Capítulo 10
En el pequeño y primoroso jardín de la cabaña de Justin Broome, en el paseo marítimo, Murdo Maclaine, acompañado de Jessica, su hermana, observaba cómo el barco de convictos Mary Anne se desplazaba del lugar donde había fondeado durante la noche para atracar en el muelle público y descargar.
Más allá, en el fondeadero, empequeñecidos por el enorme tamaño del barco, se encontraban el bergantín Amity y el nuevo mando de Justin, el cúter Mermaid. Había gabarras alrededor y hombres ocupados en las cubiertas superiores.
Se estaban preparando para zarpar hacia el nuevo asentamiento penitenciario de la bahía Moreton, bien lo sabía Murdo, y se sentía triste porque tenía órdenes de acompañarlos. Dijo irritado:
—¡Maldita sea, Jessie, yo no he pedido ir!
Quería unirme a Hume y Hovell en su expedición al golfo de Spencer, pero, dado que fui a Moreton con el gobernador, Henry Miller me ha elegido segundo al mando.
Y el capitán Bishop lo ha respaldado, ¡maldita sea!
Empiezo a arrepentirme de haberme trasladado al Cuadragésimo.
El nuevo vicegobernador es mucho menos comprensivo con nuestras expediciones exploratorias que el coronel Erskine.
—No será para siempre, Murdo —lo consoló Jessica—. Y Justin también va.
—Una vez que el Mermaid haya entregado a nuestros hombres y los suministros, no tendrá que quedarse —replicó Murdo, que se negaba a dejarse consolar—. Pero yo estaré allí un par de meses, al menos, actuando como un maldito supervisor de obras, con Henry de comandante y Oxley exigiendo lo imposible.
—Quizá fundes una ciudad —bromeó Jessica con gracia—, ¡y le pondrán tu nombre!
—¿Una prisión, una caseta de vigilancia y unas cuantas chozas?
—replicó Murdo con desdén—. En cualquier caso, ya se llama Edenglassie, y solo Dios sabe por qué.
Sin duda alguna, ha sido una excentricidad de Oxley.
—Dudó y luego preguntó con cautela—: ¿Vas a permitir que el joven Red navegue con nosotros?
El muchacho se comportó muy bien en nuestro último viaje, a pesar de su corta edad.
Impresionó al gobernador con su aptitud para guiarse por las estrellas.
—¿Cómo voy a impedírselo después de eso?
—respondió Jessica con resignación—. Justin dice que Su Excelencia le ha prometido recibirlo como voluntario y que, cuando cumpla doce años, le conseguirá un puesto de guardiamarina.
Para serte sincera, casi desearía que Red no lo hubiera impresionado, pero… es su elección, ¿no?
—Sí —asintió Murdo. Su mirada volvió al transporte de convictos, que ya casi había atracado junto al muelle, y a la guardia militar que se había formado allí para esperar el desembarque—.
Tengo que marcharme, Jessie. Estoy al mando de la guardia.
—Sonrió sin gracia—. El Mary Anne lleva ciento treinta convictas, así que vendrá a inspeccionarlas una avalancha infernal de oficiales y supuestos caballeros.
Y mis muchachos también tendrán los ojos muy abiertos si no estoy allí para controlarlos.
—Le dio a su hermana un beso ligero en la mejilla—.
Te veré antes de zarpar. Y no te preocupes demasiado por Red; el chico es muy inteligente y, por ahora, la única educación que necesita es la que la mar le dará.
Justin es muy consciente de sus responsabilidades, créeme.
—Sí —admitió Jessica—, te creo, Murdo. Aun así… —Sacudió la cabeza con resignación—. Trata bien a esas pobres mujeres del Mary Anne, ¿quieres?
Eso era mucho pedir, pensó Murdo con ironía mientras se dirigía al muelle.
Desde un punto de vista oficial, la asignación de mano de obra de convictos, fuera masculina o femenina, estaba muy controlada, aunque siempre se mostraba cierta flexibilidad en lo relacionado con las mujeres.
No había trabajo gubernamental para ellas, salvo en la Fábrica de Mujeres de Parramatta, que estaba superpoblada.
Una política no escrita toleraba que aquellas a las que se les ofreciera empleo como sirvientas domésticas podían aceptarlo.
Se hacía la vista gorda mientras los administradores civiles y los oficiales de la guarnición elegían a las mujeres, incluso cuando estas iban a dar a moradas de solteros.
No importaba que las autoridades desaprobaran el concubinato y que el reverendo Samuel Marsden y el archidiácono Scott lo condenaran con fervor.
También se animaba a los emancipados y a los convictos con permiso para deambular a elegir esposas entre las recién llegadas, y el mismo privilegio se concedía a la tropa…
, aunque aquello no siempre terminara en matrimonio.
Murdo suspiró. Él mismo se había echado encima esas culpas más de una vez durante el poco tiempo que había pasado en la guarnición de Sídney, pero las mujeres con las que se había liado por horas eran de virtud fácil. No sentía ningún remordimiento.
