Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Rick ahogó una exclamación.

—Willoughby es hijo del almirante sir Francis Willoughby, estoy casi seguro. Sir Francis era almirante del puerto de Plymouth cuando yo…

Katie lo interrumpió.

—Su padre es lo de menos, Rick. Él y el mayor Van Buren se han peleado. No sé por qué; solo sé que tiene algo que ver con la señora Van Buren, con Lucy.

—Lo obvio, imagino —dijo Rick con mordacidad—. Lucy puede ser mi hermana, pero eso no significa que deba defenderla, ni tampoco al infernal holandés con el que se casó. Pero, por el amor de Dios, ¿a qué han venido aquí? ¿Se supone que tengo que intentar arreglar la pelea?

Katie negó con la cabeza, triste.

—Ya es demasiado tarde para eso. Quieren… batirse en duelo.

—¿Aquí? Malditos sean, ¿por qué aquí?

—El mayor Van Buren necesita un padrino. Quiere que tú lo seas.

—¡Ni lo sueñes! —Rick estaba furioso.

—Eso es todo lo que me han dicho —respondió Katie—, y he tenido que ponerlos en habitaciones diferentes en lo que tú llegabas. Oh, Rick, los duelos son ilegales, ¿no? ¿No puedes impedirlo?

—Lo intentaré con todas mis fuerzas —prometió Rick, y se dirigió con paso firme hacia la puerta.

Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano.

Habló primero con Jos Van Buren, quien le respondió con una negativa rotunda.

Insistía en que su honor había sido mancillado.

El chico Claus, según dedujo Rick de la furiosa explosión de su cuñado, había revelado sin quererlo que Robert Willoughby había pasado varias noches en la casa de la calle Bridge durante la ausencia de Van Buren.

Este, según dedujo Rick, había estado en Portland Place con Daniels, haciendo preparativos para trasladar las existencias a Bathurst.

—¡Y lo ha admitido! —afirmó Van Buren, pálido de ira—.

¡Ese sinvergüenza de Willoughby, en quien yo confiaba y con quien, maldita sea, tenía intención de asociarme!

Se jactó de haber seducido a mi esposa. Se jactó de ello y me acusó de cosas que no vale la pena repetir.

Por Dios, hemos viajado hasta aquí durante más de una semana en estrecha compañía, como compañeros, y Willoughby no me había dicho nada.

Éramos como hermanos, te lo digo yo; había confianza entre nosotros.

Incluso le había ofrecido el mando de uno de mis barcos…

Pero, entonces, de boca de ese chico estúpido e inocente, me enteré de lo que había ocurrido en mi ausencia, ¡y pude haberlo matado!

Maldita sea su alma, lo mataré, pero debe ser en un combate honorable.

Debemos enfrentarnos con pistolas y en estricto apego a las reglas que gobiernan estos asuntos.

Por eso te estoy pidiendo que actúes como mi segundo y testigo, Rick. Por eso estoy aquí.

La mirada de Rick se posó en el niño Claus, que estaba acurrucado en un rincón del pequeño y oscuro aposento. Lo vio aterrorizado, con lágrimas corriendo por sus pálidas mejillas.

—Vete, muchacho —le sugirió con lástima—. Ve a buscar a Dickon. Creo que está en los establos. Él te cuidará. Vete, no hace falta que te quedes aquí.

Van Buren no puso ninguna objeción. De hecho, mientras continuaba con su diatriba, parecía no darse cuenta de que el niño se había marchado.

Era inútil intentar discutir con aquel hombre.

A Rick le fue difícil excusarse y salir en busca de Willoughby y su acompañante.

Los encontró en su dormitorio, donde, al parecer, ambos se habían puesto cómodos.

Robert Willoughby, con toda la ropa puesta, estaba tumbado en la cama doble, hecha a la perfección.

Daniels, un poco menos a gusto, se había sentado en la única silla.

Tuvieron la cortesía de levantarse cuando Rick entró. Willoughby hizo las presentaciones con un aire de informalidad deliberada.

—Le pido disculpas, señor, por esta intrusión —dijo con suavidad— y por haberlo envuelto en algo que no es más que una disputa personal.

Pero el mayor Van Buren insiste en que nuestras…

eh… diferencias solo pueden resolverse a la antigua usanza, con pistolas.

Daniels está dispuesto a actuar como mi segundo.

Espero que, dado que usted es pariente… eh…

político de mi adversario, esté dispuesto a desempeñar el mismo papel para Van Buren. Supongo que ya ha hablado con él.

—Sí —asintió Rick con desagrado—, he escuchado las acusaciones que ha vertido sobre la relación de usted con su esposa.

—Su hermana, si no me equivoco —intervino Willoughby con una sonrisa.

Fue una mueca insolente, con una intención aposta ofensiva, y Rick se enfureció.

Al diablo, pensó, ¡que resuelvan el asunto como les dé la gana!

En cualquier caso, él no podía hacer nada para impedirlo.

Ese duelo se celebraría, secundara o no al marido de Lucy.

