Capítulo 12
John Oxley, el topógrafo del gobierno, regresó de la bahía Moreton diez días después de aquella cena de los Dawson.
Por sugerencia del mayor Van Buren, Robert Willoughby accedió a ir juntos a esperarlo, con la esperanza de acelerar los trámites relacionados con su propia concesión de tierras, así como la de su amigo Daniels.
—Para serte sincero, creo que la bella señora Van Buren tenía razón —dijo Robert pensativo mientras él y Daniels se dirigían a pie a la oficina de topografía—.
Te confieso que no me cae bien el mayor, pero…
estoy seguro de que podremos obtener beneficios mutuos en nuestra relación con él.
Tiene dinero e intereses comerciales; lo único que le falta es tierra.
Henry Daniels se rio con desdén.
—¡Vamos, Rob! —exclamó—. ¿Crees que estoy ciego, por el amor de Dios? Te gusta la esposa del mayor, y no hace falta que te molestes en negarlo.
—Entonces no lo negaré —replicó Robert sin inmutarse—.
La admiro, y te lo digo con toda sinceridad.
No solo es hermosa, sino que también es muy astuta.
Conoce bien la situación de este lugar y tiene el ingenio y la sabiduría necesarios para sacar partido de sus conocimientos.
Van Buren es un borracho y un maleducado que no se merece semejante joya como esposa.
—Sería peligroso que despertaras sus celos, Rob —le advirtió Daniels—. Yo lo pensaría dos veces antes de cruzarme en su camino.
—No tengo intención de hacerlo —le aseguró Robert—. Dame algo de crédito por mis sutilezas, viejo. Deduzco que la dama es fruta madura, lista para ser recogida, pero esperaré el momento oportuno. Ahora bien, podrías ayudarme en mi empresa si te apetece.
—No tengo nada más que hacer. La dama que me gusta parece estar muy dedicada a su marido, y, según tengo entendido, partirá a reunirse con él en un día o dos.
—Daniels parecía desconsolado—. Me han dicho que viajará escoltada por el ejército.
El subalterno al mando en Bathurst va a ser relevado.
La señora Tempest viajará con el grupo de relevo.
—No tardaremos mucho en seguir sus huellas, Henry —señaló Robert—. Ahora que ese escurridizo Oxley ha regresado de la bahía Moreton, deberíamos ser capaces de obtener sin más demora la autorización necesaria para nuestras concesiones de tierras.
—Me temo que eres demasiado optimista —replicó Daniels con aire sombrío—. En este lugar atrasado nada se hace sin demora. Pero —miró a su compañero con cierta cautela—, acabas de pedirme ayuda, ¿no? ¿Qué puedo hacer por ti?
Robert le sonrió. Se dijo a sí mismo que Daniels no estaba dotado de una gran inteligencia, pero demostraba ser un amigo leal y útil.
—Es muy sencillo, Henry, querido amigo. Como ya sabes, Van Buren ha accedido a alojar nuestro ganado en sus terrenos de Parramatta hasta que podamos trasladarnos a Bathurst. Cuando volvamos a reunirnos con él, sugiérele ir juntos a trasladar el ganado.
Inventa cualquier excusa que se te ocurra.
Dile que te interesa el viñedo de Portland Place y la elaboración de vino.
O dile que quieres comprarle un caballo, lo que se te ocurra.
—No me parece una tarea difícil, desde luego —admitió Daniels—. Entiendo que lo que quieres es que mantenga al tipo en Parramatta todo el tiempo posible y dejarte el campo libre para ganarte los favores de su esposa, ¿no?
La sonrisa de Robert se amplió.
—Lo has resumido muy bien, Henry. Lo que quiero es tiempo, el suficiente para sitiarla… Aunque, como te he dicho, no espero mucha resistencia.
—Supongamos que el holandés se pusiera difícil y no quisiera marcharse de Sídney —dijo Daniels con dudas—. Si yo tuviera una esposa como Lucy Van Buren, no la dejaría desprotegida, y mucho menos con un sinvergüenza de tu calibre al acecho.
Robert suspiró y le explicó con paciencia:
—Henry, no tendrás ningún problema con Van Buren, te lo prometo.
Nos necesita, y a mí en particular. Está buscando la promesa de una sociedad en mi concesión del río Macquarie y le he insinuado que estoy dispuesto a considerar la posibilidad de concedérsela.
También quiere aprovechar la oportunidad de ponerme al mando de uno de sus barcos mercantes, porque, como me ha dicho en numerosas ocasiones, los capitanes que tiene son incompetentes y poco íntegros.
Ya te he dicho que tenemos intereses en común, pero no pienso dejar que sospeche que uno de ellos es su esposa.
—Mientras no permitas que se entere, Rob…
—Quédate tranquilo, querido Henry. Tendré mucho cuidado.
Y sí que lo tendría, pensó Robert, aunque la empresa le resultaba cada vez más difícil.
Lucy Van Buren había hecho bullir su sangre como pocas mujeres en su pasado.
La respuesta de la dama a sus tímidas insinuaciones, moderadas por necesidad debido a la presencia del marido, ya lo habían tentado a tirar la prudencia por la borda.
