Capítulo 12 #3
Su propio ardor lo sorprendió un poco, pero tenía que reconocer que no había dicho más que la verdad.
Mientras caminaban juntos a paso ligero por la calle Bridge, sintió que se le aceleraba el pulso ante la perspectiva de volver a ver Lucy Van Buren y hablar con ella.
Incluso con su arrogante y torpe marido presente, la perspectiva seguía emocionándolo, sin importar los riesgos que eso pudiera entrañar.
Había conocido a muchas mujeres en su vida, reflexionó Robert, pero casi todas eran del mismo tipo.
Desde sus primeros días en la marina, había estado con prostitutas de puerto, mujeres que subían a bordo mientras los barcos de guerra eran reabastecidos o reacondicionados, pues las tripulaciones rara vez tenían permiso para bajar a tierra en esos períodos.
Las breves estancias en puerto solo le habían permitido breves interludios con mujeres cuyos nombres ni siquiera se molestaba en preguntar y cuyos rostros olvidaba de inmediato.
Las cosas en tierra eran más o menos iguales: las únicas mujeres de su clase que había podido conocer eran las esposas o hijas de oficiales compañeros, y, como tales, le estaban prohibidas, con muy pocas excepciones.
Una de esas excepciones había sido la hermosa y promiscua esposa de Leonard Neville…
Robert aún sentía cómo la ira le invadía el cuerpo al recordar las desastrosas consecuencias de aquella infeliz aventura.
Leonard Neville era su capitán, un hombre de mediana edad y poco talento, aburrido y sin sentido del humor, que debía el rango a su tío, un miembro de la Junta del Almirantazgo.
Cuando se enteró de la infidelidad de su esposa, estuvo dispuesto a cometer perjurio con tal de vengarse.
Y lo hizo… Robert se sonrojó al recordarlo.
Neville lo llevó ante un consejo de guerra por lo que, según Robert le había dicho a su padre, eran acusaciones falsas.
Sin embargo, el tribunal les dio crédito y lo condenó a ser expulsado del servicio.
Dora Neville volvió con su marido sin decir una sola palabra de conmiseración ni disculpa al amante cuya carrera —no, maldita sea, cuya vida— había arruinado.
Y luego estaba Becky. Becky y su infernal padre.
Entre los dos habían completado su ruina.
De ser prudente, consideraría esas dos desafortunadas relaciones como una advertencia y se mantendría alejado de Lucy Van Buren, tal como lo aconsejaba Henry Daniels, pero…
, ¡demonios!, nunca había sido un hombre prudente.
Y aquel era un país nuevo, una vida nueva; tal vez, incluso una prueba de su hombría.
Se volvió para lanzar una sonrisa desafiante a su compañero y se burló de su cautela.
El único delito del pobre Henry era haberse visto obligado a huir de sus acreedores, pero allí estaría bastante bien, ya que su padre le había prometido una generosa remesa periódica mientras permaneciera en la colonia.
Qué diferencia con respecto a su propio padre, el maldito lord Almirante, pensó Robert con resentimiento.
El hombre lo había desheredado y le había dado apenas dos mil miserables libras, pues tenía la intención de dejar su considerable fortuna al pequeño Jamie, un cobarde que no tenía agallas ni para decirle «bu» a un ganso.
Maldita sea, el chico no sabría cómo sacar provecho de su herencia.
Su hermana Emily, a pesar de ser mujer, le daría un mejor uso que Jamie. De hecho, ella…
Llegaron a la entrada de la imponente residencia de los Van Buren y Daniels se adelantó para golpear, vacilante, el picaporte de latón pulido.
Les abrió de inmediato el criado javanés de piel oscura, Saleh, y los condujo al salón. Allí, Van Buren, con un vaso medio vacío en la mano, se levantó con dificultad para saludarlos. Hizo un gesto a Saleh para que les ofreciera algo de beber.
—Bueno —preguntó—, ¿han logrado que Oxley se decidiera?
—Sí —afirmó Robert—, hemos conseguido la concesión de los terrenos que a usted le interesaban, los del río Macquarie, pero…
—Los que el gobernador se negó a permitirme comprar —interrumpió el holandés con aspereza.
Extendió sus manos regordetas y pecosas—.
Sin embargo, como sin duda habrá oído, este gobernador, el todopoderoso sir Thomas Brisbane, va a ser destituido.
Quizá su sucesor tenga menos prejuicios contra la gente de mi nacionalidad.
Robert se encogió de hombros con indiferencia.
Aún no había conocido en persona a sir Thomas Brisbane, aunque tanto él como Henry Daniels habían firmado el libro de visitas de la Casa de Gobierno y habían cumplido el deber de dejar sus tarjetas de presentación.
Al parecer, los Brisbane pasaban más tiempo en Parramatta que en Sídney y no eran famosos por su hospitalidad.
—El futuro gobernador también es general de división, señor —añadió Daniels—. Sirvió bajo las órdenes de sir John Moore en la retirada de A Coruña y dicen que es un poco dictatorial. Me permito dudar que lo encuentre más…, eh…, más accesible que al actual gobernador.
Josef Van Buren miró el licor de su copa con aire sombrío.
—De modo que, al parecer, mi mejor opción es asociarme con ustedes, si es que están dispuestos. —Levantó la vista para encontrar la mirada de Robert y, una vez más, sus ojos oscuros y entrecerrados brillaron con una extraña malicia—. ¿Lo están?
—Sí —asintió Robert—, siempre que las condiciones sean aceptables, señor.
—Acordaremos unas condiciones adecuadas después del almuerzo —prometió el holandés—. Mientras tanto, jóvenes amigos, llenen sus copas, que brindaremos por nuestra futura asociación. Y pueden contarme con todo detalle qué condiciones han negociado con el señor Oxley.
Durante la siguiente hora, para disimulado disgusto de Robert, los mantuvo hablando.
Van Buren quería conocer hasta el más mínimo detalle de la entrevista con el agrimensor general.
Estuvo bebiendo sin parar y sus preguntas se volvieron cada vez más incisivas.
No hizo mención alguna de su esposa, pero Henry Daniels, al menos, consiguió sacarle la promesa de que al día siguiente irían a Portland Place para organizar el transporte y el traslado del ganado.
—Iremos a Bathurst con media docena de los convictos que se les han asignado —les dijo Van Buren con decisión—, tan pronto como se hayan firmado y sellado los documentos necesarios.
Por supuesto, añadiré más ganado. Tengo un hombre de confianza en Portland Place que puede actuar como supervisor y hacerse cargo de los vaqueros.
Los alrededores del vado Emu siguen devastados tras los recientes incendios.
Además, el camino que atraviesa las montañas es difícil y está plagado de esos bandidos infernales a los que llaman bushrangers.
Iremos armados, por supuesto, y a caballo, pero nos llevará tres o cuatro semanas conducir las ovejas hasta Bathurst, si queremos que lleguen en buenas condiciones… Y necesitaremos una escolta armada.
Una vez más, entró en detalles meticulosos y la impaciencia de Robert volvió a crecer.
Era evidente que Van Buren pretendía convertirse en el socio principal de la empresa conjunta.
Robert reprimió el impulso de plantear objeciones, animado por la idea de que, al día siguiente, el holandés estaría a quince millas de ahí, en la granja de Portland Place.
Y ¡ay de Henry Daniels si no conseguía mantener al tipo en ese lugar hasta que llegara el momento de partir hacia Bathurst y el río Macquarie!