Lo único que podía hacer era asegurarse de que, tal y como había pedido Van Buren, se cumplieran las normas que regían ese tipo de asuntos.

No habría ningún médico presente, por supuesto, pero…

Le dirigió a Robert Willoughby una sonrisa gélida y dijo con tono seco:

—Así es, apoyaré al mayor Van Buren, y, dado que no sirve de nada retrasar esto, quizá el señor Daniels quiera retirarse conmigo para que podamos acordar los términos y condiciones.

Daniels hizo una reverencia.

—Por supuesto, señor Tempest.

Una vez a solas con Rick, mientras caminaban por el patio, la confianza de Daniels se evaporó.

—No habría permitido que llegaran a un duelo si hubiera descubierto alguna forma de evitarlo —admitió con ansiedad—, pero, de no haber intervenido yo, se habrían batido a tiros en el bosque sin ninguna maldita regla.

El duelo es, al menos, una forma honorable de resolver las cosas entre caballeros, solo que aquí es ilegal, ¿no? , al igual que en Inglaterra.

Rick se encogió de hombros.

—Entre oficiales al servicio del rey, aquí es un delito castigado con un consejo de guerra, como en cualquier otro lugar…, siempre y cuando las autoridades se enteren de que ha habido un duelo.

—Todos somos civiles, señor —señaló Daniels con tono aliviado—. Y aquí arriba, en medio de la nada, las autoridades ni siquiera se enterarán, estoy seguro. ¿No es verdad?

—No se enterarán, a menos que uno de los duelistas resulte muerto en el lugar o muera a causa de las heridas.

Y el médico más cercano está en Bathurst, en el hospital militar.

—Rick dudó y miró al joven con aire inquisitivo—.

¿Cree que se darán por satisfechos si solo derraman sangre o intentarán matarse?

Daniels se estremeció.

—Rob estaría satisfecho, estoy bastante seguro, pero no podría decir lo mismo del holandés, Tempest. El hombre se volvió loco cuando…

, es decir, cuando descubrió que Rob había estado divirtiéndose con su mujer.

¡Si tan solo ese niño idiota hubiera mantenido la boca cerrada!

No es que lo hubiera hecho con mala intención.

De verdad, no creo que se diera cuenta de lo que estaba diciendo ni de la importancia que eso tenía.

Y Rob podría haberlo negado, pero no lo hizo…

¡Maldita sea, Tempest, se regodeó de una manera insufrible!

Creo que quería llevar las cosas al límite.

—Sin duda, lo ha conseguido —replicó Rick—. Bueno, supongo que podremos poner menores cargas cuando preparemos las pistolas. Entiendo que tienen pistolas, ¿son esas las armas que se van a utilizar?

Daniels asintió con aire profesional.

—Sí, aquí las tengo. Una es de Rob y la otra es mía. Son nuevas. Las compramos en Sídney a un mismo armero, y Van Buren ha aceptado utilizarlas. Él solo lleva un rifle de caza, así que no tiene pistola. Por favor, examínelas y compruebe que son casi idénticas.

Rick hizo lo que le pedía y quedó satisfecho. Las condiciones del duelo se acordaron sin discusión y Daniels aceptó la sugerencia sobre el lugar: un claro a una milla de la granja, más o menos, protegido por una hilera de eucaliptos.

—¿Qué hay de sus trabajadores? —preguntó Daniels, otra vez aprensivo—. No queremos testigos.

—No se preocupe por ellos —lo tranquilizó Rick—. Hemos estado bañando ovejas y mis hombres están muy ocupados. —Se encogió de hombros—. Bien, pongámonos manos a la obra, ¿de acuerdo? Cuanto antes termine esto, mejor me sentiré, no me importa confesarlo.

—Y yo también —admitió Henry Daniels—. Esperaba empezar a establecerme en mi nueva concesión de tierras, pero me temo que esto cambia las cosas de manera radical. Lo que quiero decir es que ahora no habrá ninguna asociación entre nosotros y Van Buren, ¿verdad?

—Eso parece lo más probable —respondió Rick, y añadió formal—: Sea tan amable de informar a su atañido de los términos que hemos acordado, señor Daniels. Yo me adelantaré con el mío, ¿en unos diez minutos?

Van Buren iba algo menos agitado mientras seguía a Rick hacia los establos para recoger sus monturas.

Pasó junto a Willoughby y Daniels, que ya estaban montados, sin decirles una palabra ni mirarlos, pero Rick podía percibir su furia.

De ella notó la prueba en el rubor del hombre y en el temblor de sus manos al coger las riendas.

—Sería mejor que te calmaras, Josef —lo aconsejó Rick—. Tenemos un largo camino por delante. Aprovéchalo si puedes.

—He librado duelos antes —le espetó Van Buren con amargura—. Soy buen tirador.

Y quizá Robert Willoughby también lo era, pensó Rick. Sin duda, se trataba de un tipo tranquilo. Si había que creer a su amigo Daniels, había provocado a Van Buren para que se batiera en duelo, aunque no podía saberse con qué fin, a menos que esperara matar a su adversario.