Capítulo 11 #3
—Lleva dos días sin comer —susurró Saleh—.
Es un castigo por insolencia y se lo ha impuesto mijnheer Van Buren.
—Encogió sus delgados hombros, cubiertos por una chaqueta blanca—.
Pero nosotros cuidamos de los nuestros, y ahora eres de los nuestros, Alice Fairweather, aunque seas blanca.
Y cuidaremos de ti, puesto que Claus nos lo ha pedido.
Por primera vez desde su detención en Inglaterra, al otro lado del mundo, Alice empezaba a albergar esperanzas.
Quizá, después de todo, pensó, podría empezar una nueva vida, allí, en esa tierra extraña y con esa gente desconocida.
Había llegado como una convicta y, cuando expirara su condena, sería libre; pero…
ellos eran esclavos, le había dicho una vez la señora Van Buren, y para ellos nunca habría libertad. Ellos…
Claus levantó la vista del plato, se llevó los últimos bocados de arroz a la boca y le sonrió feliz.
—Les he dicho que eres una mujer buena, como mi madre, Alice, y que, cuando sea mayor, me casaré contigo. Así que ahora todos somos amigos, ¿o no?
El chico tenía doce años, pensó Alice con una punzada de dolor, pero le devolvió una cálida sonrisa, consciente de que había sido distinguida con un gran cumplido.
—Sí, Claus —respondió ella agradecida—, ahora todos somos amigos.
* * *
Había dos invitados inesperados a la cena en casa de los Dawson.
Cuando se los presentaron, Lucy Van Buren se sintió incómoda, ya que esperaba tener una charla íntima con su hermana Abigail al terminar de comer.
Sin embargo, a medida que avanzaba la velada, su postura fue cambiando.
Eran dos jóvenes apuestos y, por lo visto, acomodados.
El mayor, Robert Willoughby, le pareció atractivo, alguien cuya amistad era digna de ser cultivada.
Tenía un toque de imprudencia que le resultaba intrigante.
Él y Henry Daniels habían llegado unos días antes en el transatlántico Mary Anne. Llevaban ganado procedente de Cabo y, según Lucy dedujo de la conversación, estaban tramitando concesiones de mil acres cada uno en la zona del río Macquarie.
—Ha sido un consejo del señor Macarthur —explicó Robert Willoughby—. Mi padre me presentó ante él y, por supuesto, también ante el gobernador. Es increíble la cantidad de gente influyente que conoce, a pesar de que es un contralmirante retirado.
Durante la conversación también dejó entrever que era el hijo mayor del distinguido contraalmirante y, por lo tanto, heredero de su título de baronet.
Y él mismo había servido en la Marina Real durante la batalla de Argel.
Mencionaba todo eso de manera informal, restando importancia a sus logros y pasando por alto sus impecables credenciales, pero había causado una honda impresión en Lucy, e incluso en Timothy.
Tim, que había conocido a Willoughby en el comedor del Cuadragésimo, donde lo había invitado a cenar, parecía muy interesado en los recién llegados.
Henry Daniels también tenía buenos contactos.
Era hijo de un rico comerciante londinense y, al parecer, había sido oficial en un regimiento de caballería.
Según admitía con pesar, había tenido la desgracia de estar destinado primero en la India y luego en Irlanda, de modo que no había podido participar en la campaña peninsular.
Con decepción, expresaba que «se había perdido Waterloo».
Julia Dawson estaba rebosante de entusiasmo con esos dos jóvenes que hablaban de sus experiencias y comentaban las últimas noticias de Inglaterra, haciendo hincapié en la escena londinense y los cotilleos políticos.
Aquellos eran temas sobre los que Henry Daniels parecía estar muy bien informado.
Pero la chica se mostraba demasiado abierta, observó Lucy con desdén, lo que le valió la desaprobación tácita pero evidente de Abigail.
También se ganó una reprimenda de su padre por haber hecho una torpe interrupción.
Daniels ignoró las insinuaciones de Julia y dirigió sus ingeniosas bromas a Katie Tempest. Pero Katie no tenía ninguna intención de responder y, a los ojos críticos de Lucy, parecía tan absorta en sus propias introspecciones que no se percataba de los intentos de Daniels por seducirla.
La esposa de Rick estaba más guapa que nunca, a pesar de su palidez y su notable pérdida de peso.
Mantuvo un silencio distante y una extraña melancolía hasta que Robert Willoughby anunció su intención de aprovechar la primera oportunidad para inspeccionar la zona en la que se encontraba su propiedad.
—Iremos allí, a… ¿Cómo se llama el lugar?
Bathurst, ¿no? La semana que viene, tal vez, cuando hayamos contratado a algunos convictos para que nos ayuden.
Ambos tenemos ganado y nuestros animales se están comiendo todo lo que encuentran.
Eso nos supone un gran gasto, así que, cuanto antes podamos llevarlos a las llanuras del Macquarie, mejor.
—Tendrá que ser paciente, señor Willoughby —le dijo Katie con un tono cortante como una hoja de afeitar—, como también tengo que serlo yo. Ha habido grandes incendios forestales al sur del vado Emu y el campo está devastado. Pasará un tiempo antes de que pueda conducir ganado por allí.
