Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Entonces conoció toda la historia. Nathan la escuchó con incredulidad mientras Alice y Claus le revelaban lo que había llevado a los tres a encontrarse en la carretera de Windsor.

No dudaba de la veracidad de lo que le estaban contando; se mostraba incrédulo, más bien, ante un sistema capaz de poner a una chica como Alice Fairweather (una buena chica, como Claus le recordaba una y otra vez) en una situación así.

Un sistema que la dejaba vulnerable e indefensa, a merced de la cruel mujer a cuyo servicio había sido asignada.

Eso olía a esclavitud. Al parecer, la señora Van Buren podía azotarla y condenarla a la Fábrica de Mujeres sin siquiera dar una explicación…

Por capricho, tal vez, o por alguna razón aún menos digna.

Era la primera vez que oía hablar de la Fábrica de Mujeres. Samuel Marsden no la había mencionado y, aunque había pasado ante sus imponentes muros el día anterior, no tenía ni idea de los horrores que se escondían detrás ni del tipo de mujeres que solían enviar allí.

—¿Así que robaste un caballo del establo de la señora Van Buren? —preguntó—. ¿Eso no ha sido correr un riesgo terrible?

—El caballo —replicó Claus con brusquedad— lo he tomado prestado. Lo devolveré después de haber llevado a Alice a casa de la señora Dawson.

—¿Y la señora Dawson está en Upwey, en una granja cerca de Windsor? —insistió Nathan—. Pero ¿Alice estará a salvo allí? ¿Y la señora Van Buren no irá a exigir que regrese o… que la arresten?

—Tenemos una carta para la señora Dawson, señor —dijo el chico.

Con toda su paciencia, le proporcionó los detalles—.

La ha escrito la hermana de la señora Van Buren, pero es una mujer muy buena.

Les mostré la carta de autorización a los agentes de policía de Parramatta y me dijeron: «Está bien, adelante».

—Pero te meterás en problemas cuando devuelvas el caballo, ¿o no?

—Oh, sí —respondió Claus con tono indiferente—, todos tendremos problemas.

También Saleh. Pero, mientras Alice esté con la señora Dawson, eso no nos importa, señor Cox.

A Alice le cambiarán la asignación y trabajará para ella.

—Y añadió con orgullo consciente—. Debe cumplir su condena: siete años antes de haberse ganado la libertad.

Pero, si se casa, será libre antes; y yo tendré la edad suficiente para casarme con ella dentro de cuatro años, ¿lo ve?

—¡Tú! —exclamó Nathan, incapaz de ocultar su incredulidad—.

¿Te casarías con ella, Claus? Pero… —Interceptó una mirada de advertencia de Alice Fairweather y se puso a buscar, en vano, palabras para atenuar el dolor que, bien sabía, su escepticismo debía de haber causado al chico.

Claus era valiente, por Dios que sí, desinteresado en su devoción, y estaba arriesgando mucho al ayudar a la chica a escapar—.

Tendrás una esposa preciosa —logró decir por fin—, pero cuatro años es mucho tiempo, ¿no?

—Mucho tiempo, sí —admitió Claus—. Quizá encontremos antes a un buen hombre que quiera casarse con ella.

Nathan se sumió en un silencio pensativo, consciente, de pronto, de que en su poder estaba ofrecer una solución.

Sin embargo, se dijo a sí mismo que era una idea descabellada; no conocía a la chica y era una convicta, aunque tampoco conocía a las hijas casaderas del reverendo Robert Cartwright.

Podrían ser anatema para él: intelectuales que lo avergonzarían; chicas con los dientes salidos o poco atractivas; cabezas huecas, tal vez, o damiselas jóvenes demasiado refinadas con las que tendría poco o nada en común, sobre todo en el solitario aislamiento de una colonia penal como la isla Norfolk.

Y allí era, con toda probabilidad, adonde lo enviarían dentro de seis u ocho semanas, con o sin la esposa que con tanta ponderación le habían recomendado que se buscara.

Volvió a mirar a la chica que estaba a su lado.

El azar los había unido, el puro y ciego azar, o…

Su formación teológica lo hacía descartar la hipótesis de que hubiera sido por casualidad.

Había sido, más bien, la voluntad de Dios, pensó, la elección que la divina providencia había hecho por él en reconocimiento de su necesidad.

Y… tendría tiempo para conocer bien a esa chica antes de comprometerse, tiempo suficiente, sin duda: seis semanas.

Ella sonrió al sentir que él la miraba. Su sonrisa era tan cálida y carente de coquetería que las últimas dudas de Nathan se disiparon. Dios había elegido bien.

—La llevaré a Windsor, señorita Fairweather, y a la granja de la señora Dawson.

Claus puede volver a Sídney con el caballo.

Si regresa pronto, quizá la señora Van Buren se apiade de él y lo perdone —añadió antes de que Claus pudiera decir nada—.

No te preocupes, Claus, Alice estará a salvo conmigo.

