Capítulo 10 #2
Su enfado se apaciguó. La chica no significaba nada para él; su angustia no era culpa suya, y, si Van Buren la quería, poco podía hacer para impedir que se la llevara.
—Encantado de conocerlo, señor Dean —dijo Willoughby con una sonrisa.
Se mostraba apabullante por su gracia y talante abierto—.
Estoy seguro de que conoce al mayor Van Buren.
—El holandés asintió con un seco movimiento de cabeza, pero no dijo nada, así que Willoughby continuó—: El mayor busca una joven adecuada para servir a su esposa.
Dado que he pasado los últimos ciento veintidós días a bordo de este barco, puedo decir que, al menos, conozco de vista a las delincuentes que hemos traído.
Así que estoy actuando como asesor. No hay objeciones oficiales, ¿verdad?
Antes de que Murdo pudiera responder, Van Buren dijo con tono agresivo:
—Tengo la autorización del secretario colonial para seleccionar a quien yo desee. Será difícil que el teniente Dean invalide eso, señor Willoughby.
Murdo mantuvo la calma. Vio que el mayor Goulburn estaba a punto de concluir su inspección de las mujeres y que sus empleados, en preparación para desembarcar, recogían los papeles. Murdo dijo en voz baja:
—Y la mujer que ha seleccionado, mayor, ¿debo entender que ha tomado una decisión tras el asesoramiento del señor Willoughby?
Willoughby respondió por él.
—La joven se llama Alice Fairweather. Está allí…
—Señaló a la chica, y esta, al ver el gesto, intentó llamar su atención, pero él no le hizo caso.
Su amigo Henry Daniels soltó una carcajada estruendosa y murmuró algo que Murdo no alcanzó a oír.
La joven pareció afligirse y los colores abandonaron su rostro pequeño y delgado.
Murdo volvió a sentir una intensa lástima, mezclada con admiración por el valor de Alice, ya que, a pesar de su angustia, la chica seguía manteniendo la cabeza en alto y se negaba a llorar.
Era evidente que había habido algo entre ella y Willoughby durante la traves ía del Mary Anne.
Tenía que ser algo más que un simple asunto de ropa limpia.
Ella esperaba, quizá, que él la reclamara, pero Willoughby no parecía tener ninguna intención de hacerlo…
Murdo se irguió. Dijo con toda formalidad:
—Hablaré con la chica. Es habitual averiguar si las convictas están dispuestas a aceptar un empleo doméstico.
En estricto sentido, no era cierto, pero Murdo se dirigió con paso firme hacia donde estaba la chica sin el menor remordimiento. Se detuvo frente a ella con exagerada precisión militar.
—¿Alice Fairweather?
Ella lo miró con los ojos muy abiertos, alarmada, y respondió nerviosa:
—Sí, señor, así me llamo.
—Soy el teniente Dean. No tengas miedo, Alice; no has hecho nada malo.
—Vista de cerca, era hermosa. Murdo volvió a sentir que sus instintos la atraían hacia ella.
Pero, maldita sea, pensó con amargura, ¡su infernal destino en la bahía Moreton no podía haber llegado en peor momento!
Tendría que dejarla ir con Jos Van Buren—.
Te van a ofrecer un empleo doméstico aquí, en Sídney —le dijo con cierta renuencia—, y tengo que preguntarte si estás dispuesta a aceptarlo.
—Sí, señor. —Miraba al suelo y hablaba en voz baja, sin expresión; pero él alcanzaba a percibir su miedo—. ¿La oferta es del señor Roberts, señor?
Perplejo, Murdo fijó sus ojos en ella.
—¿Roberts? No conozco a ningún señor Roberts.
Alice Fairweather levantó la mirada.
—Es el nombre que ha utilizado el señor Willoughby durante el viaje, pero creo que su verdadero nombre es ese: Willoughby, señor.
—Bueno, la oferta no es de él, sino del mayor Van Buren, el caballero alto que lo acompaña. Su esposa necesita una doncella. El mayor Van Buren es holandés, pero su esposa es inglesa, y son muy ricos. Los…
Ella lo interrumpió. No le dio ninguna oportunidad de ampliar la descripción de lo que supondría un empleo en la casa de los Van Buren.
—Aceptaré con mucho gusto, señor, siempre y cuando la oferta no provenga del señor Rob…, es decir, del señor Willoughby. Gracias, señor, le estoy muy agradecida. Es una gran oportunidad.
—Puede que haya otras oportunidades —comenzó Murdo, pero ella negó con la cabeza.
—El servicio doméstico es preferible al trabajo en la Fábrica de Mujeres, señor. En la cubierta de la prisión oímos cómo es eso.
La joven se estremeció, pero Murdo vio que su miedo había desaparecido y que, por primera vez, sonreía.
Esa sonrisa iluminaba todo el rostro de Alice.
