Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 11
65%

Capítulo 11

Alice Fairweather llevaba casi tres semanas en la casa de los Van Buren. Con tristeza, se daba cuenta de que allí no se sentía más en casa que en el transporte de convictos de donde la había sacado Saleh, el mayordomo javanés.

El idioma era una barrera entre ella y los demás sirvientes, si bien era cierto que Saleh entendía el inglés mejor de lo que estaba dispuesto a admitir.

También el chico Claus, cuya condición aún la intrigaba, lo hablaba bien, aunque con un fuerte acento.

A excepción de ellos dos, los sirvientes no la habían recibido con benevolencia.

Alice, que en ese momento estaba haciendo una diligente labor con la aguja, se detuvo un momento para inspeccionar su trabajo.

Suponía que, en parte, la frialdad de los otros era cuestión de celos.

Eran malayos o javaneses que adoraban a dioses paganos y veían con resentimiento su piel blanca y el desconocimiento de su idioma y sus costumbres.

Un doble motivo tenía la animosidad de una mujer a la que su señora llamaba Leah, ya que antes había sido doncella y ahora estaba relegada a la cocina.

Alice había aprendido por las malas lo rencorosa que era Leah.

Esa mujer no dudaba en actuar con premeditación para provocar que la señora se volviera iracunda contra su rival.

Tal como le había dicho el joven oficial el día de su llegada a la colonia, la señora Van Buren era una dama inglesa, aunque, al parecer, había vivido varios años en las Indias Holandesas.

No solo hablaba con facilidad y fluidez el holandés y el dialecto original, sino que parecía haber adquirido muchas de las cualidades que caracterizaban la nacionalidad de su marido.

No se levantaba temprano. Se deleitaba con comidas abundantes, que debían servirse de manera impecable; a menudo, a altas horas de la noche.

El temperamento de la señora Van Buren era tan impredecible como el de su marido, y eso era lo peor de todo.

Si alguno de los dos estaba descontento, toda la casa se ponía a temblar.

Cuando el mayor Van Buren bebía en exceso, cosa rutinaria, incluso Saleh le temía, consciente de que podía ser maltratado y, a veces, golpeado con brutalidad.

Todos los sirvientes eran castigados con rigor si cometían alguna falta. Saleh tenía la obligación de golpearlos. Y eso hacía, bajo la fría mirada de su señora, quien se aseguraba de que no dejara escapar a nadie con un castigo leve.

Alice dio la vuelta a la prenda que estaba cosiendo y exhaló con cansancio.

Ella misma se había ganado dos palizas por faltas bastante triviales, pero el que más problemas tenía era el pobre Claus.

El chico, poco más que un niño, pensó Alice con lástima, era maltratado una y otra vez, a pesar de que trabajaba muy duro y, de buena gana, hacía todo lo posible por ganarse la aprobación.

La señora Van Buren rara vez se dirigía a él por su nombre, pues lo llamaba liplap.

Según le había dicho Saleh, era un término despectivo en holandés para referirse a las personas de raza mixta, es decir, con sangre blanca y nativa en sus venas.

—Y eso es lo que es —había concluido Saleh con un extraño brillo en sus ojos oscuros—. Por eso, mevrouw Van Buren no lo perdonará nunca en su vida.

Y no dijo nada más. Dejó que Alice sacara sus propias conclusiones, pero era evidente que las simpatías del mayordomo, en la medida en que se atrevía a mostrarlas, estaban con Claus.

La luz se iba y Alice seguía cosiendo con determinación.

La señora Van Buren había insistido en que el vestido debía estar terminado esa misma noche, ya que iría a cenar con su hermana y quería ponérselo.

Aún quedaba mucho por hacer: prender más de veinte diminutos botones de perla en el cuello y el corpiño, así como pinzas en la cintura.

Le llevaría todo el tiempo terminar el trabajo.

Su señora había dicho que se cambiaría a las siete y media y…

En su prisa, Alice perdió el control de la aguja y se pinchó el dedo.

La punta afilada le provocó un sangrado y, antes de que pudiera evitarlo, dos manchas rojas aparecieron en la frágil tela blanca del cuello con volantes.

Gritó de consternación. Sabía que sería imposible quitar esas manchas sin dejar rastros visibles de su torpeza, pero…

Tal vez los volantes podrían ocultarlas.

Se inclinó ansiosa sobre su trabajo, con el ceño fruncido en señal de concentración.

El largo viaje hasta allí había pasado factura a sus habilidades como costurera.

Sus labores en los estrechos calabozos del Mary Anne se habían limitado a remendar y poner parches para el señor Roberts —no, no se llamaba Roberts, sino Willoughby— y su amigo, el señor Daniels; de vez en cuando, también para alguno de los oficiales del barco.

