Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 15
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Capítulo 15

Rick Tempest regresaba del río cabalgando de buen humor, con vistas a almorzar en compañía de su esposa y de pasar el resto de la tarde con ella en casa, como prueba del alborozo que sentía por su regreso.

Era un placer para él, y también un alivio, bien lo sabía, pues las condiciones en que se habían separado, tras el confinamiento de ella en casa de Abigail, su propia hermana, lo habían hecho temer que ella decidiera quedarse en Sídney para no volver.

Pengallon era un lugar aislado, cierto, y los vecinos eran pocos y estaban muy alejados entre sí, pero Rick sabía que la renuencia de Katie a vivir allí con él no se debía solo a eso.

Había un motivo mucho más profundo, algo que tenía sus raíces en la pérdida de su pequeña hija, y también, con una infausta precipitación, en el reciente mortinato.

Katie se condenaba a sí misma por las pérdidas.

Él lo sabía, y nada de lo que pudiera hacer o decir lograría convencerla de que, a su parecer, ella no tenía ninguna culpa.

Ya lo había intentado, y bien lo sabía Dios.

Ella escuchaba y esbozaba una pequeña sonrisa triste, pero no daba crédito a sus palabras ni a sus súplicas.

Sin embargo, desde su regreso, parecía más feliz.

La estancia en Sídney y la influencia de Abigail, la hermana de Rick, le habían sentado bien.

Hablaba más con él y parecía contenta de haber retomado su vida juntos, su vida normal, y ya no lloraba cuando se mencionaba el nombre de su pequeña hija fallecida.

Había esperanza, pensó Rick, porque se amaban y…

Sonrió para sí mismo. George De Lancey, a quien una vez había temido como rival por el afecto de Katie, vivía en feliz matrimonio con Rachel Broome y era padre de una niña a la que adoraba. Por ese lado, ya no había nada que temer.

Con los labios fruncidos, comenzó a silbar una alegre melodía, expresiva de su estado de ánimo optimista.

Disfrutaba de la vida que llevaba allí, en las nuevas tierras, más allá de la barrera de las montañas Azules.

Según cualquier criterio, estaba en camino de convertirse en un granjero de éxito, a pesar de su falta de experiencia inicial.

Tenía trescientas cabezas de ganado vacuno, la mitad de ellas criadas a partir de los toros de cuernos cortos de William Lee.

Los animales prosperaban vigorosos en los exuberantes pastos de las colinas de su propia concesión.

En la tierra que compartía con Justin había casi el doble de ovejas merinas y mestizas que, bajo el cuidado experto de Jethro Crowan, producían lana de alta calidad y gozaban de buena salud, mientras que las de algunos de sus vecinos morían de pododermatitis infecciosa o de fasciolosis hepática.

Y también estaban los caballos que criaba a partir del semental árabe de John Macarthur. Pero lo mejor de todo…

Rick metió la mano en el bolsillo de su tosca chaqueta de tela casera y palpó las dos pepitas de oro de buen tamaño que había recogido esa mañana en el lecho del río.

Por necesidad, tenía que mantener en secreto esos hallazgos, incluso para Katie, dadas las condiciones que el gobernador Macquarie le había impuesto en su contrato de arrendamiento.

Por esa razón, tenía que esconder con mucho cuidado las cribas y bateas que utilizaba para extraer el oro, así como buscar el mineral a intervalos irregulares, cuando estaba seguro de que nadie lo podría descubrir.

A base de ensayo y error, había ideado y aprendido a utilizar las primitivas herramientas que necesitaba para sus búsquedas.

A menudo, no encontraba nada, y las horas de trabajo solo le dejaban los músculos doloridos y un montón de piedras sin valor.

Al principio, también se había enfrentado al problema de cómo deshacerse del oro, ya que no se atrevía a ofrecerlo de manera abierta a nadie de la colonia.

Un emancipado llamado Hensall, que trabajaba para la casa de la moneda como ensayador y acuñador, había comprado sus primeras pepitas, e incluso se había establecido como joyero gracias a los beneficios obtenidos.

El hombre fingía creer que Rick había adquirido las pepitas fuera de la colonia, pero era muy curioso y hacía demasiadas preguntas.

Tras haber decidido que no era de fiar, Rick nunca volvió a venderle nada.

Durante un tiempo tuvo que acumular el oro, lo que le resultaba muy difícil, ya que necesitaba dinero para expandirse.

Pero, entonces… Rick volvió a sonreír para sus adentros.

Había superado sus dificultades en gran medida gracias al regreso a Sídney del viejo Silas Crabbe, antiguo capitán del buque de Su Majestado  Kangaroo, ahora civil y al mando de un bergantín mercante del que era copropietario.

Silas era un buen amigo y la esencia misma de la discreción.

Además, sus viajes comerciales lo llevaban a la India y China, así como a las Indias Orientales Neerlandesas, donde el oro encontraba un mercado fácil y nadie hacía preguntas sobre su origen.