Desde su primer encuentro con los Dawson, él y Henry habían visitado con frecuencia la casa de los Van Buren en la calle Bridge, donde eran invitados a almorzar y a cenar, y eran agasajados con esplendidez; a veces a solas, a veces con otros invitados cuya amistad, según insistía una encantadora Lucy Van Buren, les sería útil en el futuro.
La única mosca en la sopa era Alice Fairweather.
Nervioso, Robert apretó los puños y los aflojó.
La había recomendado a Van Buren para que fuera doncella de su esposa por puro impulso, para no tener que cumplir la promesa que le había hecho en un momento de debilidad, antes de que el Mary Anne llegara al puerto Jackson.
Ahora lamentaba hasta lo más hondo aquel impulso.
Si esa pobre chica hablara, podría causar un daño irreparable al cortejo a su señora, y él no tenía forma de saber si hablaría o no.
Era evidente, a juzgar por la actitud de Lucy, que aún no había hablado, pero sería prudente asegurarse de que guardara silencio.
Podría acusarla de deshonestidad, pues, al fin y al cabo, había sido condenada por robo.
De ese modo persuadiría a Lucy para que la echara de su casa, y…
¡Sí, claro! Había una fábrica de mujeres en Parramatta o cerca, un lugar a donde enviaban a las convictas recalcitrantes.
Si Lucy consiguiera que la enviaran allí, no importaría que hablara hasta quedarse ronca, dado que nadie le prestaría atención.
Robert se animó y oyó a Henry Daniels decir:
—Mira, ahí está el mayor Van Buren, muy puntual.
Haré todo lo posible por convencerlo de que me lleve con él a Portland Place, Rob, pero no puedo garantizar cuánto tiempo seré capaz de retenerlo allí.
—Y añadió con sentimiento—: Habría sido más prudente que te quedaras con esa pequeña convicta del Mary Anne, de verdad.
Maldita sea, te estás buscando problemas, Rob, y Van Buren es de los que te los dan, ¡no vayas a meter la pata!
—No lo haré —afirmó Robert con aire desafiante.
A pesar de todo, sintió cierto recelo al observar al hombre que se acercaba sonriente a saludarlos.
Josef Van Buren tenía un aspecto repugnante, a pesar de su altura.
Su rostro era rojo y carnoso y sus ojos oscuros tenían un brillo de extraña perversidad que la sonrisa no disipaba.
Se movía con pesadez, pero era tan fuerte como un buey.
Sería, como había dicho Henry, un enemigo peligroso…
Robert se armó de valor y se acercó a él con la mano extendida.
—Buenos días, señor. Espero que…
Van Buren rechazó el saludo y dijo con enjundia:
—He exigido ver los mapas topográficos de la zona del río Macquarie, Willoughby.
Meehn me los mostró antes de que llegara su superior.
Toda la zona ha sido medida y las concesiones ya se han anotado y numerado.
Las del señor Wentworth, el capitán Cox, el señor Broome y el señor Tempest son las más grandes, pero incluso las de cincuenta acres concedidas a los emancipados aparecen en los mapas.
Willoughby, tendrá que presentar su queja al topógrafo Oxley: ¡está siendo dilatorio, incluso obstruccionista con toda intención! No hay manera de explicar este retraso.
Robert ocultó su sorpresa.
—De acuerdo —dijo—. Se lo diré. ¿Vendrá con nosotros?
Van Buren dudó y luego negó con la cabeza.
—No, será mejor que se enfrente a él usted solo. Me temo que yo podría perder los estribos. Venga a mi casa cuando haya terminado y cuénteme lo que haya ocurrido.
Van Buren se alejó con los hombros encogidos, y Robert, antes de entrar en la oficina del agrimensor general, intercambió una mirada de extrañeza con Daniels.
Para su sorpresa, John Oxley se mostró amable y muy cooperativo. Aunque parecía pálido y enfermo, sus padecimientos no le impedían trabajar con eficiencia. Pudo responder con rapidez a las preguntas y peticiones de Robert.
Había concesiones disponibles de hasta dos mil quinientos acres, explicó.
Le mostró en el mapa la amplia distribución de esos terrenos.
A los nuevos colonos se les exigía presentar pruebas del capital que cada uno debía invertir, un manifiesto de carga en el que se detallara el ganado adquirido durante el viaje y una autorización de la Oficina Colonial.
—Usted y el señor Daniels ya han presentado los documentos necesarios a mi adjunto, por lo que solo le queda seleccionar las tierras que desean ocupar entre los campos baldíos disponibles.
Según las nuevas normas del secretario colonial, lord Bathurst, deberá mantener a un trabajador convicto por cada cien acres y comprometerse a invertir en el desarrollo de la tierra una cuarta parte de su valor.
Al cabo de siete años, deberá pagar un canon anual del cinco por ciento.
La concesión podrá ser cancelada si, transcurrido ese plazo, usted no ha logrado que la tierra produzca de forma satisfactoria…
Siguió hablando. Entraba en detalles minuciosos y ofrecía mapas para su examen, ilustrados con sus propias descripciones del tipo de terreno y las posibilidades de desarrollo de cada zona.