Willoughby puso cara de decepción.
—El señor Macarthur mencionó los incendios —admitió—, pero como no afectaron a sus tierras, supuse que… ¡Maldita sea! Tendremos que encontrar un lugar donde alojar nuestro ganado, Henry, y viajar sin él.
Daniels asintió sin mucho interés y se volvió una vez más hacia Katie.
—¿También está a la espera, señora Tempest? ¿Acaso vive en la zona devastada?
—No —respondió Katie, con tono plano y un poco violento, como si se hubiera arrepentido de su arrebato—.
Mi marido tiene una concesión de tierras en el Macquarie y estoy ansiosa por volver allí lo antes posible.
Pero él también tiene ganado que llevar y me veo obligada a esperar hasta que la carretera vuelva a ser transitable.
—Podría venir con nosotros —sugirió Daniels, persuasivo—. ¿No podría, Robert? Eso sí, siempre que pueda hacer el viaje a caballo. Desconozco las condiciones de este país, pero me han dicho que el camino que atraviesa las montañas es algo peligroso.
Katie rechazó la oferta de forma educada pero firme. Entonces, Timothy rompió el incómodo silencio. Preguntó a los nuevos colonos qué ganado habían comprado en Cabo y cuánto habían pagado por él.
—Se perdieron cientos de ovejas en la sequía —les contó—, incluso antes de que comenzaran los incendios.
Muchos de los pequeños propietarios se enfrentan a la ruina.
De hecho, un viejo y querido amigo nuestro perdió la vida al intentar salvar sus edificios.
Me refiero a Andrew Hawley, antiguo miembro de la Marina Real de Su Majestad.
—Suspiró con el rostro ensombrecido, y luego, consciente de sus obligaciones como anfitrión, cambió de tema.
Sin embargo, para sorpresa de Lucy, Robert Willoughby quiso insistir.
—Si los colonos de la zona del vado Emu han perdido ganado —dijo pensativo—, es de suponer que querrán reemplazar sus pérdidas, ¿no?
—Cuando lleguen las lluvias y se restablezca el pastoreo, sí, eso harán —asintió Timothy.
—Entonces, podríamos obtener beneficios si vendiéramos nuestro rebaño de Cabo, ¿no? —sugirió Willoughby.
—Un beneficio considerable, imagino —respondió Timothy con tono seco—. Pero me ha parecido entender que ustedes deseaban establecerse en sus propias tierras.
Robert Willoughby se rio.
—Esa era mi intención inicial, señor. Ahora bien, si dedicándome al comercio puedo ganar más dinero y llevar una vida menos agotadora, prefiero convertirme en mercader, incluso en comerciante marítimo, ya que he estado en la mar desde los once años.
Lucy se interesó aún más. Robert Willoughby no solo era guapo y de buena cuna, sino que tenía otras cualidades.
Esos atributos podrían ser muy útiles si conseguía disuadirlo de recibir una concesión de tierras y aislarse en medio de la nada.
Jos quería tierras, pero el gobernador, debido a sus prejuicios contra los franceses, antiguos aliados del holandés, le había prohibido poseerlas.
Posó la mirada en Willoughby. Se rumoreaba que el gobernador iba a marcharse y que su sucesor podría ser menos prejuicioso; y, aunque así no fuera, una asociación como la de su hermano Rick con Justin Broome era toda una posibilidad.
Si Jos estuviera aislado en medio de la nada, ella quedaría libre de los odiados lazos matrimoniales que lamentaba con tanto dolor.
Se libraría de su arrogancia y su afición a la bebida, de sus infidelidades supuestamente secretas y de su desagradable compañía.
Y si Jos desapareciera de la escena social de Sídney, ella podría volver a entrar y retomar las amistades que le había costado el grosero comportamiento de su esposo.
Sin poner atención a lo que se decía, se puso a estudiar a Robert Willoughby, cada vez más consciente de su atractivo masculino y de la temeridad que ya había percibido en él.
No le sorprendió del todo que él le devolviera la mirada sin hacer ningún esfuerzo por disimular.
Durante el resto de la comida, el joven le dio la espalda a Dorothea, que estaba sentada a su lado, y se puso a hablar con ella a través de la mesa de forma divertida y desinhibida.
Cuando Abigail se levantó en señal de que los caballeros debían quedarse solos con el oporto y los puros, Lucy la siguió a regañadientes fuera de la sala.
—Qué jóvenes tan encantadores —comentó—. Serán un gran activo para la colonia, ¿no crees?
Abigail, mientras servía el café, murmuró distraída. En cambio, Julia, con tono efusivo, declaró que ambos invitados le habían parecido encantadores.
—¿Quién sabe? —añadió con entusiasmo—, quizá venir a establecerse aquí se ponga de moda y veamos llegar a Sídney a más caballeros de su calibre, en lugar de los oficiales de pacotilla y los aburridos oficinistas y párrocos que nos envía la Oficina Colonial.