Alice sintió que se le enrojecían las mejillas al recordar ese viaje y el dolor y la humillación que había soportado, todo a causa de Robert Willoughby.

Embarcó en el Mary Anne siendo una chica inocente e ingenua , pensó con amargura.

Había sido educada con rigor por unos padres trabajadores y temerosos de Dios, quienes no le pedían otra cosa que seguir sus pasos y ganarse la vida hasta que algún joven decente de su clase la tomara por esposa.

Al cumplir doce años, la pusieron de aprendiz con la modista y sombrerera del pueblo.

Y había cumplido su tiempo con aquella buena mujer, ganándose elogios y la aprobación afectuosa de sus padres.

Pero, entonces…

Sintió que las lágrimas le escocían la garganta. Había conocido al joven Tom Digby, alto y gentil, hijo de un granjero, con un futuro que, Alice lo sabía, lo situaba por encima de ella, ya que su padre no era más que un jornalero sin tierras que había trabajado toda su vida para el tío de Tom.

Qué tontería haber querido ponerse a su altura, o casi, para que él no se avergonzara de cortejarla.

La modista de Honiton había puesto un anuncio en busca de una ayudante.

Alice había solicitado el puesto y se lo habían dado, y, aunque no le gustaba su jefa, la tienda de Honiton le ofrecía el ascenso que deseaba.

Además, era tentadora la promesa de aprender a hacer encajes.

Uno de los diminutos botones de perla cayó al suelo.

Cuando Alice dejó el vestido y se arrodilló para buscarlo, revivió aquella pesadilla que había conducido a su arresto y condena.

Fue por haber tomado prestada una cinta de encaje.

Solo prestada, pues nunca tuvo intención de quedársela.

Con ese encaje pretendía adornar el sombrero que llevaría cuando Tom la invitara a cenar en la fiesta parroquial de la cosecha.

Pero, como la tonta que era, se había olvidado de decírselo a su jefa.

La mujer, muy enfadada, la había denunciado por robo…

Encontró el botón y volvió a su silla. La acercó a la ventana para aprovechar la escasa luz diurna que quedaba. Tenía una vela casi consumida y Saleh se las racionaba con mucho rigor.

Recordó con pesar que Tom había hecho todo lo posible por ayudarla.

Había declarado en el tribunal de Exeter, ante el juez y el jurado, que Alice era una persona de buena conducta y que él tenía la intención de casarse con ella, en caso de que el tribunal cediera y la absolviera.

Pero el tribunal no cedió. La palabra de la empleadora tenía más peso que la de Tom, así que, tras una infeliz estancia en la cárcel, la enviaron a bordo del Mary Anne , desde Plymouth, acompañada de otras ciento veintinueve convictas, muchas de ellas prostitutas o delincuentes empedernidas.

No había vuelto a ver a sus padres. Los pobres, demasiado avergonzados, ni siquiera se atrevieron a ir a visitarla después de la vista judicial, en tanto que Tom…

Alice contuvo el aliento. Con la aguja aún en la mano, rememoró que Tom había ido al muelle de Guy para despedirse de ella, pero había sido la última vez.

Además, después de lo que Robert Willoughby le había hecho, preferiría morir antes que volver a ver a Tom…

Las lágrimas brotaron, amenazaron con abrumarla, pero se las secó.

Cogió otro botón y lo cosió de inmediato en su sitio.

Robert Willoughby la había tratado con crueldad, como un despiadado.

No soltaría una lágrima por su culpa. Después de una primera terrible experiencia, él la había mandado llamar a su camarote en otras dos ocasiones y la había forzado.

Entonces, ella había reunido el valor suficiente para acudir al capitán, a partir de lo cual el tipo ya no la había vuelto a molestar.

Ella le lavaba la ropa, y eso era todo. Las otras mujeres se reían y le decían que era una tonta por haber abandonado, sin que nadie la obligara, la oportunidad de cambiar los sollados por el acogedor camarote de un pasajero rico.

A falta de Alice, dos o tres de ellas habían aceptado que el segundo oficial las escoltara a los entrepuentes.

Pero en Cabo, el capitán había caído enfermo; y, mientras el hombre estuvo postrado en su litera, atendido sin parar por el médico del barco, el contramaestre le había dicho a Alice que el pasajero reclamaba de nuevo su presencia, y… Todo había vuelto a empezar.

—Te arrepentirás si te niegas —la había amenazado el primer oficial—, porque, si lo haces, me encargaré de que te pongan a media ración y te mantengan encadenada en el calabozo.

En cualquier caso, muchacha, no hay nada mejor que puedas hacer.

Este joven caballero está muy interesado en ti.

Cuando lleguemos a Sídney, quizá quiera llevarte con él, y te cuidará. Tiene dinero. Vivirás como una reina.