La llevaré a su destino, te doy mi palabra, si es allí donde ella desea ir.

Claus dudó. Miró un rostro y el otro y, una vez más, el de Alice. No dijo nada, pero ella respondió a su silencio rodeándolo con los brazos y abrazándolo con fuerza. Su voz tembló un poco cuando le dijo:

—Será mejor que vaya con el reverendo. Y tal vez, como él ha dicho, si regresas rápido con el caballo, la señora Van Buren no te castigará.

¿Sabes…? ¡Ay, Claus, te echaré tanto de menos!

Pero, mientras tenga vida, no olvidaré lo que has hecho por mí.

Y recordaré también a Saleh y a los demás.

Diles que les doy las gracias y que rezaré por todos ellos.

La respuesta de Claus fue inaudible. Nathan supuso que el niño estaba luchando por contener el dolor de una despedida que no había imaginado que llegaría tan pronto.

Pero Claus veía con toda claridad que era necesario.

Con el pequeño y oscuro rostro desprovisto de expresión, se dirigió al lugar donde estaba atado el caballo que había tomado prestado, le soltó las riendas y lo montó.

—Le ruego que cuide bien de Alice, señor —dijo con voz entrecortada. Enseguida clavó los talones en los costados del gran bayo y se alejó al galope por el camino polvoriento.

Alice se quedó mirándolo hasta que desapareció entre las nubes que levantaban los cascos del caballo. Dudó un momento, de espaldas a Nathan, y luego, para sorpresa de este, le hizo una reverencia y le preguntó con voz tranquila y controlada:

—¿Desea que continuemos nuestro camino, señor?

—¿Cómo? Sí, claro, sí, por supuesto —respondió él.

—Entonces, si quiere enganchar el caballo, recogeré los restos de la comida y pondré mis pertenencias en su carruaje —ofreció, y añadió a modo de disculpa—: Aunque me crie en una granja, señor, nunca he tenido que tratar con caballos. Les tengo un poco de miedo.

Nathan pensó que su propia experiencia con los caballos también era limitada, pues su padre tenía un mozo de cuadra.

Pero se las arregló bastante bien para devolver al animal a su lugar entre las pértigas.

Unos minutos más tarde, estaban sentados uno al lado del otro en el pescante, charlando como si se conocieran de toda la vida.

Nathan estaba encantado. En compañía de Alice, la soledad tan honda que había sentido desde su llegada a Nueva Gales del Sur había dejado de atormentarlo, y, si la nostalgia los afectaba a ambos mientras hablaban de la Inglaterra que habían dejado atrás, esa nostalgia se había transformado en un sentimiento compartido, y, por lo tanto, un dolor menor.

Dios había elegido bien, pensó de nuevo el joven clérigo. Él habría faltado a su fe de haber cuestionado los favorables designios de la divina providencia. Se acercaban al pequeño municipio de Windsor, cuya iglesia ya se divisaba con claridad, cuando, con la debida humildad, le propuso matrimonio.

Alice se quedó en silencio, con la mirada desviada. De repente, el color empezó a desaparecer de sus mejillas.

—Como esposa mía, serás libre —añadió—, y yo…

Alice, me harías muy feliz si aceptaras compartir tu vida conmigo.

Creo que me van a nombrar capellán de uno de los nuevos asentamientos penales.

Quizá no sea la vida que habrías elegido para ti, pero, si estamos juntos, será soportable.

Y juntos podríamos trabajar para mejorar la suerte de esos pobres infelices condenados a trabajos forzados.

Juntos podríamos intentar hacer la obra de Dios entre ellos, ¿no es así?

Yo… —Ella seguía dudando, así que Nathan le cogió la mano—.

Te amaré —le prometió con gravedad— y te seré fiel todos los días de mi vida.

Yo… ah, Alice, estoy seguro de que el joven Claus lo aprobaría si pudiéramos preguntárselo.

Esas últimas palabras parecieron decidirla. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas y respondió en voz baja:

—Si de verdad me quiere, sabiendo lo que soy, estaré orgullosa y feliz de convertirme en su esposa, señor Cox.

—Nathan —corrigió él—. Me llamo Nathan. Y sé bien lo que eres: tú, Alice, ¡eres un regalo de Dios!

—Se llevó a los labios la mano de la chica y, entonces, impulsado por una fuerza interior, soltó la mano y levantó el látigo del carruaje.

El caballo, que estaba medio dormido, se puso a trotar a regañadientes.

—Le pediremos al reverendo Cartwright que publique nuestras amonestaciones y nos case tan pronto como sea posible —dijo exultante—. ¡Me has convertido en el hombre más feliz y afortunado de toda la colonia, querida Alice!

Alice se secó las lágrimas con la esquina del delantal. Iba sonriendo mientras entraban en la calle principal de Windsor. Encontraron la casa del rector, junto al cementerio, entre bonitas casas de madera pintadas de blanco.

Orgulloso, Nathan la ayudó a bajar del carruaje y le ofreció el brazo.