Capítulo 14 #2
Ahora llevaba esa nota en el bolsillo interior de su sobria chaqueta negra, recordó Nathan con resignación.
En obediencia a las instrucciones del reverendo Samuel Marsden, se dirigía al municipio de Windsor, con un plazo de unas seis a ocho semanas para encontrar esposa.
La perspectiva lo alarmaba. Al embarcarse en el Minerva, había supuesto que no se casaría en los próximos cuatro o cinco años, al menos.
Además, en Inglaterra había tenido muy poco contacto con el sexo opuesto, pues su madre se había encargado de evitarlo.
Incluso en Cambridge, como estudiante de teología, no le quedaba otra que comportarse con absoluta circunspección, como era de esperar.
Por otra parte, el Minerva, con su cargamento de delincuentes varones, nunca le ofreció ninguna tentación para corromperse ni corromper a otros.
Las pocas pasajeras que había a bordo del transporte eran casadas o demasiado jóvenes para contraer matrimonio.
Nathan se sacó el pañuelo para secarse la frente húmeda y sudorosa.
Su cansado caballo de alquiler aprovechó el momentáneo lapsus de concentración para reducir la velocidad hasta casi detenerse.
Nathan volvió a suspirar, sin fuerzas para obligar al animal a avanzar más rápido.
Veinte millas, pensó, y una carretera casi desierta, con el sol abrasándolo desde un cielo azul sin nubes.
Los insectos se lanzaban contra él en hordas, en salvajes ataques desde un grupo de árboles a su derecha.
Habría sido más prudente esperar, como le había sugerido el posadero de Parramatta, hasta que pasara el calor del día.
Aun así, el amable hombre le había proporcionado una especie de comida envuelta en una limpia servilleta blanca.
También, una jarra de cerveza para saciar la sed durante el viaje.
Los árboles, a pesar de la horda de moscas que habían soltado sobre él, le ofrecían sombra…
. Él mismo estaba tan acalorado y cansado como su caballo.
—¡So! —le dijo al exhausto animal y empezó a apartarse del camino, pero, un momento después, se sorprendió al darse cuenta de que no era el único que había elegido ese lugar para descansar.
Más allá, medio oculto por la pantalla de árboles, estaba atado un hermoso bayo.
Sus jinetes, dos, estaban sentados en el suelo con las piernas cruzadas, a pocos pies de ahí.
Formaban un par extraño y disparejo. Se trataba de una joven de unos dieciséis o diecisiete años, tan guapa como un cuadro, con el pelo castaño rizado y un rostro pequeño y pálido, y un chico de piel oscura, que parecía unos años más joven.
Los dos vestían bien: el chico con pantalones blancos de lona y una camisa a cuadros y la chica con un vestido de algodón almidonado cubierto por un delantal blanco.
Él llevaba la camisa remangada para poder mover los brazos con libertad.
Debajo de ellos discurría un pequeño arroyo casi seco.
El caballo de Nathan se opuso a los esfuerzos de su amo por detenerlo y corrió hacia el agua.
Entonces, para esquivar la rueda del carruaje, el chico y la chica tuvieron que dar un salto.
Luego el niño, sin que nadie se lo pidiera, agarró al caballo por la cabeza y lo detuvo, pero no antes de que la rueda hubiera pasado por encima de su comida, la aplastara y la dejara regada por toda la hierba.
Nathan se disculpó, consternado y confuso, y saltó del pescante.
Cayó de rodillas en un intento por salvar lo posible de los restos del almuerzo.
Fue un intento inútil. Lo único que pudo recuperar fue una manzana a medio comer y una corteza de pan salpicada de barro.
Sin embargo, el niño le sonrió con alegría y le aseguró que ya habían terminado de comer.
—Su caballo necesita agua —dijo con voz sibilante y un fuerte acento—. Lo desengancharé y lo llevaré al arroyo, mijnheer.
Y eso hizo: se llevó al torpe animal manejándolo con evidente destreza. Nathan, al ver que la niña lo miraba con aprensión, se presentó en su afán por tranquilizarla. Ella observó el atuendo clerical y asintió con la cabeza. Su aprensión empezó a desvanecerse.
—¿Es usted un hombre de Dios? —sugirió con timidez.
Aunque, por lo general, habría dudado en describirse con esas palabras, Nathan inclinó la cabeza.
—Soy capellán —explicó— y acabo de llegar a la colonia en el transporte Minerva. ¿Y usted?
—Me llamo Alice Fairweather —respondió la chica— y mi compañero —señaló al niño, que había sumergido los pies en el arroyo mientras el caballo de Nathan bebía sediento— se llama Claus.
—No dijo apellidos y continuó al instante—: Vamos de camino al Hawkesbury, a Windsor, y, de allí, a la granja Upwey, del señor Timothy Dawson.
El nombre Dawson no le dijo nada a Nathan, pero le llamó la atención que sus destinos coincidieran, así que sonrió.
—Yo también voy a Windsor, señorita Fairweather.
Quizá podamos completar nuestro viaje juntos.
Por supuesto… —En eso, recordó sus provisiones intactas—.
