Capítulo 9
Fue William, que había salido al amanecer, quien informó a Rachel del incendio. Entró en el dormitorio de su hermana con el rostro ennegrecido por el humo y la camisa empapada en sudor. En pocas palabras, le contó los detalles del incendio.
—El viento sopla del sureste. Mientras siga así, la casa y los edificios corren poco peligro.
Pero, si cambiara, yo tendría que llevar el ganado al río y, quizá, cruzarlo.
Eso nos llevará todo el tiempo a Aaron, a mí y a los otros dos.
¿Podrías ir a la granja del gobierno, Shelley, y pedir ayuda?
Tendremos que despejar cortafuegos para evitar que se propague…
Y es por el bien de ellos, no solo del nuestro, porque el fuego se dirige hacia allí.
Rachel se incorporó sobresaltada y se frotó los ojos para quitarse el sueño.
No hacía falta oír más para comprender el peligro que corrían.
Tenía muy presente la terrible devastación que causaban esos incendios, así que, antes de que su hermano terminara de hablar, ya se había levantado de la cama y estaba empezando a vestirse.
—Te dejo a Minstrel ya ensillado —concluyó William.
—¿Y Andrew? —preguntó Rachel—, ¿se lo has dicho?
—No —William negó con firmes movimientos de cabeza—.
Sigue durmiendo. Pero ya se lo he dicho a Nelly Finch y voy a dejar dos caballos de tiro y un carro, por si el fuego llegara hasta aquí.
Antes de irme, me aseguraré de que estén enganchados.
—Sonrió apenas—. Cabalga lo más rápido posible, Shelley, y, si puedes, avisa a los Dickson cuando pases por su casa.
Rafe también querrá mover su ganado. ¡Adiós, y que Dios te proteja!
Se marchó. Rachel se vistió a toda velocidad y, tras asegurarse de que Nelly Finch supiera qué hacer, corrió hacia los establos.
William había cumplido su palabra: Minstrel, el caballo gris, estaba ensillado, listo para ella.
También vio un carro abierto y los dos caballos de tiro atados a un lado, comiendo de sus morrales con aire satisfecho.
Por el momento, ninguno de los animales mostraba signos de alarma, pero cuando, Rachel sacó a Minstrel al potrero, el olor picante del humo invadió sus fosas nasales.
A lo lejos, pudo distinguir una nube negra y amenazadora que se cernía sobre las copas ondulantes de los eucaliptos alrededor del río.
Sabía que el agua estaba baja; en algunos lugares, solo un hilo fluía por el lecho casi seco.
Por suerte, cerca de la entrada de Ulva, a unos ciento cincuenta metros de los edificios, había un arroyo que, por lo que ella recordaba, nunca se había secado, ni siquiera en las sequías más prolongadas.
Allí podrían refugiarse en caso de que las cosas se pusieran feas; al menos, Andrew, las mujeres y los niños, se dijo a sí misma.
El lecho amplio del río actuaría como cortafuegos natural mientras el viento no cambiara.
Pero William tendría mucho trabajo si se viera obligado a conducir el ganado al otro lado, ya que la orilla opuesta era una roca escarpada cubierta por árboles.
Incluso las ovejas más ágiles tendrían dificultades para encontrar puntos de apoyo.
Rachel clavó los talones en los costados de Minstrel y el gran castrado se lanzó a un largo galope, con la cabeza gacha y sin necesidad de usar el acicate.
Tenía por delante apenas cinco millas para llegar al vado Emu y la granja del gobierno, pero un arroyo al borde de la propiedad vecina la obligaba a dar un rodeo de casi una milla.
Rachel decidió que, incluso desviándose más, hacia la granja de los Dickson, debería llegar al vado en menos de una hora.
Por otra parte, Rafe Dickson, con toda probabilidad, habría visto las nubes de humo y no necesitaría ningún aviso.
La tierra de Ulva llevaba mucho tiempo despejada de matorrales y árboles, salvo en las orillas del río.
La primera parte de su viaje por pastos y tierras cultivadas la completó muy pronto, con Minstrel a un ritmo constante y sin apenas sudar.
Al llegar al límite de la concesión de Ulva, abrió la puerta del potrero y redujo la velocidad lo suficiente como para liberar a dos yeguas con sus potros.
Estas galoparon detrás, a paso lento, a través de una zona boscosa, ya en las tierras de los Dickson.
Ni ellas ni Minstrel parecían nerviosos.
Luego, al mirar por encima del hombro mientras se alejaba de los árboles, notó que, aunque las nubes de humo ya tenían un tono rojizo, no se habían acercado.
Sin embargo, algunos animales salvajes corrían alarmados.
Delante, una bandada de periquitos alzó el vuelo con un chillido.
Vio también a una docena de canguros saltar entre los árboles en su carrera hacia el río.
Al llegar a casa de los Dickson, se sintió desconcertada, pues no encontró a nadie. También se vio obligada a perder diez preciosos minutos hasta que Rafe y su esposa despertaron de lo que, por lo visto, había sido un sueño muy profundo.
