Capítulo 14 #4
—Supongo que habrá ciertas formalidades —le advirtió—, pero ya nos ocuparemos de ellas.
—Señaló la pequeña iglesia—. Ahí es donde, si Dios quiere, nos casaremos, mi amor.
—Hizo un alto, puso una mano bajo la barbilla de Alice, inclinó el rostro de ella hacia el suyo y la besó con delicadeza—. ¿Eres tan feliz como yo, cariño?
—Si no fuera porque estoy preocupada por Claus —confesó Alice—, te diría que este es el día más feliz que he vivido desde que llegué aquí.
—Recemos juntos por Claus —propuso Nathan— antes de presentarnos al señor Cartwright.
Cogidos del brazo, entraron en la pequeña iglesia de piedra. En su fresca penumbra, se arrodillaron uno al lado del otro para orar en silencio.
Allí los encontró el reverendo Robert Cartwright. Con sus ropas de trabajo sucias, después de un difícil parto en el establo, fue a darles una cálida bienvenida. Los llevó a su rectoría para presentarlos a su numerosa familia.
Las formalidades, le aseguró al ansioso Nathan, llevarían un poco de tiempo.
Aparte, Alice tendría que comparecer ante el tribunal al día siguiente.
Era casi seguro que la dejarían en libertad bajo fianza.
Siempre que su antigua señora no presentara contra ella cargos de naturaleza penal, se les concedería el permiso para casarse y se podrían publicar las amonestaciones.
Las hijas casaderas del buen rector resultaron ser tan amables y bien dispuestas como el padre, y todas eran guapas. Sin embargo, al mirar el rostro radiante de la novia que había elegido, el reverendo Nathan Cox no sintió ningún remordimiento.
* * *
Tras una rápida cabalgata y poco después de la puesta del sol, Claus llevó el cansado caballo a los establos situados en la parte trasera de la casa de los Van Buren. Uno de los mozos de cuadra convictos, Amos Bryant, le quitó la montura y, sonriendo, le dijo que estaba de suerte.
—La señora no se ha dado cuenta de que faltaba el caballo.
Por una vez, no ha pedido el carruaje en todo el día.
Y ojos que no ven, corazón que no siente, ¿no?
Vete, joven Claus, y déjamelo a mí. Yo lo cepillaré y le daré de comer.
Ella nunca se enterará de que no ha estado aquí.
¿Has entregado a la pequeña sana y salva?
Claus asintió con la cabeza, demasiado agotado para hacer otra cosa que murmurar un «gracias». En la cocina, todos los sirvientes se agolparon a su alrededor para hacerle la misma pregunta. Él volvió a responder con una inclinación de su pequeña cabeza morena, pero no dijo palabra alguna.
Arifin, el viejo cocinero, le puso delante un plato humeante de sabroso arroz; Tjoe, el pinche de cocina, le llevó agua, y Saleh, que lo miraba con sincera aprobación, le dijo:
—Lo has hecho bien, pequeño liplap, muy bien.
Creo que, al volver tan pronto, has eliminado cualquier peligro de que te descubran.
Le he dicho a mevrouw que el agente ha venido a buscar a Alice a primera hora, antes de que ella se levantara, y no ha dudado de mi palabra ni ha preguntado por ti.
Tiene otras cosas en la cabeza y se ha pasado todo el día fuera con mijnheer Willoughby, navegando por el puerto en un velero.
—Hizo una pausa y acarició con mano suave la cabeza de Claus—.
El único que ha dudado es el alguacil, pero le he dicho que nosotros mismos habíamos llevado a Alice a Parramatta y que no necesitábamos su ayuda.
Se ha quejado un poco, así que le he dado un vaso del mejor brandy del señor y se ha marchado de buen humor, ¡alabado sea Alá!
Claus comía con apetito. Disfrutaba del interés y la aprobación generales, pero sabía que tendría que contarles que su rápido regreso se debía al encuentro con el joven clérigo inglés, cuando él y Alice se encontraban a solo cinco o seis millas de Parramatta.
Esperó, encorvado sobre la mesa, metiéndose arroz en la boca con los dedos.
Entonces, Saleh preguntó:
—¿Cómo ha recibido mevrouw Dawson a la pequeña?
Ya no le quedó ninguna forma de evitar la verdad.
—No la he llevado a casa de mevrouw Dawson, Saleh —soltó de golpe.
—¿No la has llevado a la granja Upwey?
Claus bajó la cabeza.
—No, eh… —Tragó saliva—. En el camino nos hemos encontrado con un joven caballero que iba en un pequeño carruaje.
Era un hombre de Dios, lo que los ingleses llaman capellán; una buena persona, estoy seguro.
Iba de camino a Windsor, como nosotros, y se ha ofrecido a llevar a Alice en su carruaje para que yo pudiera volver de inmediato con el caballo de mevrouw .
Alice estaba dispuesta, Saleh. Me ha dicho que iría con él. Así que no he protestado.
Se hizo un silencio. Saleh se quedó de pie, frunciendo el ceño y mirándolo.
—El caballero, ese hombre de Dios, ¿me has dicho que era joven?
—Sí, un recién llegado, según nos ha dicho, en el barco que sigue anclado, el Minerva.
Saleh frunció el ceño. Sonriente, rodeó con el brazo los delgados hombros de Claus.
—Quizá pierdas a tu novia, liplap —dijo en cariñosa chanza—.
Por el bien de nuestra pobre Alice, espero que así sea.
Tú… —Una campana sonó con impaciencia. El mayordomo se puso en pie y reprimió un suspiro—.
Mevrouw ha vuelto, debo ir a recibirla. Descansa, muchacho, y no temas.
Nuestra señora solo tiene ojos para mijnheer Willoughby.