Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Pero tendrás problemas para coser. Si es así, dímelo y te ayudaré. Soy bueno cosiendo, ya lo sabes.

—Sí, lo sé. Pero quizá a la señora Van Buren no le haga gracia que me ayudes. Debemos tener cuidado.

—¿A ella? —preguntó Claus con desdén—. Ya no respeto a mevrouw Van Buren. Es una mujer mala, no como tú y mi madre.

Sorprendida, Alice lo miró con fijeza. Saleh había supuesto que Claus no entendía el significado del sombrero y la capa abandonados por Robert Willoughby, pero en sus ojos oscuros el niño comunicaba el mismo desprecio que en su voz, y pronunció una palabra en su propia lengua.

Aunque ella no entendió el significado exacto, le pareció bastante clara debido al contexto.

—No debes hablar así, Claus —le reprendió ella. Recordó el sabio consejo de Saleh y añadió—: Es mejor que mantengas la boca cerrada.

—Oh, sí, guardo silencio, aunque a veces se me olvida. Pero he oído voces que provenían de la habitación de mevrouw. He oído su voz y la de mijnheer Willoughby, y mi padre no está aquí. Alice, yo…

La llegada del cocinero javanés y su ayudante de cocina, con los ojos aún somnolientos, lo interrumpieron. Claus se encogió de hombros y no dijo nada más mientras el cocinero comenzaba a preparar el desayuno. Como cada mañana desde que había llegado a esa casa, pensó Alice, todo era rutina:

A la señora Van Buren le llevarían el desayuno a la cama; Leah entraría en la cocina y esperaría en silencio a que su amo se terminara su copioso desayuno.

Después de atenderlo, ella misma llevaría una jarra de agua caliente a la habitación de su señora y la ayudaría a vestirse y peinarse.

Pero el mayor Van Buren no estaba allí esa mañana, y tampoco Leah, así que…

Saleh regresó y cerró de un portazo. Todos se volvieron, alarmados, pues presentían que algo iba mal.

Saleh solía moverse como una sombra, sin hacer ruido.

Al principio habló en su propia lengua, escupiendo las palabras con fría furia.

Los ojos de todos se volvieron de repente hacia Alice y, para su desconcierto, ella solo leyó piedad.

Luego Saleh se acercó para ponerle el brazo sobre los hombros.

La chica supo que las noticias que traía la concernían y que eran malas.

—¿Qué pasa, Saleh? —logró decir—, ¿he hecho algo malo?

—No lo sé —respondió Saleh—, tendría que haber sido algo así. Mevrouw ha ordenado que te encierre en tu habitación y no te deje salir.

Alice estaba paralizada de consternación. Incapaz de pensar en ningún motivo que justificara la orden de su señora, solo podía mirar al mayordomo sin articular palabra. Saleh continuó en tono seco:

—Ha ordenado el carruaje para el mediodía.

Mevrouw irá a ver a mijnheer Goulburn, pero primero debo ir a entregarle una nota que ella escribirá cuando se levante.

—Claus empezó a protestar, pero Saleh le hizo un gesto con la cabeza en señal de desaprobación, así que el chico se quedó en silencio, atónito.

—Tú irás en el carruaje —le ordenó el javanés—, y mantén los oídos bien abiertos para averiguar lo que puedas.

Creo que mevrouw va a visitar al mayor Goulburn por Alice, pero no estoy seguro.

—Tradujo lo que había dicho en respuesta a la urgente petición del cocinero y, en medio de un coro de voces indignadas, condujo a Alice a la puerta—.

Debo hacer lo que me han ordenado —dijo a modo de disculpa, y luego se dirigió a Alice con gran ternura—: No temas, pequeña.

No dejaremos que te hagan daño. Y me encargaré de que no pases hambre.

A pesar de esas garantías, Alice estaba muy asustada. Le llevaron comida; primero el cocinero y luego Claus. Ninguno de los dos pudo aclararle por qué, sin haberle dado explicación alguna, la tenían encerrada durante horas y horas en ese ático caluroso y sin ventilación.

Claus le dijo que la visita de la señora Van Buren al mayor Goulburn se había pospuesto hasta la tarde.

Al parecer, el aplazamiento había sido a petición del propio mayor.

La nota que ella le había enviado, y que Saleh y uno de los mozos de cuadra habían logrado descifrar, era una simple petición para verlo por lo que ella describía como «un asunto urgente».