Gracias al acuerdo que había cerrado con él, había acumulado el dinero necesario para constituir su patrimonio, reflexionó Rick con satisfacción: todo lo necesario para comprar carneros merinos y caballos árabes a los Macarthur, así como ganado rojo de cuernos cortos del esforzado Lee.

Sabía que Katie se preocupaba por lo que consideraba un gasto excesivo y que la mayoría de la gente creía que solo usaba el dinero de su recompensa naval.

Él se esforzaba por ocultar el hecho de que había financiado los negocios de Silas Crabbe y que de ello también estaba obteniendo cuantiosos beneficios. De hecho, él…

Un jinete se acercaba al galope. Rick reconoció a Dickon, el hijo de su hermana Abigail, y levantó la mano para saludarlo.

El muchacho también era un cómplice voluntario, si bien inconsciente, en sus negocios con Silas Crabbe.

Aunque sordomudo, era inteligente y digno de la más absoluta confianza.

El día que el barco de Silas llegó a puerto y al propio Rick le resultó difícil ir a Sídney, envió a Dickon con el oro bien oculto.

Estaba seguro de que, si alguna vez interrogaban al muchacho, este podría alegar con toda su verdad que no sabía nada de lo que llevaba; y no era que sospechara.

Dickon tenía dieciocho años, era alto y bien formado para su edad, pero poseía una inocencia que era a la vez infantil y encantadora.

Su relación con los nativos de la zona era muy estrecha; en particular, con el protegido de Justin, Winyara.

Mientras observaba al muchacho acercarse, Rick pensó que quizás era gracias a Dickon que los nativos nunca saqueaban su ganado ni quemaban sus cosechas, como solían hacer con las granjas de los vecinos cuando escaseaba la caza.

Dickon, a pesar de su discapacidad, parecía comunicarse bien con los negros, y ellos con él.

Cazaba y pescaba con ellos y se sentía más a gusto en su compañía que en la de los trabajadores blancos de la granja, con la única excepción de Jethro, de quien era muy devoto.

Rick sospechaba que el pastor se quedaba en Pengallon solo por Dickon, y Jethro valía su peso en oro como criador de ovejas.

Una vez habían estado a punto de pelear.

Él, en contra del consejo de Jethro, había intentado reducir el tamaño del rebaño del pastor para tener más ganado.

Frenó cuando Dickon se puso a su altura. El muchacho parecía preocupado, con el rostro bronceado contraído en una extraña mueca a la que siempre recurría cuando intentaba comunicar algo que consideraba urgente.

—Bueno, ¿qué pasa, muchacho? —lo instó Rick.

Dickon dejó caer las riendas sobre el cuello de su caballo para tener las manos libres.

Hablaba con las manos y mostraba una elocuencia extraordinaria.

Rick lo observaba e interpretaba en voz alta cada movimiento expresivo para que Dickon pudiera leer sus labios y confirmar su interpretación o corregirla.

—Venían tres hombres… ¿a caballo?

Un vigoroso movimiento de cabeza y más gestos con las manos. Describió un rostro pequeño y Rick adivinó:

—¿Tres hombres a caballo con un niño nativo? No… No un nativo, sino un niño, ¿verdad? Y uno de los hombres es corpulento, un hombre grande que fuma en pipa. No, no es una pipa, ¿es un cigarro puro? Y…, oye, Dickon, ¿qué me estás queriendo decir? ¿Está enfadado? ¿Por qué podría estar enfadado?

Dickon se encogió de hombros, pues era incapaz de responder a esa última pregunta.

Sus manos se movieron por su vientre delgado y musculoso y formaron un semicírculo.

Luego, con los dedos extendidos, se llevó la mano a la barbilla, como si se acariciara una barba invisible, y Rick le sonrió: un tipo asqueroso con barba que fuma un cigarro…

—¿El mayor Van Buren? —sugirió Rick—. Y el chico es tu joven amigo Claus, ¿eh?

Otra señal afirmativa con la cabeza. Pero, a pesar de los gestos expresivos de Dickon, la identidad de los dos acompañantes de Van Buren seguía siendo un misterio. Rick hizo un gesto a su sobrino para que cogiera las riendas.

—Será mejor que vayamos a averiguar qué quieren. ¿Están en la casa? ¿Katie les ha ofrecido algo de beber?

Dickon asintió, todavía con aire preocupado, y Rick dio una palmada en los flancos de su caballo.

Katie los recibió frente a la puerta de la granja de troncos. Después de dejar a Dickon al cuidado de los caballos, Rick se apresuró a reunirse con ella.

—¡Dickon te ha encontrado, menos mal! —exclamó ella. Miró hacia la casa con aprensión y bajó la voz—. Rick, no sé de qué se trata, pero el mayor Van Buren llegó hace casi una hora con dos nuevos colonos que…

—¿Nuevos colonos? ¿Aquí? ¿Les han concedido tierras por aquí, Katie? —preguntó Rick con el ceño arrugado.

—Sí —respondió Katie—, creo que sí. Los conocí en casa de Abigail cuando acababan de llegar. Uno es Robert Willoughby y el otro, Henry Daniels. El señor Willoughby estaba en la Marina Real, en tanto que el señor Daniels era…