Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Mi padre me llevó con él a la mar cuando yo tenía once años.

Nunca me preguntó qué quería hacer. Me llevó solo para fastidiar a mi pobre madre.

Ella, que en paz descanse, cayó enferma de gravedad mientras estábamos con la escuadra de Nelson en el Caribe, en la búsqueda inútil de Villeneuve.

El viejo Monarch apenas estaba en condiciones de navegar, así que lo dieron de baja en cuanto Nelson regresó a Inglaterra.

Al final, alcanzó a Villeneuve en Trafalgar.

No volví a ver a mi madre hasta tres años después, aunque mi padre recibió docenas de cartas suyas en las que le suplicaba que me enviara de vuelta.

Ella, que entonces era casi una inválida, murió al dar a luz, hace ocho años.

Se fue convencida de que yo la había abandonado.

—¿Eras infeliz en la marina? —preguntó Lucy.

—Oh, no, no todo el tiempo. No era tan malo cuando me nombraron oficial y me destinaron a un barco que no comandaba mi padre.

Pero él utilizó su influencia y se encargó de que nunca pasara más de unas semanas seguidas en Inglaterra.

Cuando mi madre me necesitaba con urgencia, yo llevaba cuatro años estacionado en las Indias Orientales.

Y eso fue obra de mi padre. Lo detestaba, Lucy.

—Robert exhaló un profundo y furioso suspiro—. Y él siempre me odió.

—¿Por culpa de tu madre, Rob?

—Quizá. Aunque nunca estuve a la altura de sus expectativas.

Pero participé en la batalla naval de Argel, bajo el mando de Lord Exmouth, como quinto oficial del Queen Charlotte, y fui condecorado.

Esa fue la única vez que me elogió, la única vez que hice lo que él esperaba de mí, ¡maldito sea!

Pero luego me envió a la fragata Columbia , al mando de un cerdo llamado Neville, que era uno de sus protegidos.

Neville me odiaba con toda su alma, y… —Robert se interrumpió, con dos manchas de ira en las mejillas.

Lucy le cogió la mano, se la acarició con suavidad y se la llevó a los labios.

—Pobre Rob —dijo con sincera conmiseración. Él se sumió en un silencio taciturno y ella, con la esperanza de distraerlo, le preguntó: —¿Tienes más familia, aparte de…?, ¿cómo se llama tu hermano? ¿Jamie?

—James Saumarez Willoughby —le dijo Robert con desdén—, en honor al almirante Sir James Saumarez.

Por desgracia, a mí me bautizaron como Robert Horatio, en honor al incomparable lord Nelson, bajo cuyo mando sirvió mi padre en el Agamenon, en el noventa y cuatro.

—Volvió a suspirar—. Tengo una hermana llamada Emily.

Es diez años menor que yo y se encarga de la casa de mi padre.

Emily, Emmy, ha criado a nuestras dos hermanas menores, Charlotte y Biddy, de ocho y nueve años.

Es una chica encantadora y muy guapa. Podría haberse casado media docena de veces, pero mi padre se ha asegurado de que no lo haga.

Él está jubilado y es viudo, así que le es indispensable.

Cuando me fui de casa, ella estaba intentando sostener un noviazgo clandestino con un médico local.

No hace falta decir que mi padre le prohibió al tipo entrar en casa, pero creo que se veían en secreto.

Se incorporó sobre un codo y la miró con curiosidad.

—Mi familia es extraña, ¿verdad? Dudo que puedas encontrar otra igual.

Lucy pensó con ironía que sí podía. Su propio padre había estado a punto de arruinarle la vida.

Había perdido en el juego la casa y hasta el último centavo, además de que se había pegado un tiro en el barco que lo llevaba a Sídney.

A Abigail y a ella las había dejado al cuidado del inescrupuloso Caleb Boskenna.

Pero sonrió y negó con la cabeza. Pocas personas en Sídney recordaban su infeliz historia.

Durante años se había instruido a sí misma para no hablar de ello, en tanto que Abigail, serena y feliz en su matrimonio con Timothy Dawson, quizás hacía tiempo que había borrado de su mente el recuerdo de aquellos primeros días.

—Tu hermano, Rick Tempest —comenzó Robert—, ¿no era…

? —Lucy lo hizo callar con un gesto, pues sus agudos oídos acababan de captar el sonido de unos pasos en el rellano.

Eran pasos ligeros y rápidos. Supuso que Claus había entrado desde las dependencias del servicio para realizar sus tareas matutinas.

Recogería los vasos y platos de la noche anterior y los llevaría a la cocina a lavar, una tarea que no le tomaría mucho tiempo.

Pero era hora de que Rob se marchara porque, en breve, toda la casa estaría en pleno ajetreo.

Además, estaba la chica convicta, Alice Fairweather, a la que había que enviar a la Fábrica de Mujeres para que no hablara más de la cuenta.

Los pasos se alejaron y Lucy cogió su bata.

—Rob, querido —le advirtió con pesar—, ha llegado la hora, me temo, pero te esperaré esta noche.

Robert no discutió. Se vistió de inmediato y, siguiendo las instrucciones de Lucy, salió de la casa por una puerta lateral que daba al jardín.

