Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Pero hubo dos voces discrepantes: Dorothea, como era de esperar, expuso que, a su parecer, los modales del señor Willoughby dejaban mucho que desear, en tanto que Katie, con una vehemencia inusual en ella, dijo que ninguno de los dos le había caído bien.

—Ese señor Daniels es un fanfarrón, y el señor Willoughby, estoy segura, oculta algo.

No confiaría en ninguno de los dos, porque creo que son aventureros que han venido aquí con la única esperanza de enriquecerse.

—Dejó la taza de café sin probar y, antes de que Lucy pudiera reprenderla por haber condenado a los visitantes, alegó que le dolía la cabeza y pidió a Abigail que la disculpara.

Dorothea dio a su madrastra un rápido beso en la mejilla y siguió a Katie fuera de la habitación.

—Dodie se está volviendo muy aburrida —dijo Julia en voz alta, antes incluso de que su hermana cerrara la puerta—.

Ella y Katie apenas han abierto la boca durante la cena.

No han hecho ningún esfuerzo por participar en la conversación, ¿qué podían esperar?

Creo que deberías hablar con Dodie, Abigail, e intentar que sea más consciente de sus obligaciones sociales.

—Tú, al menos, pareces muy consciente de las tuyas —respondió Abigail, y miró a la chica con lástima—. Si fueras menos liberal en tus opiniones, causarías mejor impresión, Julia, créeme.

Julia se sintió ofendida al instante.

—Siempre te pones de su parte —la acusó.

—Solo cuando creo que tiene razón —replicó Abigail.

—¿Y crees que tiene razón al dejar que la corteje William Broome? ¡Porque eso es lo que está haciendo, Abigail! Y si se fuga con él, no digas que no te lo advertí.

Abigail se sintió sorprendida. Y Lucy estaba a punto de intervenir cuando se abrió la puerta del comedor.

Timothy hizo pasar a sus invitados con un extraño y tenso gesto en el rostro.

Sin embargo, no dio ninguna explicación, solo intercambió una mirada silenciosa con su esposa.

Y fue evidente que Abigail lo comprendió, pues habló en un tono frío cuando invitó a los jóvenes a sentarse.

Los dos miraron alrededor de la sala. Henry Daniels se desanimó al darse cuenta de que Katie ya no estaba allí, pero Robert Willoughby se acercó con lentitud a Lucy y, de manera muy cortés, le pidió permiso para sentarse a su lado en el sofá.

Julia, a petición de Abigail, fue al piano con aire hosco, pero su ánimo se avivó al notar que Henry Daniels la seguía y se ofrecía a pasar las páginas de la partitura.

Pronto estaban cantando en dueto: La agradable voz de barítono de Daniels armonizaba con la pequeña pero bien entrenada voz de Julia.

—Henry canta bastante bien, señora Van Buren —comentó Robert Willoughby—.

Fueron muchas las tardes en que nos entretuvo durante el viaje.

Él y un joven granuja de gran talento llamado Turner, que zarpó de Plymouth con nosotros en el Mary Anne , pero que, por desgracia, se vio obligado a abandonarnos en Cabo.

—¿Por qué motivo, señor Willoughby? —preguntó Lucy con curiosidad.

Él se encogió de hombros.

—Se vio envuelto en un duelo, pobre Tony, y las autoridades de Cabo lo arrestaron.

Si no hubiera sido por eso, aquí seríamos tres socios, en lugar de solo Henry y yo.

—Se volvió hacia ella pensativo—. No sé qué opinión tendrá usted, señora, puesto que lleva aquí mucho más tiempo que yo, pero me imagino que dos o tres hombres en igualdad de condiciones, cada uno aportando mil acres y ganado, tendrían más posibilidades de éxito comercial que uno solo por su propia cuenta.

Se pondrían en común los recursos. La labor a la que tendría derecho cada socio sería para todos, y entonces se podría poner al frente de la empresa conjunta a un administrador con experiencia.

—Es una idea ingeniosa —asintió Lucy. Robert Willoughby estaba jugando su propio juego, pensó, y le sonrió con calidez.

Él le devolvió la sonrisa.

—Solo puedo atribuirme parte del mérito —admitió—.

Se me ocurrió cuando visité la finca del señor Macarthur en Camden.

Ahora posee diez mil acres de pastos en lo que creo que se llama Cowpastures.

Junto a su concesión se encuentran las tierras de su amigo y socio desde hace mucho tiempo, el señor Davidson, y las de su sobrino, Hannibal Macarthur.

Entre todos emplean a más trabajadores que nadie en la colonia.

Gracias a su asociación, son, con diferencia, los colonos más ricos del país.

Y tengo entendido que el señor John Macarthur tiene intereses en varios buques mercantes que navegan desde aquí hasta las islas del Pacífico, así como a Inglaterra y Cabo.

—El señor Macarthur es un hombre de negocios muy astuto —le aseguró Lucy—, pero la base de su prosperidad es la política de cría de ovejas que adoptó nada más llegar aquí.

