Capítulo 11 #2
Willoughby, recordó Alice, le había prometido algo parecido, pero no lo había cumplido.
En su lugar, la había entregado a los Van Buren como un juguete viejo.
Y ella, qué estúpida, había aprovechado la oportunidad para escapar de él, e incluso se había alegrado.
Solo que… Sus labios se torcieron en una sonrisa amarga.
Su huida había sido, como decía el viejo proverbio, un salto de la sartén al fuego.
Sin duda, no todas las convictas que aceptaban empleos domésticos en la colonia eran tratadas como las sirvientas de esa casa.
Estaba la hermana de la señora Van Buren, por ejemplo, la señora Dawson, que había ido de visita hacía unos días y había sido muy amable con ella. Incluso se había tomado la molestia de felicitarla por uno de los vestidos que había confeccionado. Pero…
Se oyó un suave golpe en la puerta. Esta se abrió para dejar entrar a Claus.
El niño tenía un nuevo moratón en la mejilla. Sin embargo, ante la pregunta preocupada de Alice, negó con la cabeza. Luego, en su peculiar acento inglés le dijo:
— Mevrouw, o sea, la señora Van Buren, me ha enviado a preguntarte si ya tienes terminado su vestido. —Observó el trabajo de Alice con ojo crítico, señaló la fila de botones y apuntó con gravedad—: Deben de tomarte mucho tiempo. ¿Quieres que te ayude a coserlos?
Ella dudó. No quería herir los sentimientos del niño rechazando su oferta, pero él le habló con una sonrisa ansiosa:
—¡Sí que puedo! Mi madre me enseñó a hacerlo. Dame una de tus agujas y lo verás.
Aún sin saber si creerle o no, Alice le dio la aguja. Muy pronto, el chico disipó sus dudas. Cosía con una rapidez y destreza que ella apenas podía igualar.
—Tu madre te enseñó bien, Claus —le dijo ella.
—Mi madre era una mujer estupenda —afirmó Claus con orgullo—, pero está muerta. Tú haces la falda ahora y yo los botones, y así terminaremos pronto, ¿quieres? A mevrouw podría gustarle mucho.
—Está bien, gracias —aceptó Alice.
Trabajaron en silencio y en armonía. Luego, impulsada por la curiosidad, después de haber colocado el último botón le preguntó:
—¿Tu madre murió en Batavia antes de que vinieras aquí?
—En Kupang —respondió el niño con aparente indiferencia—.
Fue hace mucho tiempo, cuando yo era todavía un pequeño.
Mi padre la mandó matar después de que ella intentara atacar a mevrouw, ¿lo ves?
Eso fue… —Frunció el ceño mientras buscaba la palabra adecuada—.
Fue una tontería, pero no era una mujer malvada; solo estaba muy asustada.
Desconcertada, Alice se quedó mirándolo; sin embargo, antes de que tuviera tiempo de pedirle que le explicara tan extraordinaria afirmación, Claus añadió con ansiedad:
—No debo decir que es mi padre. Me pegaría si se enterara. Tú…, Alice, por favor, no le digas nada, ¡prométemelo!
No podía referirse a otro que el comandante Van Buren, pensó Alice, conmocionada mientras intentaba encontrarle sentido a tan extraña historia. Y, si era así, entonces… Le tendió una mano en un intento de calmar sus temores.
—Por supuesto que no se lo diré, Claus.
—¿Lo prometes? —Sus delgados dedos morenos se entrelazaron con los de ella y en sus ojos oscuros apareció una mirada suplicante.
—Lo prometo —dijo ella con toda solemnidad. Fue recompensada con una feliz sorpresa cuando Claus le echó los brazos al cuello y la abrazó.
—Seremos amigos, nos ayudaremos —propuso él con entusiasmo—. Tú, yo y Abdul.
—Sí, con mucho gusto, pero ¿quién es Abdul?
—Abdul Wetar. Es un marinero muy bueno, pero está lastimado. Cuando el Flinders chocó con las rocas, se rompió una pierna. Ahora está mucho mejor. Los buenos médicos ingleses del hospital lo han curado. Va a trabajar para el señor Lord y no volverá a Batavia.
Claus estaba radiante. Por lo visto, el buen marinero Abdul, que iba a trabajar para el señor Lord, era un amigo especial del niño. Ella le devolvió la sonrisa, se puso de pie y comenzó a sacudir los pliegues del vestido de su señora. Se sentía complacida por el aspecto final de la prenda.
—Ya está listo —dijo—. ¿Podrías decírselo a la señora Van Buren, por favor, Claus? Dile que yo… —La interrumpió una llamada imperiosa de la propia señora Van Buren. Los dos se miraron asustados al ver interrumpido con rudeza su frágil momento de felicidad.
—Mejor me marcho —susurró Claus—. Tú llévale su bonito vestido, Alice. Se pondrá muy contenta.
Pero la señora Van Buren, para consternación de Alice, no estaba contenta.
Inspeccionó el vestido y no tardó en encontrarle defectos.
Se tranquilizó un poco cuando se lo puso, ayudada por la nerviosa chica, y descubrió que le quedaba a la perfección.
Una vez sacudidos los pliegues y los volantes, la prenda le sentaba muy bien.
—Sí… —En el espejo de cuerpo entero de su dormitorio, estudió su aspecto con ojos críticos—.