—Haré lo que ha dicho Saleh y mantendré los oídos bien abiertos —prometió el chico—. Enseguida te diré lo que averigüe.

Pero regresó sin haber averiguado nada, y, una vez más, Alice se quedó sola.

Sus temores crecían con cada hora que pasaba, mientras seguía buscando en vano una razón plausible para el trato que estaba recibiendo.

No dudaba que tenía algo que ver con Robert Willoughby; aun así, no se le ocurría ninguna justificación, a menos, claro, que él estuviera preocupado de que ella fuera a contarle a su señora lo que había ocurrido con él durante la travesía.

Pero el simple hecho de encerrarla en su habitación no garantizaba su silencio.

En cualquier caso, había sido la señora Van Buren, y no él, quien ordenara ese encarcelamiento que no parecía tener sentido.

Cayó la noche. Alice estaba llegando al límite de su resistencia cuando la llave giró en la cerradura de la puerta y Claus entró de puntillas. El niño se puso un dedo en los labios.

—Ha llegado mijnheer Willoughby —susurró— y Saleh los ha oído hablar de ti mientras les servía.

Alice, mevrouw Van Buren ha dispuesto que te envíen a la Fábrica de Mujeres de Parramatta.

Un agente vendrá por la mañana para llevarte allí, y…

¡es un lugar terrible! —El niño estaba a punto de llorar.

Tenía el pequeño rostro contraído por la angustia y su voz salía entrecortada—.

Las mujeres de la fábrica son todas malvadas y libertinas, ¡no puedes ir!

, ¡no dejaré que te envíen a un lugar así!

Alice se quedó paralizada por la conmoción.

Apenas era capaz de asimilar lo que el chico le estaba diciendo.

Había oído hablar de esa temida fábrica.

Las mujeres a bordo del Mary Anne insinuaban horrores, pues habían recibido información de los marineros, pero ¿acaso había hecho algo para merecer que la enviaran allí?

Seguro que no… Volvió a mirar a Claus con ojos suplicantes, y su voz surgió tan ahogada como la de él.

—Pero ¿por qué, Claus? ¿Por qué me van a enviar a la fábrica? ¿Qué he hecho? He sido feliz aquí y he trabajado duro para complacer a la señora Van Buren.

—Saleh dice que… ¡Ay, Alice, sé muy bien que no es cierto!

El señor Willoughby afirma que eres una ladrona y…

—Claus bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada— que eres una libertina y que en el barco te golpearon muchas veces por tu mal comportamiento.

Mevrouw Van Buren se lo ha contado a mijnheer Goulburn, del gobierno.

—Eso no es cierto, Claus —se defendió Alice con amargura.

Respiró hondo mientras temblaba, mientras luchaba por controlar su miedo y su desilusión.

Que Robert Willoughby hiciera tales acusaciones era una injusticia monstruosa, ya que había sido él quien le había robado su virginidad, quien había intentado corromperla, sin otro motivo que su propio entretenimiento perverso.

Recordó su primer encuentro con él, cuando el matón y rapaz primer oficial del Mary Anne la llevó a su camarote.

Se estremeció de nuevo al recordar cómo ambos hombres le habían mentido y cómo habían incumplido las promesas que le habían hecho.

—Claus, ¿será mañana cuando me envíen lejos? —preguntó triste—. ¿Mañana por la mañana?

Claus asintió con la cabeza.

—Eso es lo que mevrouw le ha dicho a mijnheer Willoughby delante de Saleh. Pero yo no te dejaré marchar, Alice, no permitiré que te lleven.

—¿Cómo piensas impedirlo? —preguntó Alice—. Soy una convicta y tengo que ir adonde ellos decidan enviarme. Los convictos que intentan escapar son castigados con severidad, Claus.

—Saleh dice que la hermana de mevrouw es una señora amable y buena. La señora Dawson vive muy cerca. —El niño se animó—. Alice, iré a ver a la señora Dawson. Le pediré ayuda. Allí hay un niño que no puede hablar, Dickon, y somos amigos. Él me ayudará.

De repente, parecía emocionado, ansioso por partir en su misión, y Alice no intentó disuadirlo. Pero cuando él se hubo marchado y girado una vez más la llave de su prisión temporal, se dejó caer sobre la cama y dejó que las lágrimas de desesperación fluyeran descontroladas.