—Amplió la información, consciente de que Tim la miraba con fijeza, como si quisiera transmitirle una advertencia, pero ella ignoró la mirada ceñuda y se concentró en el hombre que tenía a su lado.

Se sentía estimulada por el interés manifiesto del joven, que, según se hizo evidente, era más por ella que por el tema de conversación.

—Está usted muy bien informada, señora Van Buren —dijo él con halagadora humildad—. Dígame… —se inclinó hacia ella—, su apellido es holandés, ¿verdad? ¿Puedo atreverme a preguntarle si su marido es holandés?

Lucy inclinó la cabeza.

—Debería conocerlo, señor Willoughby.

—En realidad, ya nos conocemos de manera informal, pero le agradecería que me lo presentara como es debido —respondió Robert Willoughby—. Siempre y cuando… —Bajó la voz hasta apenas susurrar—. Siempre y cuando el conocerlo me brinde la oportunidad de renovar mi amistad con usted.

—Podría cenar con nosotros; o almorzar, si lo prefiere.

—Me encantaría cualquiera de las dos cosas.

Ahora mismo no tengo nada que hacer. Ni Henry ni yo podremos hacer nada hasta que el inspector del gobierno regrese de la bahía Moreton.

Según tengo entendido, está ayudando a construir una nueva prisión allí.

¡Ese maldito! Debería estar cumpliendo con sus obligaciones aquí, en lugar de ir por ahí construyendo empalizadas para…

, ¿cómo se llaman?, ¿bandoleros y condenados a muerte?

En mi opinión, deberían colgarlos y acabar con todos.

Abigail se había acercado al piano para unirse en una de sus canciones favoritas y, para alivio de Lucy, Timothy la seguía con la mirada. Liberada del doble escrutinio, posó una mano delgada y blanca sobre la de Robert Willoughby y le dedicó una sonrisa llena de calidez.

—Entonces, mañana almorzaremos juntos. No tendrá dificultades en averiguar cómo llegar a nuestra residencia —le dijo—. Ha mencionado el ganado que trae consigo, ¿lo tiene alojado en el corral del gobierno?

Él asintió con tristeza.

—Sí, a un precio exorbitante.

—Es posible que, por una cuarta parte del precio, podamos ofrecerle alojamiento temporal en una propiedad que tenemos cerca de Parramatta.

Debe hablar con mi marido al respecto. Y…

—Los ojos de Lucy brillaban—. El mayor Van Buren tiene intereses comerciales en las islas holandesas, señor Willoughby.

Tiene dos barcos para fletes y siempre dice de ellos que están mal comandados.

Estoy segura de que, con buena voluntad mutua y un poco de ingenio, se podría llegar a algún tipo de acuerdo que nos satisfaga a todos.

Mi marido no es marinero, así que… —Dejó la frase sin terminar, dando a entender la promesa que contenía, y Robert Willoughby apretó su mano.

—Espero con interés el almuerzo de mañana, querida señora —le aseguró, y se llevó la mano a los labios.

Lucy se despidió en ese momento, pues decidió que no ganaba nada prolongando su estancia.

Tendría que levantarse mucho antes de lo habitual y asegurarse de que Jos estuviera bien enterado de que tendrían compañía durante el almuerzo y de que no debía empezar a beber nada más desayunar, un hábito en el que había caído en los últimos tiempos.

El carruaje la llevó a su casa, muy cerca.

Saleh y la criada convicta, Alice Fairweather, la esperaban en el vestíbulo para atenderla.

La chica tenía las mejillas sonrojadas. Mientras se apresuraba a ayudar a Lucy a quitarse el abrigo, sonreía, incluso parecía servicial y bien dispuesta, cuando antes solía mostrarse hosca y resentida.

Lucy la sometió a un escrutinio suspicaz. No entendía qué había provocado el cambio, pero, al percibir su aliento, exclamó indignada:

—¡Alice, has estado bebiendo!

La chica bajó la cabeza sin intentar negar la acusación, pero Saleh dio un paso al frente.

—La joven se desmayó, mevoruw —dijo con suavidad, en su propia lengua—.

Le he dado un poco de arrack para ayudarla a recuperarse, pero está sobria del todo y puede atender a su señora.

—Vaciló, y sus ojos oscuros expresaron un raro desafío.

Enseguida, añadió en voz baja—: Si mevrouw lo desea, puedo enviar a buscar a Leah para que la sustituya.

Lucy se contuvo para no responder con ira. Por la actitud de Saleh, sabía dónde tendrían que ir a buscar a Leah.

—No —respondió en seco—. No será necesario, Saleh. Pero recuerde que en esta colonia no se permite dar alcohol a los convictos. Si Alice vuelve a desmayarse, tendrá que darle agua.

Pasó junto al mayordomo hacia la puerta de su habitación. Ante una señal de Saleh, Alice siguió a su señora sin dejar de sonreír.