Capítulo 10 #3
—El mismo por el que fue sustituido el gobernador Macquarie, querido amigo.
—El tono de Justin era de aprensión—. Se envían cartas privadas a lord Bathurst; porque, a espaldas del gobernador, se presentan quejas a la Oficina Colonial y a los miembros del gobierno central.
El propio sir Thomas me ha dicho que el mayor Goulburn ha estado intrigando contra él.
No hay que buscar muy lejos para encontrar a los demás.
Todos los malditos funcionarios que no han recibido ascensos culpan al gobernador; casi todos los terratenientes y comerciantes tienen alguna queja que expresar.
Y luego está Macarthur, por supuesto. Según John Piper, ¡ha acusado al gobernador de gastar en exceso y dilapidar los recursos de la colonia!
—Pero ¿por qué demonios lord Bathurst hace caso a ese tipo de quejas? —preguntó Murdo.
—Porque son muchas y el gobernador está muy solo; además, porque el gasto excesivo es el delito más grave a los ojos de Bathurst. Pero, ojo…
—Justin cambió de tono y puso una mano sobre el brazo de Murdo—, no le digas esto a nadie, Murdo.
No creo que sir Thomas se sorprenda ni se moleste mucho cuando reciba su aviso oficial de destitución.
Es posible que incluso haya presentado su dimisión.
—¿De verdad lo crees?
Justin asintió con la cabeza.
—Por lo que me contó mientras lo llevaba a la bahía Moreton y durante las vigilias nocturnas, horas en que estudiamos juntos las estrellas, supongo que estará encantado de marcharse.
Ha preparado un discurso para leerlo ante la Real Sociedad Astronómica de Londres y me ha dicho que, cuando regrese a casa, planea construir un observatorio en su residencia escocesa, cerca de Kelso.
En mi opinión, Murdo, sir Thomas Brisbane es un maestro de la astronomía náutica.
No solo ha enseñado a Red, sino a mí también, y mucho, ¿sabes?
—Sonrió—. Si no se hubiera alistado en el ejército, si hubiera elegido la marina, creo, con toda franqueza, que habría rivalizado con Cook y Bligh como navegante.
Un montón de hombres menos capaces no habrían podido obligarlo a arriar su bandera. Es extraño cómo son las cosas, ¿o no?
—Sí —asintió Murdo—, es muy extraño.
Él y Justin comenzaron a caminar hacia el final del muelle mientras una cadena de convictos se dirigía hacia allí.
Sin duda, comenzarían a descargar el Mary Anne .
El capataz les metía prisa amenazándolos con su látigo.
¿Qué estaría haciendo aquella chica convicta en la opulenta residencia de los Van Buren?
Alice Fairweather. Saboreó el nombre mientras recordaba su pequeño y dulce rostro, la hermosa cabeza que mantenía en alto, que no inclinaba en señal de derrota como sí lo hacían las convictas encadenadas.
Justin acababa de mencionar la extraña manera en que se desarrollaban las cosas.
Si no lo hubieran enviado a la infernal nueva colonia de la bahía Moreton, quizá habría podido impedir que aquel desagradable holandés se la llevara; quizá habría podido quedársela él mismo, y… ¡Ah, diablos!
Apartó de su mente el pensamiento de cómo podrían haber sido las cosas y preguntó, más para distraerse que por interés real:
—¿Quién será el próximo gobernador, Justin, lo sabes?
—El Times ha anunciado que será un general muy distinguido llamado Darting —respondió Justin— y que llegará el año que viene.
Según John Piper, se dice por ahí que es un poco déspota.
Sirvió bajo las órdenes de sir John Moore en A Coruña y hace poco fue gobernador de Mauricio, donde, según Piper, se hizo muy impopular —añadió en seco.
Murdo se encogió de hombros. Casi en contra de su voluntad, sus pensamientos volvieron a la chica convicta. Sin mucha esperanza, preguntó:
—¿No se permite la entrada de mujeres en el nuevo asentamiento penitenciario?, ¿ni siquiera las esposas?
Justin negó con la cabeza.
—No, es una orden rotunda. La bahía Moreton será una prisión segregada para los peores delincuentes: fugitivos, bandoleros y condenados a muerte con indulto; todos hombres.
Creo que habrá un capellán y un médico. Quizá se permita a los oficiales llevar a sus esposas, no lo sé.
Pero ¿por qué lo preguntas? —Miró a su joven cuñado con un gesto divertido—. ¿Estás pensando en casarte?
—¡No, por Dios, no! —negó Murdo con vehemencia—. ¡Y tampoco pienso quedarme en esa pestilente Edenglassie más tiempo del necesario!
Justin sonrió de nuevo.
—Quizá, al igual que el gobernador, has elegido la profesión equivocada, viejo. Si fueras oficial de la Armada del Rey, ahora…
Murdo le dio un puñetazo en broma en la cabeza.
—Yo no he elegido mi profesión —replicó—, la eligieron por mí.
De repente, en su imaginación volvió a ver a Nick Vincent, el hombre que lo había rescatado del furgón carcelero, así como a los dos sargentos reclutadores a quienes Nick le había presentado en la posada de Buck’s Oak.
Era una visión sacada del pasado, aunque había abrigado esperanzas de no tener que volver a recordarla.
Se estremeció sin quererlo. Enseguida, forzó una sonrisa mientras entraban por el jardín de la casa de los Broome y Jessica salía a su encuentro.