Capítulo 13 #4
La señora Dawson era hermana de la señora Van Buren.
No iba a ir en contra de ella ni creería en la palabra de un niño mestizo, por muy fervientes que fueran las súplicas de Claus en su favor.
Era inútil esperar; tan inútil como intentar huir.
Si bien algunos convictos lograban escapar, siempre eran hombres, e incluso a ellos los capturaban tarde o temprano y los condenaban a duras penas; o bien, los desterraban a algún lejano asentamiento penal del que pocos regresaban.
Para una mujer sola, escapar era muy peligroso.
Y para alguien que, como ella, acababa de llegar a la colonia, era casi imposible.
Desde que la desembarcaron del Mary Anne, nunca había salido de la casa de los Van Buren.
Le costaría mucho encontrar el camino a casa de la señora Dawson, por más que Claus le hubiera dicho que estaba cerca.
A pesar de esos pensamientos desesperados, el sonido de la llave en la cerradura dos horas más tarde hizo que su corazón latiera más rápido. Claus entró en silencio. Al ver su rostro sonriente, las esperanzas de Alice se renovaron.
—Ay, Claus, ¿has visto a la señora Dawson? ¿Ella…?
Él negó con la cabeza.
—No está, por desgracia. Se ha ido con mijnheer Dawson a su granja en el río Hawkesbury, un lugar que se llama Upwey.
El corazón de Alice se hundió.
—Entonces, no hay esperanza. Es…
—Hay esperanza —le dijo Claus, y su sonrisa, al igual que el tono seguro de su voz, transmitían convicción—.
Dickon tampoco estaba allí; se ha ido al río Macquarie con su tío.
Primero he visto a una que llaman señorita Julia, y me ha dicho que me fuera; pero hay otra: la hermana de Dickon, la señorita Dorothea.
Ella sí ha sido muy amable y me ha dejado hablar de ti.
Alice, dice que la señora Dawson te ayudará sin duda.
—Pero, si no está aquí, Claus, ¿cómo va a ayudarme?
La sonrisa de Claus se amplió.
—Yo te llevaré con ella —dijo con sencillez—, ahora, cuando haya oscurecido y nadie pueda vernos.
Mevrouw está cenando con mijnheer Willoughby.
No nos prestará atención. Cogeremos un caballo del establo y nos iremos tú y yo juntos.
El cocinero nos dará comida; Saleh se lo ha pedido.
Primero iremos a Parramatta, como ha dicho la señorita Dorothea, por la carretera de peaje, y luego a Windsor.
Mira… —Rebuscó en sus bolsillos y sacó unas monedas sueltas y un trozo de papel—.
Dinero para el viaje y una carta de autorización.
—¿Una carta de autorización? —preguntó Alice—. ¿Qué es eso, Claus?
—La señorita Dorothea la ha escrito —explicó Claus—. Es para que se la enseñemos a los policías si nos paran por el camino. La carta dice que vamos a la granja Upwey a ver a mijnheer Dawson.
El chico había pensado en todo. Alice, en silencio, le dio un abrazo de gratitud. Claus se aferró a ella un momento y luego le dijo que debían darse prisa.
—Coge tus cosas, Alice, todas tus cosas.
Sus pertenencias eran pocas. Las reunió, ayudada por el niño, y juntos bajaron las escaleras con sigilo.
Claus llevaba el pequeño bulto y abría el paso de puntillas.
Saleh los estaba esperando al pie de la escalera.
Con una de las manos sostenía en equilibrio una bandeja con vasos y platos usados.
Con la otra señaló la puerta cerrada del comedor.
Luego los hizo pasar con un gesto cauteloso y en silencio.
—¡Vamos! —la instó Claus, y salieron corriendo hacia el huerto por la puerta lateral.
En los establos, en la parte trasera de la casa, ya los esperaba el viejo cocinero.
A la luz de una sola linterna, Alice vio que uno de los caballos de la carroza estaba ensillado, listo para la huida.
Ella lo miró nerviosa, pero Claus hizo un gesto con las manos para que se acercara.
Haciendo alarde de una fuerza sorprendente, el chico la ayudó a subir al amplio lomo del animal.
Puso el bulto de la ropa sobre la cruz y, un momento después, ya estaba montado delante de ella.
En un susurro sibilante le pidió que se agarrara bien.
—A mi cintura… ¡Sí, así! No temas, iré despacio. Estarás a salvo.
Después de soltar las riendas, el cocinero levantó una delgada mano morena en señal de despedida, apagó la linterna y se apresuró a volver a la cocina.
Claus clavó los talones en los costados de su montura y chasqueó la lengua.
El gran caballo avanzó obediente por la calle oscura que había detrás de la casa.
Cuando salieron a la calle George, iluminada en parte por lámparas de aceite, Alice tenía el corazón en un puño; sin embargo, los pocos transeúntes con los que se cruzaron no les prestaron ninguna atención.
Al cabo de un rato, su pánico se calmó y su corazón dejó de latir con fuerza.
Claus exclamó jubiloso:
—¡Pronto serás libre! Y la luna iluminará el camino cuando lleguemos al peaje. ¡No tenemos nada que temer, dulce Alice!
—Hemos robado un caballo, Claus —le recordó Alice con seriedad—. Esto… debe de ser un delito.
Pero Claus no se dejó disuadir. Se volvió con una sonrisa pícara que dejaba ver sus blancos dientes y añadió:
—Solo hemos tomado prestado el caballo; yo lo devolveré.
Sin duda, mevrouw se enfadará y le dirá a Saleh que me pegue.
Pero ella se enfada a menudo y a mí me pegan a menudo…
No me preocupo, así que tú tampoco debes preocuparte.
Vamos a vivir una gran aventura, ¿eh?, tú y yo.
Es mejor que la fábrica, ¿no? Qué pena que yo no sea mayor, porque entonces podríamos… ¿Cómo se dice?, ¿fugarnos?
Riendo a carcajadas, puso al caballo al galope. Cuando las puertas de la barrera aparecieron a la vista, iluminadas por las lámparas, Alice se sintió contagiada de optimismo temerario. Con ambas manos bien agarradas a su cintura, echó la cabeza atrás y se unió a su risa.