Capítulo 16
—¡Buen viaje, señora Cox!
—Adiós, querida Alice, ¡esperamos volver a veros muy pronto!
—Esperemos que no te retengan en la isla Norfolk más de un año. ¡Te echaremos mucho de menos!
Sentada de nuevo en el carruaje alquilado por Nathan, Alice mostró una tímida sonrisa en respuesta al coro de buenos deseos de la familia y los sirvientes del reverendo Robert Cartwright, reunidos fuera de la rectoría de Windsor para despedirlos.
En el anular de su mano izquierda, el anillo de boda que Nathan le había puesto allí hacía diez días brillaba a la luz del sol de la mañana.
No era de oro, sino de latón, y lo había fabricado uno de los feligreses convictos del señor Cartwright; sin embargo, al mirarlo, el corazón de Alice se llenó de felicidad y orgullo, pues era un símbolo, así como la más preciada de sus pocas posesiones.
Evocó la pequeña iglesia de piedra y la sencilla ceremonia que la había convertido de convicta en esposa respetada, además de concederle la libertad dentro de la colonia y el derecho a mantener la cabeza erguida en compañía de cualquiera.
Con los ojos llenos de lágrimas, recordó los votos que Nathan había pronunciado y que ella había repetido con tanto entusiasmo.
En su memoria podía escuchar la voz del señor Cartwright en el momento en que los dos unieron sus manos y él los declaró marido y mujer.
«Alice Mary, ¿aceptas a este hombre como tu legítimo esposo? —había preguntado el viejo rector—. ¿Lo obedecerás y servirás, lo amarás y honrarás, lo cuidarás en la salud y en la enfermedad, le serás fiel y lo amarás más que a ti misma, hasta que la muerte os separe?».
« Renunciar a todos los demás » , pensó Alice mientras seguía sonriendo a la esposa y las hijas del reverendo Robert Cartwright.
Pero no pudo reprimir un escalofrío de aprensión, mezclado con miedo y culpa.
A Nathan no le había dicho nada de Robert Willoughby.
Había estado a punto de confesarlo medio centenar de veces, mientras esperaban a que se completaran los trámites y se leyeran las amonestaciones.
Sin embargo… Apretó los dientes contra el labio inferior.
Sentía que temblaba y que no sonreía más.
No había tenido el valor de decirle nada a Nathan, y, luego, cuando la impactante noticia de la muerte de Robert, es decir, su asesinato, llegó a Windsor, tomó la decisión final de guardar silencio.
Sabía que era un acto de cobardía, pero consiguió calmar sus remordimientos.
Se dijo a sí misma que una revelación de cómo Robert había abusado de ella en el viaje desde Inglaterra haría daño a Nathan y le robaría la felicidad que el matrimonio le estaba aportando.
Nathan era un amante tierno y tímido. No había habido ninguna mujer en su vida, así que no llegó a sospechar nada de ella.
Había sido fácil engañarlo. Y… Alice se volvió en su asiento para mirarlo.
Estaba allí de pie, enfrascado en una última conversación seria con el buen señor Cartwright.
Tenía su grave y joven rostro vuelto hacia el del hombre que había sido su amigo y mentor durante la breve estancia de la pareja en la rectoría de Windsor.
El pequeño Claus había querido encontrarle un buen hombre para que se casara, recordó ella, y volvió a sonreír…
Bendito niño. Con la ayuda del azar, lo había conseguido, porque Nathan era bueno en verdad.
Quizá le faltaban esos años que daban al señor Cartwright un aura de santidad, pero los dos hombres estaban hechos del mismo molde.
Ambos eran fuertes en su fe, generosos, abnegados y amables, y ambos practicaban el cristianismo tal y como, estaba segura, el señor Jesucristo, con su bendito ejemplo, había mostrado que debía practicarse.
A ninguno de los dos les importaba si quienes necesitaban su ayuda o su consejo eran convictos o libres.
Alice reflexionó que llevaba suficiente tiempo en la rectoría de Windsor como para ver el amor que el rebaño del reverendo Cartwright sentía por su pastor y el respeto que los fieles le profesaban.
Nathan no podría haber tenido mejor maestro y, de hecho, él…
—Alice, hija mía…
La señora Cartwright estaba junto al carruaje.
Con sus manos grandes y curtidas por el trabajo, le ofrecía un paquete.
Era una mujer sencilla, franca en sus opiniones.
A veces, tendía un poco hacia la acidez, pero era tan trabajadora y práctica como su marido, y Alice le había tomado un gran cariño.
—Es un chal. He pensado que te vendría bien para el viaje a la isla Norfolk.
No es nuevo, pero está hecho de lana de Shetland y te protegerá de los vientos más fuertes.
No, tómalo, por favor —insistió mientras Alice dudaba, reacia a privarla de lo que, a todas luces, era una posesión muy preciada—.
