Capítulo 12 #2
—Si su intención es cultivar trigo, las tierras de los alrededores del valle de Frederick son fértiles y están bien regadas.
El señor William Wentworth posee una gran propiedad en esa localidad y en el arroyo Summerhill, gran parte de la cual está arrendada a pequeños propietarios.
Pero si, como supongo, su objetivo es dedicarse a la ganadería, ya que ha traído ovejas y vacas, entonces…
—el delgado dedo índice del agrimensor señaló el mapa que tenía delante—, las llanuras de Bathurst y O’Connell ya están bastante pobladas, sobre todo por granjeros emancipados a los que el exgobernador estableció allí en pequeñas concesiones de cincuenta acres.
El señor Tempest cultiva dos mil acres en el río Macquarie, en sociedad con el señor Justin Broome.
Su granja se llama Pengallon y es, en su mayor parte, tierra de pastoreo.
Y la propiedad original del capitán Cox era…
Con la paciencia ya perdida, Daniels lo interrumpió.
—Señor Oxley, ¿hay tierras disponibles en las cercanías de las del señor Tempest?
—Sí —admitió el agrimensor general—. No en las inmediaciones, pero… —Consultó su mapa e hizo un rápido cálculo—. Doce millas al norte de su lindero.
—¿En el río Macquarie? —preguntó Robert.
—Sí, así es. Los terrenos allí están valorados en cinco chelines el acre. Es tierra virgen, sin despejar, pero ofrece buenos pastos. Se ha puesto a la venta, según las últimas instrucciones de la Oficina Colonial, con un tributo del uno coma cinco por ciento, pero…
—Pero ¿no ha habido interesados? —sugirió Robert con astucia.
—Un caballero llamado Van Buren mostró cierto interés —respondió Oxley—.
Sin embargo, Su Excelencia no quiso autorizar la compra.
—Se encogió de hombros—. He tenido mis problemas con Van Buren.
Pero, si ustedes dos están pensando en comprar tierras en la zona del río Macquarie, creo que se podría arreglar para que reclamaran sus concesiones allí tan pronto como se complete el papeleo necesario.
Supongo que conocen al señor Tempest. ¿Es su amigo?
Al igual que usted y yo, sirvió en la Marina Real antes de establecerse aquí.
Robert se tensó. En sus averiguaciones, supo que Oxley se había retirado de la Marina Real en 1809.
Por lo tanto, no podía saber nada de su consejo de guerra ni de su expulsión del servicio, pero Tempest era mucho más joven y bien podía estar al tanto del ignominioso final de su carrera en la marina…
Maldito Henry Daniels por haber insistido en que compraran tierras cerca de…
, ¿cómo había llamado Tempest a su propiedad?
, ¿Pengallon? Miró a su amigo con aire amenazador, en una callada advertencia de que guardara silencio, y dijo con fingida indiferencia:
—No conozco a Tempest. No participó en la batalla naval frente a Argel bajo el mando de Lord Exmouth, ¿verdad? Esa fue mi última experiencia en el servicio activo. Yo era teniente supernumerario en el Queen Charlotte, barco que enarbolaba la bandera de Su Señoría.
Su hábil cambio de tema surtió efecto. Un destello iluminó los oscuros ojos de Oxley.
—Y yo estuve bajo el mando del valiente Duncan en Camperdown.
Recuerdo muy bien el discurso que nos dirigió el almirante antes de la batalla: «El deber que se me ha encomendado es mantener cerrado el Texel —nos dijo—, y eso es lo que pienso hacer, con barcos o sin ellos».
Fue justo después del motín de Nore, como recordará, y no tenía más barcos que el Venerable y la fragata Adamant.
«Este barco luchará hasta que nos hundan», nos dijo a bordo del Venerable, ¡y lo decía en serio!
Yo era guardiamarina en aquella época y acababa de incorporarme a la tripulación…
Se lanzó a una vívida descripción de la batalla. Robert la escuchó con la paciencia a punto de agotarse. Cuando Oxley llegó al final de su relato, un irritado Henry Daniels dijo:
—En cuanto a nuestras concesiones de tierras, señor Oxley, supongo que somos libres de inspeccionar la zona antes de comprometernos.
—Por supuesto, si lo desean. —Oxley lo miró con desaprobación—.
Pero, mientras ustedes se deciden, podría aparecer un comprador para esta concesión en particular.
Teniendo en cuenta el interés del mayor Van Buren, imagino que la tierra es buena, quizá incluso esté infravalorada.
Además, está la cuestión del ganado que ustedes han traído y, por supuesto, de los convictos que se les asignarán.
Querrán trasladar su ganado lo antes posible, ¿no?
Robert hizo una enfática señal de asentimiento.
—Sí, así es, señor. Aceptamos esta concesión. ¿Sería tan amable de encargarse de… eh… de tramitar enseguida los documentos necesarios? Ya nos han hecho esperar bastante.
—Las escrituras estarán listas para su firma en… —Oxley frunció el ceño—. Maldita sea, ando escaso de personal, ya lo sabe. Pero digamos que en una semana. ¿Les parece bien, caballeros?
