Capítulo 9 #3
Esa vez, empero, los instintos le decían a Rachel que Andrew necesitaría algo más que descansar.
No podía caminar, pues apenas era capaz de mover las manos y los pies.
Después de que, con un gran esfuerzo, ella y Nelly lograran llevarlo a la casa y acostarlo con cuidado en la cama, perdió el conocimiento.
Solo quedaba un cubo del agua que Nelly había guardado en la cocina.
Con él, intentaron refrescar y calmar el cuerpo febril y el rostro ardiente de Andrew, para que, según la chica, pudiera descansar más cómodo.
Pero el aire, tanto dentro como fuera de la casa, estaba aún cargado de humo y cenizas; los edificios seguían ardiendo.
La respiración de Andrew se hizo más dificultosa, y el pulso en su muñeca, más débil y difícil de encontrar.
Rachel se sentó a su lado y estrechó una de sus manos entre las suyas. Nelly le llevó una taza de té que ella bebió con gratitud, aunque rechazó cualquier otro refresco.
—Se está muriendo, ¿verdad, señorita Rachel?
—dijo la chica con tristeza. Se detuvo al borde de la cama para mirar con ansiedad el rostro inmóvil de Andrew—.
Y me temo que no hay nada más que podamos hacer.
El señor se ha consumido abriendo el cortafuegos.
Pero supongo que esta es la voluntad de Dios.
O la de Andrew, pensó Rachel, recordando la forma en que él le había hablado del futuro la noche de su llegada.
Un futuro incierto, calculado, tal vez, en meses o semanas por el doctor Redfern.
Las palabras de su padrastro le acudieron a la mente, como si él las estuviera pronunciando en ese preciso momento:
«No me gusta mucho ser un peso muerto aquí.
Echo de menos a tu madre. Cada día que pasa, la echo más de menos.
Quiero ir con ella, esté donde esté. —Los dedos de Rachel se aferraron a la mano grande e inmóvil, tan llena de ampollas como las de la pobre Nelly, por el duro trabajo con la pala y el hacha—.
Soy un hombre temeroso de Dios —había continuado él— y creo en la vida después de la muerte, tal y como lo dicen las Escrituras.
Estoy seguro de que mi Jenny me está esperando en algún lugar».
Se agitó de repente, abrió los ojos y miró a su hijastra con fijeza. Cuando él le agarró la mano, Rachel se tensó.
—Jenny —dijo con la voz clara, bien marcada—. Qué alegría volver a verte, mi amor. Ha pasado mucho tiempo, pero… ahora estás aquí. Alabado sea Dios.
En la penumbra, la estaba confundiendo con su madre, pensó Rachel, por el gran parecido entre las dos.
Y ella tenía el mismo pelo castaño rojizo de su madre.
Pero descubrió que Andrew miraba más allá, sonriente.
De una manera extraña, su rostro demacrado y surcado de arrugas se había suavizado en líneas juveniles.
Luego se quedó quieto. Su mano aflojó el agarre y sus ojos perdieron el brillo.
Ahora ciegos, permanecieron fijos en algún punto por encima de la cabeza de Rachel.
Ella se inclinó apenas hacia adelante y los cerró.
Tenía sus propios ojos secos, consciente de que no podía llorar esa muerte, ya que su padrastro se había marchado sin remordimientos y con la firme convicción de que la mujer amada había ido a recibirlo.
Cuando William entró poco después, Rachel seguía sentada junto a la cama. Él comprendió la situación de un vistazo, se colocó detrás de su hermana y apoyó las manos en sus hombros.
—Nelly me ha contado lo que ha hecho Andrew, que Dios lo tenga en su gloria. Parece… Shelley, parece veinte años más joven. Y feliz.
—Sí —asintió ella—, feliz y en paz, Will. Sabía que el fin se acercaba, pues el doctor Redfern se lo había anticipado. Me ha dicho que no tenía miedo. Creía que mamá lo estaba esperando.
—Y quizá era así —dijo William en voz baja.
Ayudó a su hermana ponerse en pie y salieron juntos—.
Han llegado los hombres de la granja del gobierno, pero ya no pueden hacer gran cosa.
Pasarán aquí la noche. El capataz me ha prometido que levantará unos corrales y me ayudarán a guardar las ovejas al amanecer.
—¿Has conseguido salvarlas, entonces?
William se encogió de hombros.
—El ganado se ha salvado casi por completo; solo hemos tenido que derribar las vallas y dejar a los animales salir.
Hemos salvado a la mitad de las ovejas reproductoras y a dos carneros.
El resto… —Suspiró—. El resto es ceniza, como los edificios, por desgracia.
Eran demasiadas y se habían dispersado mucho, Shelley, y estaban enloquecidas de miedo.
También hemos perdido dos perros mientras intentábamos reunirlas.
—Lo siento muchísimo, Will. ¿Significa eso…?
—¿Que estoy arruinado? —terminó la frase y se encogió de hombros—.
Supongo que sí. Vaya, la tierra se recuperará, el fuego se extinguirá y la sequía terminará tarde o temprano.
Pero necesitaremos a un hombre con capital para volver a poner este lugar a producir, a repoblarlo y a limpiar el desastre.
Quizá uno de esos aventureros adinerados a los que Andrew se oponía con tanta vehemencia: uno de los colonos preferidos del comisario Bigge.
Voy a dejarlo, Shelley. Si Andrew estuviera vivo, me quedaría por él, por lo que este lugar y esta casa significaban para él.
Pero ahora se ha ido y no hay razón para quedarse.
Rachel recordó lo que Andrew le había dicho y preguntó, llena de dudas: «¿Te irás a la Tierra de Van Diemen, a Launceston?».
William fijó en ella la mirada y luego soltó una risa sin alegría.
—Así que Andrew lo había adivinado. ¡Nunca lo engañé!, aunque, maldita sea, lo intenté con todas mis fuerzas.
—¿Es ahí adonde quieres ir? —insistió Rachel.