban—. Se dijo que el hombre de Dios, el señor Nathan Cox, zarparía hacia la isla Norfolk, y yo estaba seguro de que tú irías con él. Ahora es tu marido, ¿verdad?

—Sí —confirmó Alice—, es mi marido, Claus.

—¿Y eres feliz? ¿Es un buen hombre?, ¿siempre amable contigo?

—¡Sí, sí! Siempre es amable, y soy feliz. ¿No recibió Saleh mi carta en la que te lo contaba?

—Recibimos una carta —admitió Claus—, pero… —Se encogió de hombros—. Ninguno de nosotros pudo leerla, ni siquiera Amos, a pesar de que es inglés y lo intentó.

Alice se sintió arrepentida en el instante.

—Ay, Claus, lo siento. Debería haberlo imaginado.

—No importa —la tranquilizó el chico—. Saleh escuchaba lo que se decía mientras atendía la mesa.

Cuando la señora Dawson y la señorita Dorothea fueron a cenar, hablaron de tu boda.

—Bajó la cabeza—. No quisiera decirte esto, querida Alice, pero mevrouw Van Buren dijo que irías a la isla Norfolk porque era el lugar adecuado para ti.

Es una mujer muy cruel… Más cruel que antes, desde que se enteró de la muerte de mijnheer Willoughby, y…

—El chico se interrumpió y sus mejillas morenas palidecieron—.

No debería hablar del asunto, ni siquiera contigo.

Mi padre… quiero decir, mijnheer Van Buren, dice que me retorcerá el cuello como a un pollo si hablo de ello.

Alice no insistió. De haber tenido más tiempo, quizá lo habría hecho, pero Nathan ya le hacía señas desde el otro lado del muelle.

Vio que un bote del Mermaid se acercaba a la escalera.

El equipaje, en su mayor parte de Nathan, había sido traído desde la pensión en una carretilla y debían cargarlo en la lancha. Tenía que marcharse.

Claus vio su gesto y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Ya tienes que irte al barco, Alice? —susurró.

—Sí, debo irme. Lo siento, Claus. Esperaba que pudiéramos pasar unos días aquí y ver a Saleh y a los demás para darles las gracias y despedirme. ¿Lo harás por mí?

Claus parpadeó para contener las lágrimas y asintió enérgico.

—Ojalá pudiera ir contigo —dijo.

—A mí también me gustaría —admitió Alice con voz ronca—. ¡Oh, querido Claus, cómo me gustaría!

—Tienes al hombre de Dios, a tu marido —le recordó Claus—.

Si estuvieras sola, Alice, yo iría contigo.

Pero mijnheer Van Buren… está herido, le dieron un balazo en el brazo cuando él y mijnheer Willoughby se enfrentaron con pistolas en algo que llaman duelo.

Es mi padre, debo cuidar de él. Estoy door de plicht gebonden, obligado por el deber, como creo que lo decís en inglés.

—Sí, así lo decimos. —Alice se inclinó para darle un beso en la cabeza morena. Sentía un nudo en la garganta—. Que Dios te bendiga, Claus, que Dios te bendiga y te proteja siempre.

—Escríbeme —insistió el niño—. Estoy aprendiendo a leer inglés.

No me llevará mucho tiempo. Y también a escribir.

—Le dedicó una sonrisa—. Dickon me está enseñando a dibujar.

Mientras no sepa escribir bien, te haré dibujos ¿lo ves?

Y quizá vaya a visitarte a la isla Norfolk, como aquella vez, cuando el señor Van Buren fue allí en barco.

Volvía a estar alegre, con los ojos brillantes de ilusión. Nathan se unió a ellos, y Claus, tan educado y sonriente como siempre, le ofreció la mano con la dignidad de un adulto.

El clérigo se la estrechó con calidez. Luego, tras despedirse del niño, cogió a Alice del brazo. Los dos se dirigieron a la lancha que los esperaba.

Ya en la cubierta del barco, los recibió el comandante del Mermaid, un oficial alto y apuesto con los ojos más azules que Alice había visto jamás.

—¿El reverendo Nathan y la señora Cox, supongo?

Soy el teniente Justin Broome, de la Marina Real.

¡Bienvenidos a bordo! Transportamos a cincuenta convictos, seis esposas y seis niños, además de ustedes.

El Brutus lleva un número similar. Con vientos favorables, llegaremos a la isla en ocho o nueve días.

Haremos todo lo posible para que estén cómodos durante la travesía.

—Señaló con la cabeza a un pequeño pelirrojo que estaba a su lado, alerta—.

Este es mi hijo, Murdoch Broome, a quien todo el mundo conoce como Red.

Él les mostrará su camarote. Espero tener la oportunidad de conocerlos durante la cena, en un ambiente más sereno.

Nathan le dio las gracias. Luego, él y Alice siguieron al pequeño hijo del capitán hacia la escotilla de popa, desde donde pudieron ver a una pequeña figura que los saludaba con toda su energía desde el muelle.

Alice le devolvió el saludo, consciente de un nudo en la garganta. El joven Red preguntó con curiosidad:

—Es Claus Karimon, ¿verdad, señora? ¿Lo conoce bien?

—Sí —confirmó Alice—, muy bien.

—Es un buen tipo —le dijo Red con convicción—. Cuidado con la brazola de la escotilla, señora. Su camarote está en el lado del babor, señor Cox, justo delante.

Alice pensó en las diferencias entre esa recepción y la que le habían dado a bordo del transporte Mary Anne , hacía casi un año.

La cabina luminosa y aireada a la que los había acompañado el hijo del capitán no se parecía en nada a la cubierta abarrotada a la que la habían llevado sujeta con cadenas.

Al sentir la mirada interrogativa de su marido, le dedicó una rápida y feliz sonrisa y se dejó caer en sus brazos.

—Te quiero, Nathan —susurró.

—Y yo te adoro —respondió Nathan, y la abrazó con fuerza. Su voz tenía un curioso temblor—. ¡Y doy gracias a Dios por ti!

* * *

—Su Señoría, el juez De Lancey, Excelencia —anunció el criado. Hizo una reverencia y se hizo a un lado para dejar pasar a George De Lancey.

El nuevo gobernador, el teniente general Ralph Darling, estaba sentado a su escritorio. Se puso de pie, extendió una mano cordial y dijo sin delicadezas: