Capítulo 15 #4
Willoughby extendió las manos en un gesto de resignación, puso un pie en el estribo y subió a lomos de su caballo.
—Que tenga un buen día, señor —le dijo con rigidez a Rick. Enseguida, sin esperar siquiera a que Daniels montara, se alejó al galope por el camino polvoriento.
Daniels contuvo un suspiro, hizo otra inclinación, se subió con agilidad a su propio caballo, cogió las riendas y siguió a su amigo.
Rick los vio alejarse sin relajar el ceño.
Luego regresó a la casa. Durante el almuerzo, respondió de la manera más evasiva posible a las indagaciones de una Katie intranquila, ansioso por ahorrarle los detalles sórdidos del asunto de Lucy.
Pero era evidente, por su angustia, que ella adivinaba el motivo del duelo y había deducido la mayoría de los detalles.
—Siempre he detestado al mayor Van Buren, Rick —confesó ella—. Y, después de su comportamiento aquí hoy, ruego no tener que volver a verlo nunca más. Pero tampoco puedo decir que me caiga bien el señor Robert Willoughby. Hay algo en él que… Ay, no sé, algo que no me parece sincero, creo.
—Comparto tu opinión del todo, mi querida Katie —le aseguró Rick—.
Me temo que mi hermana Lucy ha demostrado una lamentable falta de gusto.
—Suspiró—. ¿Has visto a los dos chicos, Dickon y el joven Claus?
—Katie negó con la cabeza—.Bueno, si los ves, envía a Claus a Bathurst, ¿quieres? Van Buren lo ha pedido.
—¿Es necesario? —protestó Katie—. El pobre niño le tiene pánico al mayor Van Buren.
Rick cedió.
—Bueno, supongo que podríamos dejarlo pasar la noche aquí. Van Buren ya debe de estar a medio camino del pueblo, así que el chico no le servirá de nada. Pobrecito, no tiene mucha vida. Por cierto, se rumorea que es hijo de Van Buren.
—¿Será cierto?
—Solo Dios lo sabe, pero supongo que podría ser. Me parece que los funcionarios holandeses se casan con sus súbditas javanesas; pero Lucy nunca lo ha admitido, por supuesto.
—Lucy es una persona extraña —reflexionó Katie—. Tan diferente de ti y de Abigail.
—Siempre lo ha sido —dijo Rick—. Y no creo que su estancia en las Indias Orientales Holandesas le haya sentado muy bien.
Para evitar seguir hablando de un tema que se había vuelto doloroso, se excusó y se dirigió al río.
Esperaba encontrar allí a Dickon y Claus pescando, pero no había ni rastro de ellos.
El niño nativo, Winyara, con quien se encontró mientras los buscaba, negó enérgico con la cabeza cuando le preguntó si los había visto.
—No, pero han venido unos hombres —añadió por su cuenta. Levantó una mano con los dedos separados para indicar que eran cinco—. Hombres malos, fugitivos. Han acampado allí —la mano señaló un grupo de árboles en la lejanía—, junto al billabong. Tienen palos para hacer fuego. Disparan a los canguros.
Fugitivos, pensó Rick con irritación. ¡Como si no hubiera tenido suficiente por ese día, demonios!
Y los fugitivos armados eran hombres peligrosos: bandoleros capaces de asaltar y robar ganado y cosechas siempre que se les presentara la oportunidad.
Era mejor volver a la granja, que estaría prácticamente desprotegida mientras Jethro y los pastores bañaban ovejas esquiladas a dos millas de ahí.
Dio las gracias a Winyara y partió hacia casa al galope.
Faltaba alrededor de una hora para el atardecer cuando llegó al corral. Ató su caballo a la valla y echó a correr la casa, solo para encontrar, una vez más, a Katie esperándolo en la puerta. Esa vez estaba llorando. Alarmado, corrió hacia ella y la tomó en los brazos.
—Por el amor de Dios, Katie, ¿qué pasa? No habrás recibido visitas indeseables, ¿verdad? No le habrá pasado nada a Dickon, ¿verdad? ¿Ni a Claus?
—No, eso no, pero… —Katie levantó hacia él el rostro bañado en lágrimas, haciendo un valiente esfuerzo por controlarse—.
Harry… —Señaló a uno de los vaqueros, un convicto de cabello canoso apellidado Bowyer, que estaba en la puerta, detrás de ella, con el sombrero en la mano—.
Ay, Rick, Harry ha encontrado dos cadáveres desnudos en ese barranco que los nativos llaman Waratah.
Los han matado a tiros y… —Se interrumpió, temblando—. Será mejor que Harry te lo cuente.
Con su voz ronca, Harry Bowyer hizo un sucinto relato de lo sucedido:
—Señor Tempest, yo estaba reuniendo algunas reses descarriadas.
Se metieron en el barranco y las seguí entre los árboles.
Los difuntos estaban allí tirados, desnudos, como Dios los trajo al mundo.
