Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 14
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Capítulo 14

Frente al hotel Woolpack, en Parramatta, el reverendo Nathan Cox subió con cierta renuencia al carruaje que había alquilado y se dispuso a continuar su viaje.

Su destino, el pueblo de Windsor, a orillas del río Hawkesbury, estaba a veinte millas de ahí y el día ya le prometía calores violentos.

Pero sabía que no había remedio, ya que el capellán principal de la colonia, el reverendo Samuel Marsden, no le había ofrecido hospitalidad en la rectoría bajo la excusa de que su esposa no se encontraba bien.

Nathan cogió las riendas y asintió con la cabeza al mozo de cuadra del Woolpack para que le soltara el caballo.

Había llegado a la colonia hacía solo dos semanas en el transporte Minerva, junto con ciento setenta convictos varones.

Portaba, también, la triste noticia de la muerte, en julio, de un exgobernador, el general Lachlan Macquarie.

Había quedado sorprendido e impresionado con la estima que se le tenía al general.

En las calles, la gente lloraba al enterarse de la noticia.

Era gente corriente, delincuentes liberados, empleados pobres y funcionarios de poca importancia, granjeros y pequeños propietarios con sus mujeres, incluso algunos niños.

Se estaba preparando un funeral conmemorativo.

Se celebraría en Sídney, en la iglesia de Saint Philip, y él habría deseado quedarse para asistir al servicio, pero sus escasos fondos le impedían semejante lujo.

Su nombramiento, el primero desde que tomara los hábitos, era el de capellán del servicio penitenciario de la colonia.

Aún no se le había comunicado de manera oficial a qué asentamiento penal sería enviado y, para su gran disgusto, nadie parecía tener prisa por usar sus servicios.

—Vaya a visitar al señor Marsden, en la rectoría de Saint John, en Parramatta —le había aconsejado uno de los clérigos de la parroquia del archidiácono Scott cuando Cox le confió su ansiedad por encontrar un empleo remunerado—.

Es el capellán principal. Sin duda, sabrá de alguna vacante temporal que usted pueda ocupar mientras espera.

En estos momentos, hay cambios en cierne: se están cerrando los asentamientos penales de Newcastle y el puerto Macquarie para ser repuestos en la bahía Moreton y la isla Norfolk.

Es probable que lo destinen a uno de ellos, señor Cox, cuando los convictos sean trasladados a sus destinos definitivos.

Para decepción de Nathan, el empleado no le dio más detalles, salvo que se estaban construyendo edificios penitenciarios en ambas localidades, pero sí que le dijo muchas cosas acerca del reverendo Samuel Marsden.

Al parecer, el capellán principal era uno de los ganaderos de ovejas más ricos y exitosos de Nueva Gales del Sur.

Era propietario de carneros españoles de pura raza que el propio rey le había regalado hacía unos quince años, así como poseedor de más de tres mil acres agrícolas y de pastoreo de primera calidad.

El empleado le dijo, también, que hacía poco se le habían concedido más tierras en la zona de Bathurst. Ajeno en apariencia al asombro de Nathan ante tales revelaciones sobre un clérigo, el hombre había seguido recitando con entusiasmo que el reverendo Samuel Marsden era propietario de una goleta mercante y que hacía grandes negocios en sus travesías entre Sídney, Nueva Zelanda y otras islas de los mares del sur.

—Es una lástima, joven —concluyó el amable anciano con sincero pesar—, que no haya venido aquí bajo los auspicios de la Sociedad Misionera Eclesiástica.

De haber sido así, estoy seguro de que usted ya estaría de camino a Nueva Zelanda o a Otaheite, con la bendición del señor Marsden.

La misión que fundó en la bahía de Whangaroa para el pueblo maorí le es muy querida…

, incluso más que su trabajo aquí, me atrevería a decir.

Nathan fustigó a su agotado caballo de alquiler para ponerlo a trotar, y, con la esperanza de protegerse los ojos del resplandor del sol, bajó el ala de su sombrero.

No guardaba un buen recuerdo de su breve estancia con el capellán principal.

Era cierto que Marsden, un hombre obeso y entrado en años, vivía como era de esperar de uno de los terratenientes más ricos de la colonia.

Su rectoría era grande y estaba bien situada, amueblada con excelente gusto y atendida por sirvientes convictos bien entrenados.

A Nathan le cayeron bien la hija mayor de Marsden, Anne, y su hijo Charles.

Admiró las ovejas de aspecto saludable que le habían permitido ver en los corrales y, ya bajo presión, tuvo que admitir que la bien surtida biblioteca en la parte trasera de la casa era adecuada para satisfacer las necesidades de una población de convictos.

Pero el propio señor Marsden no le importaba mucho.

