Capítulo 9 #2
Rachel se volvió y, atónita, con el corazón encogido, notó que lo que acababan de decirle no era más que la verdad.
El viento debía de haber cambiado mientras ella yacía inconsciente, porque arrastraba las llamas en dirección a Ulva.
No pudo contener un grito de consternación.
¿Habría advertido Andrew el peligro y se habría marchado con Nelly y las esposas de los jornaleros en la carreta que William había preparado para ellos?
No tenía forma de saberlo. Solo podía adivinar cuánto tiempo había estado allí tendida, indefensa.
A juzgar por la posición del sol, debían de haber pasado, al menos, dos horas.
—La acompañaremos al vado —se ofreció el hombre de ojos grises. Hizo un gesto a uno de sus compañeros, un gigante moreno y barbudo vestido con un manchado traje de molesquín—. Mi caballo, Giff, por favor.
El hombre parecía dispuesto a discutir. Llevó el caballo, pero se metió en una disputa en voz baja de la que Rachel solo captó unas cuantas palabras, si bien le bastaron para convencerla de que su primera impresión había sido acertada: a pesar del acento caballeroso y la ropa bien cortada de la persona con la que había estado hablando, era un grupo de fugitivos; bandoleros, tal vez, cuya renuencia a acercarse a la granja del gobierno era comprensible.
Recuperado el aliento, ella le dijo:
—No se preocupe por mí, se lo ruego. Voy a volver a la granja, a Ulva, no al vado. ¡Tengo que volver!
Él intentó detenerla, pero Rachel fue más rápida, se le adelantó y espoleó a Minstrel. La mano de su salvador intentó agarrarla, pero no alcanzó las riendas por centímetros.
—¡Vas hacia tu muerte, niña! —gritó enfurecido—. ¡Vuelve, por el amor de Dios, vuelve!
Él, que ya estaba en su propio caballo, se dispuso a seguirla; sin embargo, cuando Rachel, presa del pánico, volvió la cabeza atrás, vio que el gigante de barba negra había detenido la carrera de su compañero tirando de su montura hacia atrás con una fuerza salvaje.
Rachel clavó los talones en los ijares de Minstrel, decidida a poner toda la distancia posible entre ella y cualquier perseguidor.
Pero no hubo ningún perseguidor; solo una voz que le llegaba apenas a los oídos.
No estaba segura de haber oído bien. Sonaba como una promesa de entregar su mensaje a la granja del gobierno…
, aunque podría haber sido todo lo contrario.
En cualquier caso, pensó aturdida, incluso si el superintendente de la granja enviara ayuda, tal vez llegaría demasiado tarde, como había advertido el fugitivo de ojos grises.
Solo podía rezar para que Andrew hubiera escapado de la granja antes de que el fuego la alcanzara y…
Sintió el miedo como un dolor de garganta.
Rezaba también por que William y sus hombres hubieran conseguido, contra todo pronóstico, salvar el ganado.
Siguió cabalgando. Tenía que espolear a Minstrel con la voz y las manos, ya que estaba asustado.
Miraba las sombras, nervioso, reacio a aumentar la velocidad.
También estaba cansado. Tropezaba con más frecuencia y llevaba las orejas gachas, como para no oír el rugido crepitante de la maleza y los árboles en llamas.
Al llegar al arroyo, ella vio que las construcciones de los Dickson estaban intactas.
Dio el rodeo necesario y se percató, con horror, de que se encontraba detrás del fuego y siguiendo su estela.
Las llamas enrojecían el humo que se elevaba.
A todo su alrededor se extendía una escena de terrible desolación: madera ennegrecida y grandes eucaliptos reducidos a cenizas.
Aquí y allá había cadáveres informes de animales, tanto silvestres como domésticos, que no habían podido escapar de la implacable embestida del fuego.
Se volvió hacia el río con los nervios a punto del quiebre, cuando oyó los gritos espeluznantes, casi humanos, de un canguro aterrorizado que había quedado aislado por las llamas.
Por el suelo cubierto de cenizas corría a saltos otra veintena en un intento frenético por ponerse a salvo.
La embestida concertada de los canguros y sus extraños sollozos aumentaron la renuencia de Minstrel a continuar.
A pesar de que Rachel era una experta amazona, sus propias fuerzas estaban menguando y, con ello, su capacidad para obligar a su montura a obedecer.
Una cerda con su camada de lechones, que había escapado de las tierras de los Dickson, fue la gota que colmó el vaso.
Las criaturas emergieron del humo casi a los pies de Minstrel, chillando y gruñendo.
El caballo se encabritó, alarmado, y enseguida se detuvo por fin, con toda su obstinación y el cuerpo tembloroso.
Los lechones, mientras tanto, salían de la maleza corriendo tras su madre como unos salvajes.
