Capítulo 13
Lucy Van Buren yacía en su ornamentada cama con dosel y miraba complacida el rostro dormido de su nuevo amante.
En su pecho, Robert Willoughby tenía apoyada la oscura cabeza, de espeso cabello revuelto, mientras la abrazaba con un musculoso brazo moreno como si temiera que ella pudiera escapar de la cama.
Pero no había nada que temer, pensó Lucy.
Era cierto que las caricias de su amante habían sido todo menos delicadas, pero ella había disfrutado de su apasionado deseo, de la emoción palpitante de la unión y el clímax.
El cuerpo de Robert era delgado y duro, en marcado contraste con la masa abultada y flácida de su marido, y las exigencias de esa noche también habían sido muy diferentes de los torpes intentos de Jos cuando estaba borracho.
Lucy había respondido incluso a los caprichos más escandalosos y se había entregado a Robert con un abandono casi desenfrenado, con la mente y el cuerpo en llamas hasta que, agotados y saciados, ambos se habían quedado quietos y dormidos.
Ella fue la primera en despertar. Su amante yacía tendido a su lado, sumido en un sueño profundo, con los labios entreabiertos y una sonrisa persistente.
Lucy supo que no tendría el valor de despertarlo y echarlo de su cama, aunque la prudencia dictaba que debía marcharse antes de que los sirvientes despertaran y comenzaran con sus tareas.
Saleh siempre era el primero, pero también era un hombre discreto; estaba segura de que un pequeño soborno garantizaría su silencio.
Pero la convicta Alice Fairweather era una incógnita…
Tenía que llevar el té al dormitorio a las ocho en punto.
Al mirar la ventana cerrada, Lucy se dio cuenta de que el sol no había salido aún.
Se relajó. Recordó que a la chica la iban a enviar a la Fábrica de Mujeres.
Robert había advertido a Jos, en términos muy claros, que Alice era perversa y que no se podía confiar en ella.
Qué lástima, porque era una excelente costurera y una chica muy cumplidora en sus tareas.
Además, ya adaptada, se llevaba bien con los sirvientes javaneses.
Saleh no se quejaba de ella. En cuanto a su moral…
Lucy apretó los labios. La moral de Leah era mucho más reprochable y…
Sus ligeros movimientos despertaron a Robert, que se movió somnoliento y abrió los ojos.
—¡Mi amor, estás aquí! Temía despertar y descubrir que esta noche había sido un sueño. Oh, Lucy, eres tan hermosa que no encuentro palabras para expresar lo feliz que me has hecho.
Se dio la vuelta y la atrajo. Mientras tiraba de ella, le acariciaba los pechos con los dedos.
Ella hizo como si fuera a darle un beso suave, en tono burlón, pero, al instante, la boca de Robert se encontró con la suya.
Los brazos fuertes la aprisionaron mientras él trataba de meter la lengua entre sus labios.
Él levantó la cabeza para mirarla.
—Te deseaba, ¿sabes? —susurró—, desde el primer momento en que te vi en la cena de los Dawson. Es un milagro que no me delatara entonces.
—Sí que te delataste —le dijo Lucy riendo—. Querido Rob, lo sabía…, y yo también te deseaba.
La risa gutural de Robert acompañó la de su amante, aunque se desvaneció de golpe.
—¡Pero estás casada con ese holandés abominable! ¿Por qué, en nombre de Dios, te casaste con él, cariño? Es un grosero, un tipo desagradable, indigno de disfrutar de tu belleza. ¿Por qué te ataste a él?
—Es una larga historia, Rob —lo evadió Lucy—, y no siempre ha sido grosero.
—Pero es un viejo —protestó Robert—. Tú, en cambio, eres joven. ¿Fue su dinero lo que te hizo elegirlo?
—No —negó ella—. Yo no tenía amigos y estaba muy sola. Fui la única superviviente de un naufragio. Me llevaron a Kupang, en la isla holandesa de Timor…
Con un sollozo en la voz, le contó la historia del último y desafortunado viaje del Kelso .
Robert la tomó en sus brazos y la volvió a besar con una pasión que no paraba de crecer, mientras sus manos, que seguían acariciándola, pasaban de los pechos a los muslos y provocaban que todo el cuerpo de Lucy palpitara de deseo.
—¿Te gusto? —le preguntó con rudeza—. ¿Te gusto más que ese viejo? ¿A que sí, Lucy?
—¡Dios mío, claro que sí! ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta cuando sabes la respuesta? Tómame, Rob, ¡soy toda tuya!
Ella, incapaz de contener el deseo que despertaba el cuerpo del hombre, se le aferró. Sin embargo, Robert la apartó, puso una mano bajo su barbilla y la miró directo a los ojos.
—¿Cuánto tiempo serás mía? Lucy, mi amor, esto no puede extinguirse después de unas pocas horas robadas —le advirtió con gravedad—. ¡No te devolveré al holandés!
—Ha dejado de tocarme, Rob, te lo juro. Ha pasado mucho tiempo… —Lucy lo miró con ojos llorosos. De repente, le daba miedo perderlo—. Ha pasado mucho tiempo desde que un hombre me tocó por última vez. Te necesito, Rob, Dios mío, ¡te necesito!