* * *

Saleh, que acechaba por las rendijas de los postigos de la cocina, esperó a que el visitante de su señora se perdiera de vista.

Enseguida abrió los postigos para dejar entrar la pálida luz del sol matutino.

Su rostro oscuro era impenetrable. No dijo nada cuando Alice, cuya habitación estaba en el ático, bajó para el ritual del té.

Entonces, Claus se unió a ellos con la bandeja de tazas y copas usadas.

Desentendido de la advertencia de Saleh, anunció con toda su inocencia que alguien se había dejado un sombrero y una capa en el perchero del vestíbulo.

—Son del caballero que vino anoche a cenar con mevrouw —dijo el chico en holandés, dirigiéndose a Saleh—: mijnheer Willoughby. Se los ha olvidado. —Alice volvió la cabeza hacia él, sorprendida por el nombre, y Claus tradujo sus palabras al inglés—: Lo conociste en el barco.

Robert Willoughby, pensó Alice. Le temblaba un poco la mano mientras el agua caliente de la gran tetera de hierro caía sobre las hojas de té en la delicada tetera de porcelana de la señora Van Buren.

Desde el día en que la asignaron a la casa de los Van Buren, Alice temía que él pudiera ir a reclamarla.

De modo que se había mantenido fuera de su vista, ansiosa por evitarlo, cada vez que él y Henry Daniels iban de visita a la casa.

Sus tareas no incluían servir la mesa, y, anoche, después de ayudar a la señora Van Buren a vestirse para la cena, la ama la había despedido con instrucciones de que se pusiera a coser.

En ese momento, Alice no le dio importancia al asunto, pero…

Contuvo el aliento al comprender lo que estaba pasando.

Robert Willoughby había ido solo; el mayor Van Buren se había marchado antes a Portland Place con Henry Daniels, y se habían llevado a Leah con ellos… Levantó la vista para encontrarse con la mirada oscura y sarcástica de Saleh, olvidada por un momento de su tarea.

—¿Qué…? —comenzó a decir, pero tuvo que reprimir un grito de dolor cuando el agua de la pesada tetera le cayó en la mano.

—Estás muy torpe esta mañana, Alice —la reprendió Saleh, aunque sonreía, con lo que quitaba hierro a sus palabras.

Le arrebató la tetera—. Yo le llevaré el té a mevrouw Van Buren.

Tú te has quemado la mano y Claus irá a buscar el ungüento del cocinero.

—Mientras el niño corría a cumplir sus órdenes, añadió en voz baja—.

Ya no tienes que temer que mijnheer Willoughby te reclame, pequeña.

Ese ha sido tu miedo, ¿verdad?, ¿desde que empezó a venir a menudo a esta casa?

—Sí, ese ha sido mi temor —admitió Alice—, pero no sé cómo lo has adivinado.

—Un buen sirviente —le dijo Saleh con gravedad— lo ve todo y habla poco.

Esa es una lección que debes aprender. Quizá sea más fácil para mí, ya que aquellos a quienes sirvo no saben que hablo tu idioma.

—Su expresión se relajó y bajó la voz—. Acabo de ver a mijnheer Willoughby marcharse por el jardín, por eso se ha dejado el sombrero y la capa.

Si mi señora llegara a preguntarme algo, le diré que no he visto nada, y tú harás lo mismo si eres sensata: no dirás nada sobre mijnheer, sin importar lo que ese hombre haya sido para ti durante el viaje, ¿lo entiendes?

El rubor de la vergüenza inundó las mejillas de Alice.

—Sí —le aseguró con humildad—, lo he entendido, Saleh. Te agradezco el consejo.

Él le puso una mano morena y reconfortante en el brazo.

—Yo también te entiendo, pequeña. Te arrancaron de tu hogar y te subieron a un barco encadenada, ¿verdad?

No es ningún secreto la forma en que tus compatriotas tratan a las mujeres que envían aquí como delincuentes.

Creo que es peor que la forma en que nuestros amos holandeses tratan a mi pueblo…

y a los pobres liplaps que engendran. Son…

—Se interrumpió cuando Claus regresó con el ungüento.

Preparó con destreza la bandeja de té de su señora y añadió un plato lleno de los pasteles azucarados que a ella le gustaban.

Una sonrisa extraña y enigmática se dibujó en sus labios—.

Cuida de tu futura esposa, pequeño liplap —aconsejó al niño en tono burlón—, tiene una quemadura muy fea.

Cuando se quedaron solos, Claus hizo lo que le habían ordenado y aplicó el ungüento con largueza.

—Saleh se burla —se quejó—, pero hablo muy en serio. Si ningún hombre te ha pedido en matrimonio antes de que yo cumpla los dieciséis, me casaré contigo. Mi promesa es solemne, Alice.

La chica bajó la mirada hacia la cabeza inclinada de Claus y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Quedan unos años para que cumplas dieciséis, Claus —le respondió con la seriedad que él esperaba—, pero nunca olvidaré el honor que me has concedido.

Él le devolvió la sonrisa y volvió a cerrar con cuidado el frasco de pomada.

—¿Tu mano se encuentra mejor? ¿Te duele menos?

—Sí —le aseguró ella—, está mucho mejor, gracias. De hecho, ya casi no me duele.