Por un lado, Nathan había visto con claridad que el capellán principal era de una confesión muy poco ortodoxa y, por otro, había notado que, al enterarse de la noticia de la muerte del último gobernador y de la propuesta de celebrar un día de luto en toda la colonia, el rostro redondo y rojo del clérigo había mostrado una expresión que desmentía su pésame.

A la luz de la reacción pública en Sídney, la falta de dolor de Marsden le parecía muy extraña, por no decir una señal de displicencia.

Quizá había una razón detrás de ello. Quizá el gobernador y el capellán no se habían llevado bien durante los años que habían servido juntos en la colonia.

Aun así, Nathan, educado en la creencia de que no se debe hablar mal de los muertos, se había sentido desconcertado cuando su anfitrión añadió, con palabras amargas, que hablar demasiado bien de cualquier hombre era una blasfemia y que, al parecer, eso pretendían hacer las personas sobre las que el gobernador había mandado.

—En los doce largos años que fue gobernador aquí, el general Macquarie se comportó como si fuera un rey.

Se hacía pasar por temeroso de Dios. A los hombres poderosos, empero, la religión suele gustarles mientras concuerda con sus medidas políticas y tiende a respaldar su dignidad e importancia.

Bueno, ahora ha sido llamado ante el tribunal de la justicia divina, ante el Rey de Reyes, y deberá responder por todo lo que hizo y por todo lo que dejó de hacer.

—Enseguida, Marsden había añadido con aire santurrón—: ¡Doy gracias a Dios por no estar en su lugar!

Para mayor desconcierto de Nathan, el capellán había cambiado de tema con brusquedad y le había preguntado por su situación.

—Así que usted es hijo único —había resumido desdeñoso, sin ningún disimulo.

—¡Con una educación cara y, además, graduado en Cambridge!

Consagrado sacerdote de la Iglesia de Inglaterra y aceptado como capellán en el servicio penitenciario.

Y, desde la muerte de su padre, usted es el único sustento de su madre viuda.

¿Por qué, señor Cox, no se quedó en Inglaterra y mantuvo a esa pobre mujer como coadjutor?

Nathan había soltado un suspiro exasperado.

Ya había hecho el intento de explicar que el sueldo de vicario en una parroquia inglesa no habría bastado, ni de lejos, para mantener a su madre en el nivel al que había estado acostumbrada toda su vida.

Las doscientas cincuenta libras anuales que le habían ofrecido en el servicio penitenciario de la colonia eran la respuesta a su problema, una respuesta que su madre, que nunca había ansiado su compañía, había aprobado.

Además, estaba en Nueva Gales del Sur con un sentido de misión, ansioso por hacer lo que estuviera en su poder y usar todos sus medios espirituales para ayudar a reformarse a aquellos desafortunados a quienes la ley había condenado al destierro.

Sus clases de Biblia y los sermones que había predicado a bordo del Minerva lo habían inspirado, le habían dado esperanzas, le habían revelado que tenía algo que ofrecer a los delincuentes de la colonia.

Sin embargo, cuando empezó a hablar de ello, el reverendo Samuel Marsden lo interrumpió.

—No encontrará una gran respuesta entre los condenados a muerte y los bandoleros a los que tendrá que atender en la isla Norfolk o en la bahía Moreton —lo había informado con un tono burlón en su áspera voz de Yorkshire—.

Ahí es adonde será destinado, no me cabe duda; es más, supongo que a la isla Norfolk, dentro de seis u ocho semanas.

No está casado, ¿verdad? —Nathan recordó que había admitido que no.

Marsden, entonces, lo había señalado con el dedo en señal de reproche—.

Mi consejo es que aproveche el tiempo que le quede aquí para encontrar una muchacha respetable y casarse con ella.

La isla Norfolk es un lugar solitario, y la bahía Moreton lo es aún más.

Una esposa le será de gran consuelo. Pero tenga cuidado con el tipo de muchacha que elija, joven.

Ninguna convicta puede ser adecuada. La mayoría son prostitutas.

Y, si acaso eran vírgenes cuando salieron de Inglaterra, se habrán corrompido durante el viaje.

Pero encontrará varias jóvenes decentes y bien educadas en las familias de nuestra parroquia.

De hecho… —La nariz roja y bulbosa del capellán principal se movió de repente, como si hubiera olido una presa.

Posó una mano grande y pesada sobre el hombro de Nathan—, le daré el nombramiento temporal de coadjutor del señor Robert Cartwright, que es el párroco de Windsor.

Tiene una familia numerosa y varias hijas casaderas.

No podré pagarle un estipendio, pero su salario lo cubrirá el gobierno.

Los Cartwright le ofrecerán alojamiento, así que vivirá gratis.

Le daré una carta y podrá ir a Windsor de inmediato.