Eran dos. No me quedé mucho tiempo, solo lo suficiente para asegurarme de que estaban muertos.
Y lo estaban, los dos, tiroteados y fríos como piedras.
Rick lo miró con consternación y horror.
No tenía necesidad de preguntar quiénes eran los hombres.
Katie revelaba sus propios temores con el puro semblante y él mismo se encontró compartiendo su presunción.
El barranco Waratah estaba a unos cinco kilómetros de ahí, en la ruta que Willoughby y Daniels habrían seguido para regresar a su campamento.
—¿Dices que estaban desnudos, Harry? —preguntó con voz ronca—. ¿Y sus caballos?
El vaquero se encogió de hombros en señal de que no tenía respuestas.
—Había huellas de cascos en el barro, pero no había ni rastro de los caballos, señor Tempest. Tampoco había mosquetes ni pistolas.
Esos fugitivos, pensó Rick con amargura, de cuya presencia lo había advertido Winyara.
Los fugitivos siempre buscaban armas y caballos, y, contra cinco hombres tan desesperados, Robert Willoughby y su amigo Daniels no habrían tenido ninguna oportunidad; sobre todo, si los villanos les habían tendido una emboscada desde las laderas boscosas del barranco.
Miró al cielo y se dio cuenta de que estaba oscureciendo.
—Vaya a buscar un par de linternas, Harry —dijo—, y su caballo.
Tendremos que salir a buscar esos cadáveres.
—Apretó los brazos alrededor de la delgada cintura de Katie y añadió con suavidad—: Katie, mi amor, entra y cierra la puerta con llave.
Jethro y los pastores volverán muy pronto, pero, hasta que lleguen, no le abras la puerta a nadie, ¿entiendes?
Enviaré a las mujeres para que te acompañen.
Ella seguía temblando, pero asintió con la cabeza, dispuesta a obedecer.
—Rick, ¿quién ha podido hacer algo tan terrible?
—Hay fugitivos en la zona, cariño, me lo ha dicho Winyara. Pero, a estas alturas, ya estarán a kilómetros de aquí; estoy seguro de que no vendrán. —Rick recordó la ausencia de su sobrino y frunció el ceño—. ¿Ha vuelto Dickon? ¿O el chico…?, ¿cómo se llama?, ¿Claus?
—No, no han vuelto. Los…
—Los buscaremos —le prometió Rick. Se inclinó para besarla y su corazón se aceleró cuando Katie se aferró a él, con los labios suaves y dóciles cerca de los suyos—. Recuerda, mi amor, mantén la puerta cerrada con llave. Volveré lo antes posible.
Harry Bowyer regresó con los dos caballos, las linternas colgadas de la silla y un mosquete al hombro.
—Jethro está en camino, señor —avisó, para gran alivio de Rick—, y parece que el señor Dickon y el otro joven vienen con él.
Rick gritó la buena noticia a Katie y se subió a la silla de montar.
La luz se había apagado casi por completo cuando llegaron al barranco, pero, incluso antes de que Bowyer pudiera encender una de las linternas, Rick ya había visto lo suficiente para confirmar sus peores temores.
Willoughby y Daniels yacían donde habían caído, junto al pequeño arroyo de lento caudal.
Un solo disparo en la nuca parecía haber matado a Daniels en el acto, pero Willoughby había recibido dos tiros.
El segundo, por lo visto, se lo habían disparado a quemarropa y le había atravesado el corazón.
Estaba muerto en un charco de su propia sangre.
Con la linterna en una mano temblorosa, Bowyer dijo furioso:
—¡Malditos sinvergüenzas! No les han dado a estos pobres diablos ninguna oportunidad, ¿verdad? ¡Que se pudran en el infierno, malditos cerdos!
Rick se puso en pie, conteniendo las náuseas que le subían hasta la garganta.
—Enviaremos a los soldados tras ellos. A primera hora de la mañana iré a Bathurst, Harry, y se lo comunicaré al comandante.
—También pensó en pasar por el hospital para preguntar por Josef Van Buren e informarlo de lo sucedido.
Porque era necesario informarlo, y, por desgracia, había que devolverle a su hijo, el pequeño Claus—. ¿Me echas una mano?
Bowyer ya se estaba recuperando.
—Sí, señor —dijo.
Juntos levantaron los dos cuerpos inertes y los subieron a los caballos. Regresaron a Pengallon a paso lento.
Después de que Rick se reuniera con Katie en la sala iluminada por lámparas y le confirmara la triste noticia de las dos muertes, ella se disculpó y le dijo que Claus ya se había ido.
—Insistió, pobrecito, aunque Dickon y yo hicimos todo lo posible por convencerlo de que esperara hasta el amanecer.
No dejaba de decir que el mayor Van Buren se enfadaría con él si se quedaba, y parecía tan asustado que no tuve valor para retenerlo.
Pero esto ha afectado mucho a Dickon, Rick; creo que le tiene mucho cariño a Claus.
En fin, que se ha negado a comer y se ha ido a la cama.