Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—Lo he pensado —admitió su hermano—, pero, de nuevo, es cuestión de dinero. Vendí a buen precio las ovejas para carne y podría llevarme las reproductoras. Y la tierra es gratis, creo. Hay acres y acres.

« Deja que el muchacho venda si eso es lo que quiere, o pídele a tu marido que le compre su parte » . Eso podría hacer, pensó Rachel; de hecho, lo haría si William realmente deseaba marcharse de Ulva. Empezó a hablar, pero William la detuvo.

—Aún no has visto los daños que ha causado el incendio, Shelley —le advirtió—, y yo aún no he calculado las pérdidas.

Serán cuantiosas, y todas las cosechas se han quemado.

No queda mucho, salvo esta casa, gracias a Andrew y a la valiente Nelly Finch.

Pero, si alguien tiene que quedarse con Ulva, confieso que me gustaría que fueras tú.

Rachel no dijo nada más. Nelly había conseguido preparar algo y se sentaron a comer, acompañados de Aaron y los dos convictos. Todos se sentían abatidos y aturdidos por la muerte de Andrew.

* * *

George llegó a la mañana siguiente. Iba montado en un caballo cojo y cubierto de espuma.

La frenética ansiedad de su esposo por ella conmovió a Rachel hasta lo más hondo.

El hecho de que hubiera cabalgado toda la noche era una muestra de su amor y preocupación.

Ella se aferró a él, le contó lo de la muerte de Andrew y, por fin, dejó fluir las lágrimas.

George seguía firme a su lado cuando regresaron las esposas de los trabajadores, ilesas, pero con una terrible historia sobre los estragos del incendio en toda la zona.

Solo la casa de Rafe Dickson y la granja del gobierno en el vado Emu se habían salvado, gracias a que el viento había cambiado de dirección.

Ese cambio, reflexionó Rachel, debió de producirse mientras yacía inconsciente, a tres millas de su destino.

—Cuatro de los convictos huyeron —continuó una de ellas, Dorcas Cain.

La mujer se estremeció—. Son tipos peligrosos, nos dijo el superintendente.

Salteadores de caminos recién llegados de Inglaterra.

Al parecer, estaban trabajando cerca de la casa de los Dickson cuando un hombre armado, bien vestido y de buenos modales, atracó a los capataces y les robó los mosquetes y los caballos.

Como íbamos solas, teníamos miedo de encontrarnos con ellos, pero, gracias a Dios, no les vimos ni el rastro.

Pero ella sí que los había visto, pensó Rachel con cierto sentimiento de culpa.

Se preguntaba por qué no había dicho nada, ni siquiera a William, sobre los acontecimientos que le habían impedido llegar al vado Emu.

No le habían hecho ningún daño; más bien, la habían ayudado.

Habían capturado a Minstrel. Y el hombre de ojos grises y voz de caballero, con Dios sabe qué riesgo, había conseguido, de alguna manera, entregar su petición de ayuda al superintendente de la granja gubernamental.

Miró a su marido con ojos inciertos, pero George malinterpretó su muda pregunta y le dijo con delicadeza:

—Tu hermano quiere que Andrew Hawley sea enterrado aquí, querida.

Dice que eso es lo que él habría querido, y yo estoy de acuerdo, si tú también lo estás.

Esta era su tierra. Hemos encontrado junto al arroyo un lugar verde y tranquilo al que no llegó el fuego. Más adelante podremos poner una lápida.

Rachel dudó un instante.

—Sí —dijo—. Creo que es lo que Andrew habría querido, pero Will quiere marcharse de aquí y vender la propiedad. Su parte, claro está, porque la otra parte es mía.

George la rodeó con el brazo por la cintura y la atrajo hacia sí.

—Compraremos su parte, amor mío, ya se lo he dicho. Aaron Finch puede encargarse de la granja hasta que yo haya dejado el tribunal. Eso es lo que quieres, ¿no?

Ella lo miró con gratitud.

—Sí, eso es lo que quiero. Gracias, George.

El sencillo funeral se celebró esa noche, cuando William hubo regresado de reunir el ganado disperso. Con los ojos enrojecidos por las lágrimas, Rachel observó cómo bajaba al sepulcro el ataúd de tosca talla. William cogió una pala para cubrirlo, primero con tierra y luego con césped.

Eso era, se dijo una vez más, lo que Andrew habría querido. Bathurst, donde descansaba su madre, estaba demasiado lejos, pero eso ya no importaba: el propio Andrew estaba seguro de que su espíritu iría adondequiera que su Jenny lo estuviera esperando.

Entre sonoros gemidos y con el anguloso rostro enrojecido e hinchado por el dolor, Nelly Finch puso en la mano de Rachel una ramita de acacia.

Estaba quemada y marchita, pero sus flores amarillas olían dulce.

Rachel la tomó y la colocó sobre los cuadrados de césped que cubrían la tumba.

Los fragmentos de césped se unirían, se dijo a sí misma, y, con la ayuda de Dios, la acacia volvería a florecer en todo su esplendor dorado cuando la lluvia acudiera a refrescar la tierra reseca.

Ese sería un lugar adecuado para que el hombre bueno y valiente que había sido Andrew Hawley descansara en paz para siempre.

Se volvió. George ya la estaba esperando para ofrecerle el brazo y llevarla de vuelta a la casa.