Sí, servirá. Todos estos botones del corpiño son molestos.
Asegúrate de estar despierta cuando vuelva de casa de mi hermana, porque necesitaré que me los desabroches.
Y esos zapatos son del color equivocado.
Tráeme los zapatos negros del armario; creo que quedarán mejor.
Alice, de rodillas, abrochaba y desabrochaba cada par de zapatos que su señora se probaba, con cuidado de no mostrar el menor signo de impaciencia ni resentimiento.
Luego tuvo que peinarla, aunque primero le puso una capa protectora sobre el cuello con volantes del vestido nuevo.
Le cepilló el pelo con suavidad durante mucho tiempo antes de trenzar sus oscuros mechones y atar la cinta de la nuca con infinito cuidado.
—Me peinas mejor que Leah —admitió pensativa la señora Van Buren cuando por fin quedó satisfecha—. Y espero que tengas más sentido común que ella y, tal vez, una moral más decorosa. Pero, dime, ¿te ha hecho alguna insinuación el mayor Van Buren desde que te trajo aquí?
Alice, sorprendida por la pregunta, se sonrojó, furiosa.
—No, señora, nunca.
Y era verdad, reflexionó. Hasta entonces, el mayor Van Buren limitaba sus atenciones a la deshonrada Leah, con quien, como todo el mundo sabía, se acostaba… cuando no estaba demasiado borracho.
—Pues lo hará —dijo la esposa del mayor sin intentar disimular su desprecio—. Y, si deseas seguir siendo mi doncella personal, ten cuidado de no acceder a sus demandas.
—Sí, señora —respondió Alice muy obediente, tratando de mantener sus emociones bajo control. No pudo evitar la evocación de Robert Willoughby, a cuyas exigencias se había visto obligada a ceder. Con gran audacia, se atrevió a preguntar:
—Pero ¿cómo, señora? Como sirvienta asignada al señor, yo…
—Estás asignada a mí —le recordó Lucy Van Buren con gran énfasis—. Si llega a exigirte algo, todo lo que tienes que hacer es informarme. No eres una prostituta, ¿verdad? No te deportaron por prostitución, ¿no?
—No, señora, ¡por supuesto que no! —La amarga indignación trastornó por un momento el control de Alice—.
He sido criada bajo una estricta moral, en una familia temerosa de Dios.
Yo… —Su indignación se desvaneció. Recordaba que esa había sido su defensa ante Robert Willoughby, la primera vez, y que él la había descartado como si fuera un pretexto baladí.
Y… ¿no la había convertido él en una puta, a pesar de sus súplicas y su estricta educación cristiana?
¿Era ella menos puta que las mujeres con las que había compartido la cubierta del Mary Anne durante los interminables meses de travesía hacia Nueva Gales del Sur?
Ahora, ningún hombre decente querría casarse con ella, después de lo que Robert Willoughby le había hecho; ni siquiera su leal y devoto Tom…
—Entonces… —Lucy Van Buren se levantó y las miradas de las dos se cruzaron en el espejo iluminado por la vela—. No tengo por qué preocuparme por ti, sabes lo que debes hacer.
—Sí, señora —respondió Alice con humildad. Entregó a su señora la capa y los guantes, tal como le habían enseñado, y se adelantó para pedirle a Saleh que llamara al carruaje.
El vehículo apenas se había alejado de la entrada de la casa cuando vio a Leah salir de la cocina y andar con pies ligeros a la habitación del mayor Van Buren.
Al pasar, la mujer le dedicó una sonrisa un tanto maliciosa.
Luego, la puerta se cerró tras su esbelta figura envuelta en una túnica oscura.
Alice oyó a Saleh soltar lo que solo podía ser un suspiro de alivio.
—Ven —la invitó él en un inglés mejor de lo esperado—. ¿No hay un dicho en tu país sobre lo que hacen los ratones cuando no hay gatos? Esta noche nos daremos un festín, Alice Fairweather. Y aquel al que llaman liplap también se unirá a nosotros sin temor a ser castigado.
Alice lo siguió con el ánimo renovado. La mesa de madera en la que los sirvientes de los Van Buren solían comer sus frugales alimentos había sido fregada y, acto seguido, puesta con un auténtico festín.
Saleh llenó un plato con arroz, pescado especiado y carne y lo colocó delante de Alice.
Reía del asombro de la chica. Su expresión cambió.
—No todos somos malos como esos a quienes servimos —le dijo con gravedad—.
Cumplimos nuestro deber y tratamos de evitar problemas.
—Señaló a un hombre pequeño y de piel morena que estaba sentado con Claus al final de la mesa—.
Este es Abdul Wetar, nuestro amigo y también amigo de Claus, a quien le debe la vida.
Brindemos por él, por el placer de que se encuentre bien de nuevo.
El pequeño desconocido se puso en pie de un salto y levantó su copa. Dijo en su propia lengua algo que Alice no entendió. Luego, con la copa otra vez levantada, se volvió en dirección a Claus.
—Abdul desea que brindemos por Claus —explicó Saleh—. Levántate y démosle gusto.
Mientras brindaban, rodaban lágrimas desde los expresivos ojos oscuros del niño, pero desaparecieron en cuanto le pusieron un plato delante y pudo abalanzarse sobre él con voraz apetito.