El señor Cartwright y yo no haremos ningún viaje por mar hasta que él se jubile, y eso podría llevarse bastante tiempo, a menos que el gobierno ceda al fin y le conceda una pensión.
A diferencia de otros que podría nombrar, mi querido marido no ha hecho fortuna aquí.
—Levantó el rostro para recibir el beso de despedida de Alice.
Lo hizo con una expresión un tanto severa, como siempre que hablaba de la humilde situación de su marido.
Pero se relajó al añadir—: Que Dios te proteja, niña, y te dé la fuerza y el valor que necesitarás.
Alice se aferró a ella un momento, como si así pudiera expresar su agradecimiento, pero la vieja esposa del rector rechazó sus muestras de gratitud y se sonrojó de vergüenza.
—No he hecho nada… y ha sido un placer tener tu compañía y la de Nathan. Me alegro de haber podido ayudaros a recuperar vuestra libertad.
Sin embargo, había hecho mucho, recordó Alice.
La señora Cartwright había hecho aquel largo viaje a Sídney, bajo un sol inclemente, para hablar con la señora Van Buren y asegurarse de que su antigua empleadora no denunciara a la chica por haberse fugado.
A su vuelta, les había contado que el mayor Van Buren había regresado de Bathurst con el brazo herido en cabestrillo, acompañado del niño Claus.
También les había notificado con indignada lástima el asesinato de Robert Willoughby y su amigo a manos de una banda de fugitivos.
—La pobre señora Van Buren parecía aturdida por la tragedia —les explicó con inocente desconcierto—.
No podía hablar de otra cosa y apenas parecía recordar tu nombre, Alice.
Y, dado que su marido tenía intención de asociarse con esos dos jóvenes desafortunados y que, además, eran amigos, debió de ser un golpe duro para los dos.
Al menos, los malvados asesinos fueron detenidos y serán juzgados.
Uno de ellos, según me dijo la señora Van Buren, era un famoso bandolero.
Había escapado pocos días después de desembarcar del barco que lo trajo aquí.
Alice pensó con gratitud que la mujer también había hablado con Claus.
Sin embargo, el chico, aunque en apariencia se había alegrado mucho al saber de su próxima boda con Nathan, había rechazado los bienintencionados acercamientos de la señora Cartwright.
Esa buena mujer, dolida y desconcertada por la actitud del niño, lo describía como «un chico reservado que no se fía de los desconocidos».
Bueno, tal vez fuera cierto. En todo caso, la vida que el pobre Claus se veía obligado a llevar en la casa de los Van Buren lo hacía desconfiar de los extraños y lo inclinaba a reservarse sus opiniones, por temor a que una palabra fuera de lugar le acarreara problemas.
Desde la llegada de las órdenes de Nathan, en las que se lo instruía a embarcarse en el Mermaid para viajar a la isla de Norfolk, Alice sabía que volverían a la ciudad de Sídney; quizá durante varios días, antes de que el barco del gobierno estuviera listo para zarpar.
Había decidido que, de alguna manera, incluso a riesgo de provocar la ira de la señora Van Buren, intentaría ver a Claus; y, de ser posible, también a Saleh.
Con ese fin, había enviado una nota por correo y…
Nathan subió al pescante junto a ella y cogió las riendas.
—Debemos ponernos en camino, querida, si queremos llegar a Sídney antes de que anochezca —dijo con renuencia.
Levantó el látigo en señal de saludo mientras se reanudaban los coros de despedidas.
La más joven de las hijas del rector, muy atrevida, le lanzó a Nathan un beso furtivo detrás de una mano.
—Son una familia encantadora —fueron las palabras sinceras de Nathan—.
No recuerdo haber sido tratado nunca con tanta amabilidad.
Sin embargo, esta gente se encuentra en una situación financiera precaria, gracias a la Oficina Colonial, que no ha cumplido su promesa de hace cinco años de aumentar el estipendio del pobre rector.
Con tantas bocas que alimentar, no puede permitirse comprar un caballo para hacer sus rondas por la parroquia y, en consecuencia, debe hacerlas a pie.
Pero al señor Marsden, uno de los terratenientes más ricos de la colonia, le han aumentado el salario anual en cien libras.
—No lo sabía —confesó Alice—, aunque algo ha insinuado la señora Cartwright. Hace un momento me ha dicho que su marido no planea jubilarse, a menos que el gobierno apruebe concederle una pensión. ¿Crees que cederán?
Nathan suspiró.
—No lo sé, querida. Pero me quedé azorado cuando el pobre viejo me dijo cuánto ganaba y me di cuenta de que yo, un recién llegado, iba a cobrar lo mismo por cumplir con mi deber en un establecimiento penal.
Fustigó a los caballos para que aceleraran el paso y se sumió en el silencio. Alice reflexionaba sobre esas últimas palabras y se preguntaba cómo la situación podía ser tan injusta. Sabía que los Cartwright llevaban más de siete años en la colonia, pero…