Rachel se bajó de la silla. El humo la ahogaba y la hacía jadear.
Con dificultad, mantuvo firme al gran caballo gris.
Consiguió arrancar un trozo de su falda y usarlo para vendarle los ojos.
Se puso otro trozo a modo de tapujo para protegerse un poco del humo y siguió avanzando a pie, conduciendo a Minstrel por la brida.
El animal se dejó llevar por unos cien metros, pero, en un momento dado, sacudió la cabeza y desapareció al galope por donde habían venido.
Rafe Dickson se encargaría de él, pensó Rachel con cansancio, y quizá también de las yeguas, siempre y cuando el fuego no cambiara de rumbo.
Siguió avanzando a trompicones, medio ciega y al borde del agotamiento por el calor sofocante y el humo, hasta que, por fin, divisó Ulva…
o lo que quedaba de ella. Los edificios habían desaparecido, tanto los establos como el granero con su preciada reserva de maíz.
El corral y las vallas del potrero eran esqueletos ennegrecidos, informes e irreconocibles, como lo habían sido los cadáveres de los animales.
Pero, para su asombro y estupor, vio que la casa seguía en pie, con los cimientos de piedra casi intactos y el tejado un poco arañado, pero aún en su sitio.
Delante había un foso poco profundo, un cortafuegos que, de manera milagrosa, había contenido las llamas.
Mientras ella se tambaleaba cansada hacia la casa que había sido su hogar, vio una figura encorvada, medio tumbada, medio sentada, en los escalones del porche.
Rachel sabía que solo podía ser Andrew. Con todo su cansancio, recogió los pliegues de su enagua y corrió hacia él, orando en silencio.
Estaba vivo, pero apenas consciente. Su respiración era irregular y dificultosa.
Tenía el rostro y todo el cuerpo bañados en sudor.
Con un grito de angustia, Rachel cayó de rodillas a su lado y lo abrazó con fuerza.
—Andrew, ¡oh, querido Andrew! ¿Por qué te has quedado? El carro estaba allí, William lo había dejado listo, con los caballos enganchados. ¿Por qué no te has ido?
Para su sorpresa, fue Nelly Finch quien le respondió. La chica salió de la casa tambaleándose, con una taza de barro en la mano. Tenía el sencillo y cuadrado rostro enrojecido por el esfuerzo y la ropa tan ennegrecida por el humo y la suciedad como la propia Rachel.
—El señor no ha querido irse, señorita Rachel —dijo—.
Estaba decidido a salvar la casa. En cuanto ha visto que el fuego se acercaba, ha metido a las mujeres y a los niños en la carreta.
Ha dicho que, si conseguía despejar los árboles y la maleza de la parte delantera, podría salvar la casa.
Y eso es lo que ha hecho, señorita Rachel: ha trabajado como un loco, sin parar ni siquiera para tomar un respiro.
—Y tú te has quedado para ayudarlo, Nelly —logró decir Rachel con voz temblorosa—. No te has ido con los demás.
Nelly se arrodilló al lado de Andrew y le puso el vaso en los labios. Tenía las manos enrojecidas y ampolladas.
—Por supuesto, señorita Rachel —respondió—. El capitán Hawley ha sido muy bueno conmigo, así que no iba a abandonarlo. —Su voz se suavizó y adquirió un tono suplicante—. ¿No quiere beber, señor? Es un trago de su mejor brandy, y le sentará bien, señor, de verdad.
Andrew bebió por obediencia. Al cabo de un rato, abrió los ojos. Cuando vio a Rachel, su rostro demacrado se iluminó con una sonrisa.
—¡Gracias a Dios que estás a salvo, niña! Y la casa de tu madre sigue aquí. ¿Sabes algo de Will?
Rachel se vio obligada a negar con la cabeza.
—No, todavía no, Andrew.
—Ha tenido tiempo de sacar el ganado, pero me temo que con las ovejas será otra historia. ¿Has conseguido llegar al vado Emu?
—He podido enviar un mensaje. Yo…
—Deberías haberte quedado allí —la reprendió Andrew—. Querida niña, no deberías haber vuelto.
Nelly se puso en pie y se secó el sudor de la cara con el bies de su vestido. Ahora que eran dos, sugirió con tono práctico, deberían llevar a Andrew a la casa.
—Yo sola no puedo llevarlo —le confió a Rachel después de haber bajado la voz hasta un susurro ronco—.
Se ha desmayado de repente, ¿sabe? En un momento estaba blandiendo el hacha, y al siguiente…
—Suspiró y, con un hábil movimiento, deslizó la mano bajo las rodillas flácidas de Andrew y apoyó la cabeza del viejo en su amplio pecho—.
Sí, señorita Rachel, ya lo he visto tener estos ataques, pero, por lo general, se recupera si descansa un rato.