Por supuesto, no sin antes almorzar con usted.
Mire… —Sacó del carruaje el paquete envuelto en una servilleta y lo extendió en el suelo, a los pies de ella—.
Hay suficiente para los tres. Quizá esto compense mi torpeza.
Fue Claus quien respondió, con los ojos oscuros brillantes, en cuanto vislumbró el apetitoso manjar.
—Ataré su caballo, señor, y luego estaremos encantados de almorzar con usted. —Con una sonrisa, señaló tres corazones de manzana que yacían en el barro—. Las provisiones se nos habían acabado antes de llegar aquí. Como puede ver, hemos estado toda la noche en camino.
Nathan se quedó perplejo ante semejante afirmación, pero no preguntó nada.
El cocinero del Woolpack se había ganado con creces la pequeña propina que le había dado: tenía pan, un trozo de cordero ya cortado, una pata de pollo de buen tamaño, dos huevos duros, queso y unos melocotones de piel dorada, frescos, quizá recogidos del propio árbol esa misma mañana.
Trajo la cerveza y todos se sentaron juntos en la hierba calentada por el sol.
Claus recompensó la generosidad de Nathan con otra sonrisa radiante.
Mientras comían, hablaron de los hogares que habían dejado. Nathan descubrió sin sorpresa que Claus era originario de una de las islas holandesas, en tanto que Alice era de Devon.
—Somos casi vecinos —dijo encantado cuando ella mencionó Honiton—.
Mi casa estaba en Taunton. Pasé allí mi infancia.
Mi padre era médico y tenía una gran consulta rural.
Por desgracia, le gustaba jugar a las cartas.
Cuando murió, dejó a mi pobre madre con muy poco, salvo una casa hipotecada y una gran cantidad de facturas sin pagar.
—Se encogió de hombros, mordió con avidez uno de los melocotones y, por primera vez desde su llegada a la colonia, se sintió feliz y a gusto.
El chico Claus era amistoso hasta lo entrañable. Alice Fairweather, aunque un poco reticente a hablar de su pasado inmediato, era fácil de tratar y estaba deseosa de compartir con él la nostalgia por los lugares que ambos habían conocido y amado.
Y además… La observaba con disimulo mientras devoraba el melocotón.
Era preciosa: una chica delgada y elegante como los ciervos jóvenes que había cazado alguna vez con arco y flechas en tiempos en que, de niño, fingía ser un nativo entre las laderas boscosas de Quantocks.
Ella le contó que su familia era de granjeros, y él, al escucharla hablar de aquella gente con tanto afecto y orgullo, supuso que serían pobres, pero honrados.
Alice había sido aprendiz de modista y costurera en el pueblo cercano a su casa.
Él se preguntó qué la habría traído a Nueva Gales del Sur, sola, por lo visto, ya que no había mencionado a una familia que la hubiera acompañado.
Sin ningún deseo consciente de entrometerse, sino solo para satisfacer su curiosidad, le hizo la pregunta con naturalidad.
Al ver que las mejillas de la chica se llenaban de rubor y sus ojos azules e inteligentes se anegaban, sintió un sobresalto.
Un vehemente Claus salió en su defensa. Antes de que ella pudiera explicar nada, dijo:
—Alice es una buena mujer, señor Cox. ¡Una buena mujer, como mi madre!
Pero hay gente mala en Inglaterra que la acusó con falacias y la envió aquí.
Y luego…, luego la asignaron a mevrouw Van Buren como sirvienta, igual que yo.
Ella es feliz con nosotros, con Saleh, con Arifin, con Tjoe y Abdul…
¡La queremos! Trabaja muy duro, todo el día cosiendo vestidos para mevrouw.
Pero eso no le basta a la ama: mevrouw Van Buren es cruel.
Ha enviado a Alice a la Fábrica de Mujeres de Parramatta sin motivo alguno…
El inglés del chico se había vuelto abstruso. Nathan lo miraba con la boca abierta, asombrado, mientras su mente iba embebiendo la verdad gota a gota.
¡Esa joven tan dulce y encantadora era una convicta, una de esas personas corruptas contra las que Samuel Marsden había lanzado tantas advertencias!
Avergonzado, la miró. Lamentaba en lo más hondo haber formulado la imprudente pregunta que había provocado el arrebato del niño.
Deseaba con todo su corazón no haber cedido a su ociosa curiosidad.
Era obvio que a Claus le había causado dolor y humillación, sin mencionar el daño a su joven compañera.
Habló con voz entrecortada:
—No lo sabía… Eh… Perdóneme, señorita Fairweather. Nunca se me ocurrió que… Quiero decir… —Trastabillaba en las palabras sin saber qué decir, con las mejillas tan rojas como las de ella.
—¿Nunca se le ocurrió que yo podía ser una convicta, señor Cox? —terminó ella por él, con tranquila dignidad.
Nathan negó con la cabeza.
—No, mire… Era lo último que esperaba.
—No solo soy una convicta —continuó, aún en voz muy baja—. También soy lo que aquí llaman una fugitiva, y Claus me está ayudando a escapar.