Capítulo 15 #5
—Y yo también iré a la cama en cuanto haya comido —dijo Rick con cansancio—.
Ha sido un día horrible, Katie querida, y mañana tendré que levantarme al amanecer.
Cuanto antes informe al comandante de lo que ha pasado, antes podrán las tropas ir a buscar a esos asesinos fugitivos.
Si es necesario, los acompañaré o echaré mano de mis hombres para ayudar en la búsqueda.
Hay que llevar a esos cerdos ante la justicia.
Katie le puso delante un plato humeante y él se abalanzó con avidez sobre la comida.
—Supongo… —dijo ella, vacilante y con expresión preocupada—. Rick, ¿estás seguro de que fueron los fugitivos quienes mataron a esos dos pobres jóvenes?
—¿Quién más podría haber sido, querida? —replicó Rick—. ¿Quién más habría robado sus ropas y sus caballos?
Katie se sumió en un silencio pensativo. Rick apartó el plato vacío y le cogió la mano. Acababa de darse cuenta de lo que esa pregunta entrañaba.
—¿Qué te preocupa, Katie? —preguntó—. Porque algo te inquieta, ¿verdad?
—Sí —admitió la mujer a regañadientes—, pero podría ser una tontería.
Estoy segura de que tienes razón, Rick, y que han sido bandoleros, unos fugitivos, quienes les robaron los caballos y la ropa.
Pero ¿tenían que matar a esos dos jóvenes solo para quitarles cosas?
Podrían haberlos retenido. Has dicho que eran cinco, ¿no?
¿Añadirían el asesinato a sus otros delitos?
—Los hombres desesperados hacen cosas desesperadas —le recordó Rick. Contuvo un bostezo—. Dios, estoy agotado. Vamos a la cama, ¿te parece?
Más tarde, mientras Katie yacía en sus brazos, cariñosa y receptiva como no había estado desde hacía más tiempo del que Rick, en sus reflexiones, quería recordar, ella volvió a expresar sus dudas.
Un poco impaciente, él levantó la cabeza de su pecho.
—¿Quién, entonces? —la desafió—. ¿Quién, aparte de los fugitivos, podría haberles tendido una emboscada y matarlos?
—El mayor Van Buren —susurró Katie con tensión—. Tenía un rifle y… ¡Ay, Rick, cuando se marchó de aquí, en su semblante se leía el asesinato! Quería muerto al señor Willoughby y era capaz de matar.
—Van Buren fue a Bathurst con una bala de pistola en el brazo —dijo Rick con desdén—.
La barranca Waratah está en la dirección opuesta.
Además, había perdido mucha sangre y apenas podía montar.
Puede que quisiera muerto a Willoughby, pero te juro que no estaba en condiciones de matarlo.
De todos modos —dejó caer la cabeza y atrajo a su esposa hacia sí—, mañana iré a visitarlo al hospital, si eso te tranquiliza.
Katie, ¡te amo!, te necesito, Katie, mi amor…
No te alejes más de mí, te lo ruego. Podríamos tener otros hijos, ya lo sabes, si los deseamos con suficiente fuerza.
Katie se tensó solo por un instante. Luego rodeó con los brazos el cuello de su esposo y los labios de uno y otro terminaron encontrándose.
* * *
Al día siguiente, en Bathurst, Rick entregó los dos cadáveres y rindió un informe al comandante de la guarnición. Una vez cumplida su tarea y aceptada su oferta de ayuda en la búsqueda, se dirigió al hospital. Fue una visita breve.
El mayor Van Buren estaba allí. El cirujano del ejército confirmó que el herido había sido ingresado la noche anterior en estado casi inconsciente. Un colono lo había llevado después de haberlo encontrado en la carretera.
—Le extraje una bala de pistola del brazo izquierdo, señor Tempest, y, con el tiempo, debería curarse del todo.
Sin embargo, en estos momentos tiene fiebre.
El único visitante a quien ha pedido ver es un niño javanés.
Está con él ahora mismo. Quizá quiera dejarle un mensaje; yo me encargaré de hacérselo llegar.
Rick dudó y luego negó con la cabeza.
—Ya habrá tiempo, señor, gracias. En este momento tengo asuntos más urgentes que atender. Me voy a unir a una de las patrullas para dar caza a una banda de salteadores asesinos que han robado a dos nuevos colonos en mi propiedad y los han matado.
—Entonces le deseo suerte, señor —dijo cordial el médico—. Tenemos una plaga de esa gentuza en esta zona. Hay que acabar con ellos, ¡por Dios que sí! Confío en que atrapará a esa escoria antes de que haga más daño.
Cuarenta y ocho horas más tarde, tras una agotadora persecución, los fugitivos fueron detenidos.
Rick pudo identificar los caballos y la ropa que los criminales le habían quitado a los jóvenes asesinados.
Los cinco prisioneros fueron llevados a Bathurst, encadenados con pesados grilletes, a pesar de sus frenéticas negativas y sus reiteradas afirmaciones de que se habían encontrado con los dos jóvenes cuando ya estaban muertos.
Los cinco fueron acusados de robo y asesinato y enviados a Sídney a la espera de ser juzgados.
El líder de la banda, un hombre bien vestido y con modales de caballero, se identificó como Nicholas Vincent. Dijo que había sido deportado por robo en carretera.
Con sus dudas disipadas por esa revelación, Rick regresó a Pengallon y a Katie.
—Los fugitivos son culpables, mi amor —le dijo—. Ya no tienes que preocuparte por Josef Van Buren, créelo.