Robert pensó que se necesitaría más de una semana para organizar el traslado del ganado y, al menos, otro tanto para conseguir caballos y una carreta tirada por bueyes para el viaje a Bathurst. Además, había que tener en cuenta a Lucy Van Buren.
Henry Daniels podía ir a Portland Place con algunos de los convictos.
Ahora tenía una excusa válida para hacerlo, y, además, una buena razón para hacerse acompañar por Van Buren.
Se levantó y le dedicó al agrimensor general su sonrisa más encantadora.
—Por supuesto, señor Oxley, se lo agradezco.
Pero no obligue a sus empleados a trabajar de más.
En dos o tres semanas nos vendrá de maravilla.
Antes, cuando he dicho «enseguida», no he tenido en cuenta el tiempo que nos llevaría organizarlo todo, por supuesto.
Y yo… —Interceptó una mirada alarmada de Daniels y, con un gesto de precaución y sin dejar de sonreír, puso una mano en el brazo de su amigo—.
Una vez más, señor, le agradezco su cooperación, que es muy apreciada.
Hemos decidido aceptar nuestras concesiones en la zona del río Macquarie por consejo del señor John Macarthur, y estoy seguro de que ha sido un consejo muy acertado.
—No lo dudo, señor Willoughby —respondió Oxley con una acidez inesperada—.
El señor Macarthur y su familia poseen ahora más de veinte mil acres de primera calidad en esta colonia.
Lord Bathurst acaba de autorizarle una concesión adicional de diez mil setecientos acres en Cawdor, con un alquiler anual de solo ciento cuarenta y dos libras.
—Gruñó con disgusto—. Por mi parte, señor Willoughby, he juzgado como una necesidad romper mis relaciones con ese caballero, pero usted, por supuesto, es libre de buscar consejo y amistad donde le parezca más conveniente. Que tengan un buen día, caballeros.
Fuera de la oficina de catastro, Henry Daniels se rio con más que un toque de malicia.
—Por una vez, Rob, has alardeado de más. ¿No sabías que Oxley estaba peleado con John Macarthur y que se odian a muerte?
—No —admitió Robert con aire hosco—, no lo sabía, ¡que se vayan al infierno! ¿Por qué se enemistaron?
—Creo que por unas ovejas merinas. Oxley vendió mestizas como merinas puras a un nuevo colono y Macarthur le llamó la atención.
Según me han dicho, no se han vuelto a hablar desde entonces.
Aparte de eso —Daniels se encogió de hombros—, Oxley y sus ayudantes de la oficina de topografía han descubierto y explorado la mayor parte de las nuevas tierras más allá de Bathurst, así abrirlas a nuevos asentamientos.
Su salario es de quince chelines al día, no acepta sobornos y posee menos de una décima parte de la superficie concedida a Macarthur.
Puedes imaginar cómo lo irrita que Macarthur invoque sus influencias en las altas esferas y que, sin mover un solo dedo, logre convencer a lord Bathurst para que pase por encima del gobernador y los topógrafos y le conceda otros diez mil acres de las mejores tierras de pastoreo de toda la colonia.
Robert podía imaginar la ira de Oxley y su amarga sensación de injusticia.
—Estás bien informado, Henry —admitió con menos rencor—. No sabía nada de eso.
—Estoy al tanto de todo, Rob —dijo Daniels—. En este lugar donde todo el mundo parece estar enemistado con todo el mundo, eso tiene sus ventajas. Confieso que será un cambio agradable vivir aislado junto al río Macquarie, ¡incluso lo estoy deseando!
—Entonces, pongámonos en marcha —sugirió Robert, y aceleró el paso—. Debemos informar al mayor Van Buren del éxito de nuestras negociaciones.
Henry Daniels se apresuró para ponerse a la par.
—Ya no esperas que vaya a Parramatta con él, ¿verdad? —preguntó con aprensión—. Por el amor de Dios, Rob, ¡no hay tiempo! Y, si vamos a asociarnos con el holandés, sería una locura involucrarte con su esposa. Ya te lo he dicho: Van Buren es un tipo peligroso y…
Robert, irritado, se volvió hacia su amigo.
—Por supuesto que espero que vayas con él a Parramatta y lo mantengas allí hasta que estemos listos para partir hacia Bathurst, dentro de unas tres semanas.
Habrá mucho que hacer para vosotros dos.
Deja que Van Buren se encargue de los caballos, las provisiones y la carreta; eso lo mantendrá ocupado.
Yo me encargaré del papeleo aquí y seleccionaré a los convictos que llevaremos con nosotros.
También necesitaremos un buen capataz, pero eso déjalo en mis manos.
—Bueno, ya que insistes… —dijo Daniels con voz débil—. Pero te ruego que dejes en paz a la esposa de Van Buren. Por el amor de Dios, Rob, ¡aquí hay muchas mujeres con las que podrías divertirte! Puede que en la ciudad de Sídney haya muchas carencias, pero no faltan mujeres.
—No busco solo diversión —le aseguró Robert con altivez—. Te juro, Henry, que en esta ciudad…, que en toda esta colonia hay una sola mujer que me atrae, maldita sea. Y me atrae de forma irresistible.