—¿Un incendio forestal, señorita Rachel?
¡Dios mío, con todo el campo seco como una piedra!
—Rafe maldijo en voz alta y luego se disculpó—.
¿Va a pedir ayuda a la granja del gobierno?
Bueno, hay un grupo de convictos trabajando a menos de un kilómetro de aquí, junto al camino de carros; al menos, ayer estaban allí. Quizá le ahorre ir a buscarlos.
Le dio indicaciones vagas que Rachel le agradeció, aunque habría preferido que enviara con ella a uno de sus hijos para ayudarla a localizar al grupo.
Los Dickson tenían cuatro hijos fornidos en su pequeña granja.
Allí sostenían un ganado compuesto por cerdos y cabras, sobre todo, además de un rebaño de entre sesenta y setenta ovejas de Bengala, criadas más por la carne que por la lana.
Rafe y sus hijos tendrían tiempo de sobra para reunirlas y, si fuera necesario, llevarlas a un lugar seguro; incluso si, al igual que sus padres, los chicos seguían durmiendo la mona después de lo que, ella sospechaba, había sido una noche de borrachera.
Rechazó el refresco ofrecido y siguió cabalgando por el borde del arroyo.
Una vez más, se encontró en terrenos sin despejar, entre eucaliptos y árboles de corteza fibrosa.
De algún modo, acababa de perder el camino de carros que Rafe Dickson le había mencionado.
En su esfuerzo por encontrarlo, llegó a perder de vista el río.
Luego, ansiosa por recuperar el tiempo perdido, se echó sobre la silla para evitar las ramas de los árboles, que crecían en abundancia y amenazaban todo el tiempo con impedirle el paso, y espoleó a Minstrel.
Desde algún lugar no muy lejano oyó el ruido sordo de unos cascos y el relincho de un caballo.
Minstrel respondió con un resoplido. Rachel se volvió en busca de las yeguas que, supuso, aún la seguían.
Bastó un instante de distracción para que Minstrel tropezara con una raíz expuesta y cayera de rodillas.
Ella salió disparada por encima de la cabeza del caballo y aterrizó con un fuerte golpe sobre el duro suelo.
Por instinto, quiso aferrarse a las riendas, solo que el caballo gris se levantó de inmediato, se le soltó de las manos y le dio un golpe en el pecho con la mano herrada.
Luego fue a adentrarse en el bosque, alarmado, resoplando.
Rachel quedó tendida donde había caído, sin aliento, envuelta en una espesa niebla que ofuscaba sus sentidos.
Cuando recuperó el conocimiento, ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado inconsciente.
Vio a un hombre inclinado sobre ella, así como a otros tres de pie.
Uno de ellos tenía a Minstrel por las riendas.
El pelaje gris del caballo estaba cubierto de espuma y polvo.
Un cuarto hombre, a unos metros de distancia, sujetaba los caballos de los que los hombres habían desmontado para acudir en su ayuda.
Rachel miró de uno al otro y al otro con incertidumbre.
Notó su aspecto desaliñado y las ropas raídas.
Su primer pensamiento fue que debían pertenecer al grupo de presos que había estado buscando; pero no estaban encadenados ni vestían el uniforme distintivo que los convictos de la granja gubernamental estaban obligados a llevar, y…
dos de ellos iban armados, con mosquetes colgados al hombro.
Intentó incorporarse, presa del miedo, pues se daba cuenta de que, con toda probabilidad, se trataba de fugitivos.
Entonces, el hombre que estaba arrodillado a su lado le dijo con suavidad:
—No creo que esté muy lastimada, señorita. Déjeme ayudarla a ponerse de pie y asegurarnos de que no tiene ningún hueso roto.
Era una voz culta, la inconfundible voz de un caballero. Mientras él la ayudaba a levantarse, Rachel vio que era alto y vestía con elegancia. Tenía el rostro delgado y con los rasgos bien marcados. Su par de ojos grises, alertas hasta provocar asombro, la estudiaban con atención.
—Estoy bien —logró decir con voz temblorosa—. Gracias por ayudarme y… por atrapar a mi caballo. Yo tenía prisa y…
—¿Y su animal ha tropezado y la ha derribado?
—Él sonrió y puso una mano sobre el brazo de Rachel para darle apoyo—.
Bueno, él también está bien, lo cual es una suerte, porque el fuego se está acercando y destruyendo todo a su paso.
No sería prudente quedarse aquí mucho más tiempo.
Permítame ayudarla a montar y nosotros seguiremos nuestro camino.
Supongo que se dirige al vado Emu, ¿verdad?
—A la granja del gobierno. Voy en busca de ayuda. —Rachel explicó su misión y, cuando indicó de dónde venía, vio que su salvador fruncía el ceño. Pero él no dijo nada hasta que ella volvió a montar en Minstrel. Entonces, el hombre le pidió que mirara atrás.
—Me temo que su granja habrá sido arrasada y la ayuda llegará demasiado tarde. Mire, hay fuego por todas partes.