Sintió su propio pulso acelerarse y, por un momento, fue tal su anhelo de tocarla que casi cedió al deseo, olvidados su deber y el papel que estaba desempeñando.
La voz del mayor Goulburn lo devolvió a la cordura.
—Maldita sea, Dean, ¿se ha resuelto el asunto de la sirvienta de Van Buren?
—Sonaba irritado. El hombre hizo un gesto impaciente a los dos empleados que lo seguían, ambos cargados con los manifiestos de los convictos—.
Tengo trabajo que hacer; mi maldita oficina está llena de infernales papeles.
Ese tipo del demonio no me dejará en paz hasta que consiga lo que quiere, y debemos bajar a estas mujeres del barco. ¿Cuál quiere el holandés?
Murdo se puso tenso. Sin decir una sola palabra, señaló a Alice Fairweather. Goulburn, en un tono más conciliador, dijo:
—Entonces, que se la lleve. —Estudió a la chica durante un largo momento, gruñó y soltó una breve risa—.
Dígale que no necesitará grilletes para esta pobre niña.
Muy bien, Dean, continúe con lo suyo, por favor, y…
—Dudó, como si hubiera recordado algo a última hora—.
Quizá sea tan amable de indicar al señor Willoughby y a su amigo cómo llegar a Parramatta y dónde pueden alquilar caballos.
Willoughby tiene una carta de presentación para el señor Macarthur.
—Muy bien, señor —respondió Murdo con frialdad y se volvió para dar una orden a su sargento.
Mientras las demás mujeres eran conducidas en fila india para desembarcar, entregó a Alice Fairweather a su nuevo amo.
La vio por última vez en el muelle abarrotado.
Caminaba muy recatada junto al criado javanés, quien ya se había deshecho de las cadenas.
En lugar de ellas, llevaba el pequeño bulto con las pertenencias de la chica y hablaba con locuacidad.
Quizá no tenía motivos para recelar, pensó; Alice podría ser feliz en la casa de los Van Buren y…
Reprimió una palabrota. Quizá su destino en la bahía Moreton lo estaba salvando de hacer el ridículo por una convicta de la que no sabía nada.
Se volvió y vio a Robert Willoughby a su lado.
Tal y como le habían pedido, le dio indicaciones para llegar a la carretera de Parramatta.
También le señaló la ubicación de una caballeriza donde podía alquilar monturas o un carruaje con dos caballos.
Willoughby le dio las gracias con toda cortesía.
—Si es tan amable, señor Dean, háganos el favor a mí y al señor Daniels de proporcionarnos más información.
—Por supuesto, señor Willoughby —respondió Murdo con la misma cortesía, y, sin ninguna razón lógica que pudiera concebir, se preguntó por qué de repente empezaba a desconfiar de la actitud tan efusiva del nuevo colono—.
Tengo que desembarcar a estas mujeres, pero no tardaré mucho.
Mi sargento podrá conducirlas al hospital, así que quedaré a su disposición tan pronto como se pongan en camino.
Pero los dos jóvenes no lo esperaron. Para cuando Murdo hubo terminado con las convictas y su escolta, Willoughby y Daniels ya habían abandonado el muelle.
Murdo presumió que habrían obtenido la información en otro lugar.
En ese momento, empero, Justin llegó a tierra.
El niño Red, orgulloso, iba al mando de la chalupa.
—Estamos listos para zarpar —anunció Justin—.
Henry Miller me ha asegurado que puede tener a sus soldados y a los treinta convictos a bordo del Amity al mediodía.
Tendremos el placer de contar con la compañía del señor Oxley, además de la tuya.
¿Tienes listo tu equipaje? Voy a enviar a alguien a recoger el de Oxley a la oficina de topografía. Espero que se dé prisa.
—He dejado el mío en tu cabaña, con Jessie —dijo Murdo—. Pero ¿por qué tanta prisa? Tenía entendido que no pensabas zarpar hasta mañana por la mañana.
—Quiero zarpar con este viento. Es probable que amaine antes de la noche.
Así que, si no tienes otra cosa que hacer, será mejor que vayamos a despedirnos ahora.
—Justin se volvió hacia su hijo—: Ve, Red, y dile a tu madre que vamos para allá.
—El niño salió corriendo y Justin bajó la voz—.
Murdo, acabo de enterarme de que van a sustituir al gobernador.
Me lo ha dicho el capitán Piper. Al parecer, el Mary Anne ha traído un ejemplar del Times de Londres en el que se anuncia el reemplazo.
Ayer, cuando Piper fue a visitarlo a los Heads, acompañado del piloto, el capitán le enseñó el periódico.
Dice que no cree que la Oficina Colonial haya enviado un aviso oficial a Su Excelencia.
Si lo ha recibido, el gobernador no ha dicho nada.
Murdo frunció los labios en un silbido de asombro.
—¿Por qué habrían de sustituirlo, Justin? ¿Qué motivo podrían tener, por el amor de Dios?