Al llegar al muelle, devolvió el saludo a su sargento.
Se quedó engarrotado al identificar la conocida figura del holandés, el mayor Jos Van Buren, entre la pequeña multitud que esperaba para abordar el transporte.
Van Buren no estaba solo; lo acompañaba su criado javanés, con una chaqueta blanca almidonada y, en la cabeza, la cinta con escudo que solía llevar.
Murdo vio que el javanés llevaba una cadena con grilletes.
Era evidente que el mayor iba no solo con la intención de elegir a una de las convictas del Mary Anne, sino también de llevarse consigo a su elegida, una práctica que las autoridades prohibían de manera expresa.
Murdo estaba a punto de intervenir y recordar al holandés que primero había que completar los trámites necesarios.
Se detuvo cuando vio al mayor Goulburn, secretario de la colonia, acercarse a la pasarela y hacerle señas a Van Buren para que lo precediera.
Era habitual que el secretario o el propio gobernador subieran a bordo de cada transporte recién llegado y dirigieran a los convictos unas breves palabras.
Enseguida, el capitán del barco hacía la entrega formal de la documentación de los prisioneros, acto con el que se extinguía su responsabilidad sobre ellos.
Murdo hizo subir a sus hombres a bordo, listos para relevar a la guardia del transporte, y los puso firmes.
Las mujeres estaban alineadas en la cubierta, con aspecto afligido y aprensivo, vestidas con la sombría ropa oscura que les había sido entregada.
Esperaban con paciencia a que alguien les dijera adónde debían dirigirse.
Como siempre, el largo viaje y las condiciones de hacinamiento las habían dejado sin ánimo.
Tenían la mirada baja. Estaban, en apariencia, resignadas a cualquier destino.
Una o dos de las más atrevidas miraban con descaro a los soldados, pero, en su mayoría, las mujeres guardaban un dócil silencio.
Ninguna alzó la voz cuando el secretario Goulburn comenzó su discurso.
Fue la arenga habitual, pronunciada con rapidez.
El mayor hizo un gran énfasis en las consecuencias que acarrearía un mal comportamiento, pero también ofreció, aunque en pocas palabras, garantías de que una conducta ejemplar obtendría su merecida recompensa.
Promesa que, a juzgar por la hosquedad con que fue recibida, no convenció a nadie.
Murdo, consciente de la inminencia de su partida de Sídney, estudió con indiferencia los rostros que tenía ante sí.
Sabía que no habría mujeres en el grupo de trabajo de la bahía Moreton.
Entonces, de repente, casi en contra de su voluntad, su mirada se posó en una chica que se encontraba un poco separada del resto.
Su rostro pequeño y agradable parecía expresar una miseria tan grande que lo hizo compadecerse de ella.
No lloraba; su melancolía no se manifestaba en lágrimas.
Había un desafiante orgullo en la forma en que se erguía y mantenía la cabeza alta.
En contraste con sus vecinas más cercanas, era joven: Murdo calculó que tendría dieciséis años, como mucho.
La delgada niña lucía una mata de pelo castaño rizado que enmarcaba bien su rostro.
Vestía las mismas prendas que todas las demás, aunque su ropa se veía limpia y sin remiendos.
Llevaba un delantal de un blanco impecable, planchado con pulcritud.
A sus espaldas, oyó la voz despectiva de un hombre que decía:
—Esa es la chica de la que le hablé, mayor Van Buren, la que está sola junto a la barandilla de babor.
Se llama Alice Fairweather. Es joven y un poco rebelde, lo reconozco; sin embargo, si su esposa necesita una doncella, las otras podrían ser peores.
Alice es costurera y modista, o eso ha dicho.
Le encargué mi colada durante la travesía y, desde luego, desempeñó su tarea a mi entera satisfacción.
Debo reconocer que con bastante destreza.
Murdo no oyó la pregunta que Van Buren le hizo en voz baja, pero, por la respuesta, podía adivinarla.
—En cuanto a eso, señor, no tiene por qué temer ninguna reticencia. Yo no sentí ninguna, aunque confieso que su falta de refinamiento tendía a aburrirme. Preferí buscar otras distracciones.
Por algún motivo que no habría podido explicar, Murdo se volvió enfadado hacia el acompañante de Jos Van Buren.
Sin embargo, para su sorpresa, se encontró frente a un hombre de semblante agradable, moreno, de su misma edad, delgado y bronceado.
Era, por su aspecto, un caballero. El desconocido se inclinó y se presentó.
—Robert Willoughby, antiguo miembro de la Marina de Su Majestad y futuro miembro de esta colonia. —Señaló a un hombre de aspecto similar que estaba a su lado—. Y este es mi amigo Henry Daniels, también nuevo colono. Usted, señor, supongo que es un oficial de la guarnición.
—Michael Dean, señor, al servicio del Cuadragésimo Regimiento de Su Majestad —respondió Murdo con rigidez.