Capítulo 15 #3
Llegaron al lugar elegido, desmontaron y ataron los caballos a un árbol cercano.
En respuesta a la intrusión, una bandada de periquitos alzó el vuelo en una nube multicolor, entre chillidos estridentes.
Volaron en círculos antes de alejarse. En su ruidoso revoloteo alertaron a un grupo de ualabíes que dormitaban entre los arbustos a cincuenta metros de ahí, arrullados por el calor del sol.
Luego todo quedó en silencio. Rick se unió a Henry Daniels para cumplir el ritual de medir la distancia a la que debían separarse los duelistas.
Cargaron, amartillaron e inspeccionaron las pistolas.
De pronto, Rick se descubrió pensando en su hermana, Se preguntaba qué podía sentir Lucy por ese hombre al que, en apariencia, había tomado como amante.
Robert Willoughby era bastante agradable y, en comparación con el holandés gordo y de rostro rojo con el que se había casado, tenía un aspecto mucho más atractivo.
Sin embargo, había algo en él que inspiraba una profunda desconfianza, aunque Rick era incapaz de definirlo.
Willoughby parecía muy seguro de sí mismo, incluso arrogante.
En comparación con Van Buren, mostraba una calma casi gélida.
Cuando Daniels dio la orden, ambos hombres se colocaron espalda con espalda, cada uno con la pistola en la mano derecha, amartillada.
La mano de Van Buren temblaba de manera notable y en su frente se habían acumulado gotas de sudor, pero gruñó e hizo una señal de asentimiento cuando le preguntaron si estaba listo.
Daniels tomó distancia.
—Yo contaré los pasos —anunció—. A la cuenta de diez, cuando os separen veinte pasos, os detendréis, caballeros, os daréis la vuelta y dispararéis. ¿Ha quedado claro? Muy bien, el señor Tempest os dará la orden de empezar a caminar.
Rick sentía que se le secaba la boca. Se preparó y dio la orden. Luego, como si viniera de muy lejos, oyó la voz monótona de Daniels:
—Ocho, nueve, ¡diez! ¡Girad y disparad!
La pistola de Van Buren fue la primera en detonar.
El holandés había girado con una rapidez sorprendente para alguien de su complexión y había disparado en movimiento, sin esperar a quedar estable.
Su tiro salió bajo y desviado. La bala fue a clavase en el suelo arenoso, unos metros detrás de su objetivo.
Rick vio que Willoughby sonreía, con los ojos brillantes por la seguridad de la victoria, mientras se enfrentaba a un adversario indefenso.
Se tomó su tiempo, como si tan solo estuviera practicando, y apuntó con cuidado.
El grito gutural de dolor de Van Buren resonó junto con el estampido.
El corpulento hombre se desplomó como un bulto y se llevó las manos al pecho.
La pistola vacía cayó y quedó abandonada a sus pies.
Rick y Daniels corrieron hacia él al mismo tiempo.
Llegaron juntos y lo giraron para ponerlo boca arriba.
Al ver que la camisa blanca de Van Buren estaba manchada de sangre, Rick buscó la herida en el corazón.
Temía que el disparo bien preparado de Willoughby lo hubiera matado. Pero Daniels dijo sin aliento:
—Es el brazo, ¡mire, debe de haberse protegido con él! ¡Alabado sea el cielo, solo es una herida superficial!
Rick subió la manga de la camisa de Van Buren y se dio cuenta de que Daniels tenía razón.
Con la misma manga pudo detener la hemorragia de manera provisional.
Robert Willoughby había apuntado al corazón, de eso no había duda, pero la herida de Van Buren estaba en la parte carnosa del brazo izquierdo.
Tenía que dolerle mucho, pero no era probable que resultara mortal. Rick exhaló aliviado.
—Vamos a vendarle el brazo —dijo— y a llevarlo a casa. Ayúdeme.
Van Buren estaba consciente y maldecía furioso.
Se dejó vendar el brazo y luego se puso en pie sin ayuda.
Ni siquiera miró a Willoughby, que permanecía en silencio a su lado.
Trastabillando, fue adonde estaba atado su caballo y consiguió montarlo.
Se sacudió la mano de Daniels, que había acudido para tratar de ayudarlo.
Rick montó en su propio caballo, siguió al herido y dejó a los otros dos a su suerte.
—Josef, debes venir casa —lo instó— para que te limpiemos y vendemos el brazo como es debido.
Van Buren le dirigió una mirada inflamada y resentida.
—¿La bala sigue en mi brazo? —preguntó.
—Sí, estoy bastante seguro de que sí. Pero…
—Entonces necesito un médico. Cabalgaré hasta Bathurst. El chico Claus puede venir conmigo.
Rick intentó disuadirlo. Le aconsejó que descansara y le prometió que él mismo lo acompañaría al hospital militar cuando pasara el calor del día, pero el holandés rechazó ambas ofertas con total descortesía.
Al llegar a la granja, accedió a que le cambiaran el vendaje.
Entonces, Katie, muy pálida pero decidida, lo llevó a la cocina y, con la ayuda de Rick, le lavó la herida, se la vendó con cuidado y preparó un cabestrillo para mantener su brazo inmóvil.
