Capítulo 8 #4
—Entonces, habla, Katie, querida —la invitó George. Le estaba costando algún trabajo controlar su voz—, si te sirve de algo. Pero espero de todo corazón que no te vayas de Australia.
Katie lo miró entonces.
—Sé que no puedo irme, George. Solo he dicho que quería volver a Boston, y es la verdad: daría cualquier cosa por volver. Pero me quedaré aquí unas semanas y luego… iré a Pengallon. Se lo he prometido a Rick y sé cuál es mi deber.
Hablaba en voz baja pero decidida, y George tuvo que tragarse de nuevo las palabras que ansiaba decir y las preguntas que deseaba hacerle con desesperación.
Era evidente que Katie no tenía ni idea de los sentimientos que acababa de despertar en él; se horrorizaría si lo supiera…
Pero también era evidente que el matrimonio con Rick Tempest se encontraba en una situación precaria.
Como antes, él recordó con dolor el día en que ella había ido a su despacho para pedirle que organizara el viaje de vuelta a los Estados Unidos.
Entonces él la había tomado en sus brazos y le había prometido que se iría con ella, porque los crueles rumores que unían sus nombres eran, incluso para él, demasiado difíciles de soportar.
Pero todo había cambiado. Estaba casado con Rachel, y hacía mucho tiempo que los rumores habían quedado sepultados junto con los sueños que había tenido al lado de Katie y la vida que podrían haber compartido. Además, estaba Magdalen.
Como si Katie quisiera hacerse eco de sus pensamientos, cambió pronto de tono y preguntó:
—Tienes una hija, ¿verdad? Abigail me lo dijo.
—Sí, tenemos una hija, una niña encantadora que se llama Magdalen, en honor a la viuda de mi hermano. Está empezando a hablar y se mete en todas las travesuras que puedas imaginar.
Mientras hablaba, George casi podía ver a su pequeña hija de pie en la cuna, con los bracitos regordetes extendidos para recibirlo y una sonrisa pícara mientras gritaba «¡papá!, ¡papá!». Adoraba a la niña, reflexionó; no, más que eso, estaba locamente enamorado de ella y…
—Pobre Katie —dijo con torpeza—, puedo entender cómo te sientes. No sé qué haría yo si perdiera a Magdalen. Debes de estar desconsolada.
—Sí —admitió Katie—. Lo estaba, y la soledad era más de lo que podía soportar.
Cuando Annabel aún estaba allí, podía charlar con ella, ¿sabes?
, y… —Se interrumpió y se sonrojó de nuevo—.
Una se siente tan impotente cuando tiene que cuidar de un niño enfermo…
Pero… basta ya de hablar de mis problemas, no quiero molestarte más.
Y el barco del rey, el Tamar, ya ha echado anclas, así que no hay mucho más que ver, ¿no es así?
Excepto… ¿Ese no es el barco de Justin Broome, el que está frente al muelle del gobierno?
—Sí, el Elizabeth —confirmó George—. Regresó ayer de la bahía Moreton con el gobernador a bordo. Creo que va a acompañar al Tamar a la bahía Raffles, pero es posible que Justin no esté al mando. Se rumorea que le van a dar el Mermaid para que no tenga que marcharse de este puerto.
—Eso será un alivio para Jessica —dijo Katie. Se levantó y se enderezó frente a él, aunque tambaleándose un poco. Se aferró al respaldo del asiento en busca de apoyo. Por instinto, George extendió la mano para cogerle el brazo, pero ella negó con la cabeza y retrocedió.
—Estoy bien, solo es un poco de mareo. El doctor Bowman dice que se me pasará. Volveré despacio a la entrada, no te preocupes. Es justo este aire fresco y el ejercicio lo que necesito. Llevo demasiado tiempo haciéndome la inválida.
—Al menos, déjeme acompañarte —insistió George, preocupado por la evidente fragilidad de su amiga, pero ella volvió a negar con la cabeza.
—Abigail vendrá a recogerme en su carruaje a las cinco y daremos un paseo.
Luego iremos a escuchar el concierto de la banda.
—Katie sonrió apenas—. Sin duda, toda la sociedad de Sídney estará allí, así que quizá sea mejor que no nos vean juntos, George, por muy buen amigo que seas.
Pero gracias por permitirme desahogar mis penas contigo. Y… au revoir.
Tendió la mano, pero apenas lo tocó. George la dejó marchar con una extraña mezcla de pesar y alivio.
La siguió a una distancia discreta hasta las puertas del Dominio y la vio subir al carruaje que ya estaba a la espera.
En él iban tres damas: Abigail, supuso, y sus dos hijastras.
Esperó a que el carruaje se alejara y se dirigió a paso tranquilo hacia la plaza Macquarie.
En eso, oyó una voz que lo llamaba con urgencia.
—¡Señor De Lancey, su señoría! Por favor, espere, señor, lo he estado buscando por todas partes.
Rodney Akeroyd, su secretario, se detuvo a su lado, jadeando. Llevaba solo la camisa y sudaba a chorros. George lo miró con sorpresa evidente.
—Bueno —dijo—, ya me ha encontrado. ¿Qué ocurre?
—Vengo de The Rocks, señor —le dijo Akeroyd—.
Me ha parecido reconocer a uno de los hombres que irrumpieron en el bufete, el grandullón pelirrojo.
Lo he seguido hasta una taberna, y estaba pensando en acusarlo cuando ha entrado un ganadero del vado Emu.
Lo que ha dicho me ha hecho olvidar todo lo demás, salvo encontrarlo a usted.
Hay un grave incendio forestal al este del río Nepean, al sur de la granja gubernamental, de donde venía ese vaquero.
Y ahí es adonde ha ido la señora De Lancey, ¿no es así, señor?
Así era, pensó George con el corazón encogido…
¡Dios, así era! Y con la larga sequía de los últimos meses, el matorral estaría seco como la yesca.
Solo necesitaría una chispa para convertirse en un infierno furioso.
Le dio las gracias al joven Akeroyd mientras trataba de mantener un férreo control sobre sí mismo.
—Iré de inmediato —añadió—. Y quizá sería usted tan amable de entregar un mensaje al juez Forbes. Cuéntele lo que ha sucedido y que volveré tan pronto como pueda.
Salió corriendo, invadido de repente por un terrible presentimiento.