Entonces él cedió, incapaz de controlar su propio apetito.
Lucy gritó con una mezcla de dolor y éxtasis, sacudida hasta lo más profundo de su ser por la emoción que le despertaba el apego de Robert.
Ni siquiera en los primeros meses felices de su matrimonio, Jos la había sacudido de esa manera.
Y, en cuanto a Luke Cahill… Lucy se estremeció y escondió el rostro ardiente contra el hombro desnudo de Robert.
Las lágrimas empezaron a brotar y era incapaz de detenerlas.
Robert también estaba conmocionado.
—Me temo… —confesó mientras ella yacía exhausta en sus brazos—. Lucy, mi amor más querido, me temo que nunca podré dejarte marchar. No me importa lo que ocurra si tu marido llega a enterarse; haga lo que haga…
—No se enterará —susurró Lucy. Se secó los ojos llenos de lágrimas—.
Hace mucho tiempo que desea tener tierras y cultivarlas, Rob, y la prohibición del gobernador lo ha vuelto aún más obstinado.
Se lo podría convencer para que se quedara en la concesión del río Macquarie. Tendrás que encargarte de ello.
Robert entrecerró los ojos, se encontró con su mirada y se quedó pensando.
—No es mi intención quedarme allí, Lucy, sobre todo si él sí decide quedarse. Estaré de vuelta en Sídney en cuanto sea posible… ¡En Sídney y contigo, mi amor!
—Ni siquiera entonces será fácil para nosotros —aclaró Lucy, inquieta—. Sídney está llena de lenguas chismosas. Aquí, pocas relaciones permanecen en secreto durante mucho tiempo, lo sabes. Es un auténtico hervidero de rumores.
—Y están tus sirvientes —le recordó Robert—. Y esa chica, la convicta que te recomendé por error.
—Mis sirvientes no hablarán, apenas saben inglés. Y a la chica la enviaré a Parramatta, a la Fábrica de Mujeres —le aseguró Lucy.
—Pronto —insistió él—. ¡Maldita sea, Lucy, se enterará de que he pasado la noche contigo, aquí! Y no se puede confiar en ella.
Esa urgencia la desconcertó un poco, pero inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
—Tan pronto como sea posible, querido Rob.
—Lucy volvió a mirar por la ventana; el tiempo pasaba demasiado rápido, pero no se oía ningún ruido abajo y los rayos de sol aún no penetraban entre las rendijas de los postigos.
Tenían un poco más de tiempo… Se recostó contra su amante, le acercó los labios y él la besó con una ternura inesperada.
—Me he enamorado de ti —dijo Robert en voz baja—. ¡Daría mi alma por casarme contigo, si tan solo fueras libre! Eres la única mujer en el mundo con la que he querido casarme, Lucy. Es verdad, te doy mi palabra.
Ella sonrió.
—Háblame de ti, Rob —lo invitó. De repente, sentía curiosidad—. Sé muy poco de ti, salvo que serviste en la Marina Real y que tu padre es almirante.
Robert se encogió de hombros.
—No hay mucho que contarte, cariño. Mi padre es el almirante sir Francis Willoughby, que fue honrado con el título de baronet cuando se retiró.
—¿Un título de baronet que tú heredarás?
—Con el tiempo, sí. Soy el hijo mayor.
Lucy se interesó.
—¿Tu padre sirvió bajo el mando del almirante Nelson? El mío estuvo con él en Copenhague y resultó herido de gravedad en la batalla. La lesión fue tan grave que quedó inválido y… murió en el viaje hacia aquí.
Robert apretó los labios.
—Papá se fue a las Indias Occidentales con Hood y se quedó allí, amasando una gran fortuna con el botín.
Estuve con él más de tres años como voluntario, cuando comandaba el viejo Monarch en el Mediterráneo.
Yo tenía la designación oficial de asistente del capitán, y eso era cierto al pie de la letra.
¡Mi parte del botín de la escuadra ascendió a seis guineas, ni más ni menos!
—Pero tú eres el hijo mayor, ¿no? Eres su heredero. ¿No te corresponderá todo a ti?
—Bueno… —La vacilación de Robert fue larga y un poco desconcertante.
Lucy estaba a punto de repetir la pregunta cuando él respondió con una voz llena de amargura—.
Sí, soy el mayor y el heredero de su título, pero caí de su gracia, pues él no quería que dejara el servicio.
Me desheredó con una mísera suma y nombró heredero a mi hermano menor.
Jamie sigue en la marina. Cuando me fui de Inglaterra, él era cadete en la Escuela Naval.
Supongo que ahora estará en el mar como guardiamarina.
Es un chico bastante agradable, pero… —Maldijo entre dientes y enseguida se disculpó—.
Esa fue la razón por la que he venido aquí, Lucy.
Yo… maldita sea, no podía quedarme en Inglaterra en esas circunstancias, ¿verdad?
—No, supongo que no.
Lucy intuía que esa no era toda la historia. Estaba a punto de rogarle que le contara más, pero él volvió a adelantarse a su pregunta.