Rick confirmó que solo era una herida superficial, aunque la bala, como había temido, seguía allí.
El herido aceptó de mala gana los cuidados de Katie y resistió entre maldiciones el ligero dolor que le causaban.
Después de haber bebido dos grandes vasos de brandy, no dio las gracias ni reconoció los esfuerzos de la pareja.
Al fin, se puso en pie con dificultad y salió cojeando.
Dio fuertes voces a Claus y reclamó su caballo.
Rick le llevó la montura, pero el chico no respondió a la estridente llamada. El holandés dijo iracundo:
—Sin duda, ese pequeño granuja cobarde se ha escondido.
Envíalo tras de mí cuando lo encuentres.
—Montó con torpeza y dejó escapar un gemido de dolor cuando su brazo herido golpeó la silla.
Van Buren se desplomó durante un momento sobre el cuello del caballo y se puso a maldecir sin pudor en su propio idioma.
Rick estaba a punto de insistirle en que se quedara, al menos hasta que refrescara el día, pero Robert Willoughby, que daba de beber a su caballo en el abrevadero del establo, se volvió con desdén:
—Maldita sea, está exagerando, ¿no, Henry? ¡Solo lo he rozado, por el amor de Dios!
Daniels se sonrojó de vergüenza y no dijo nada, pero Van Buren se enderezó en la silla y echó el caballo a correr para perseguir a su acosador.
Willoughby se apartó de inmediato y, con una mano en la brida del gran holandés, hizo girar el caballo que se acercaba.
Luego lo soltó y le dio una sonora palmada en las ancas.
El animal saltó hacia delante y estuvo a punto de derribar a su jinete.
Van Buren, después de controlar al caballo con dificultades, se volvió furioso para maldecir a su enemigo:
—¡Esto no ha terminado, maldito sinvergüenza! ¡No es lo último que sabes de mí! ¡Por los clavos de Cristo que no! Te haré lamentar este día, aunque sea lo último que haga.
Luego se alejó al galope, dejando tras de sí una espesa nube de polvo.
Willoughby frunció los labios en un silbido y, con un gesto exagerado, simuló secarse el sudor de la frente.
—No tenías por qué hacerle eso —exclamó Henry Daniels con tono reprochador—. Solo has añadido más leña al fuego, Rob, y lo sabes. Te has ganado un enemigo muy peligroso. Lo tienes bien merecido. No quiero saber nada más de tus asuntos, ¡vete al demonio!
Robert Willoughby no sentía ningún arrepentimiento.
—No seas tonto, Henry —replicó con dureza—, Van Buren no es peligroso, es un borracho idiota.
Nuestra pelea ha sido honorable y yo he ganado.
Espera a que se entere la gente de la ciudad de Sídney.
No volverá a levantar la cabeza. —Se volvió hacia Rick y le dijo con una desmedida cortesía—: ¿Puedo volver a hacer uso de su hospitalidad, Tempest?
Estoy cubierto de polvo y seco como un hueso.
¿Sería tan amable de darme algo de beber y agua para lavarme? Mire…
Rick, al límite de su paciencia, lo interrumpió.
—Ha abusado de mi hospitalidad, Willoughby, por no hablar del problema que le ha causado a la esposa del mayor Van Buren, que es mi hermana.
Le agradecería que se marchara ahora mismo.
Y, a menos que quiera batirse en duelo conmigo, mantendrá la boca cerrada sobre lo que ha ocurrido aquí hoy.
Hablar no le hará ningún favor, se lo aseguro.
Willoughby parecía ofendido, pero pudo controlarse e hizo una reverencia con rigidez.
—Tiene usted razón, por supuesto, y lo siento, me he dejado llevar.
En cuanto a su hermana, señor, le ruego que crea que mis sentimientos hacia ella son sinceros.
No pretendo hacerle ningún daño; de hecho, haría todo lo que estuviera en mi mano para protegerla de ese tipo insoportable con el que está casada.
Sin duda, usted mismo reconocerá que se trata de un matrimonio desafortunado.
Rick apretó los puños a sus costados. Tenía que admitir que no le gustaba el hombre con el que se había casado su hermana, pero ella se había casado con él, y eso, por necesidad, debía ser concluyente. Dijo con frialdad:
—A menos que prefiera volver conmigo al claro que acabamos de dejar, Willoughby, súbase a su caballo y libéreme de su presencia en este instante. Espero que tenga algún sitio adonde ir.
Daniels le respondió en tono moderado:
—Sí, señor, lo tenemos. Nuestras tiendas están montadas en mi nueva concesión de tierras y nuestros trabajadores convictos han comenzado a construir edificios para nuestro ganado.
Nos marcharemos de inmediato, señor Tempest. Y…
¿puedo ofrecerle mis disculpas personales?
—Tendió la mano con timidez y, tras una momentánea vacilación, Rick la aceptó.
Daniels, pensó, no era mala persona, pero, al igual que Lucy, con respecto al marido que había elegido, Henry Daniels no había acertado al elegir a su amigo. Daniels hizo una reverencia.
—Vamos, Rob —lo instó—, ya hemos abusado de su hospitalidad.