Capítulo 8 #3
—No hasta que yo haya muerto, querida niña —dijo en voz baja—.
Pero, entonces… Os dejo Ulva en herencia a ti y a William.
Ese era el deseo de vuestra madre. Deja que el muchacho venda, si eso es lo que quiere, o pídele a tu marido que le compre su parte.
Podríais contratar a un administrador para que se encargue de la finca.
El ganado es de Will, pero podríais llegar a algún acuerdo con él.
Vender esa casa iría en contra de sus principios, pensó Rachel, pero… Quizá George estaría dispuesto a comprarla. Levantó la vista y esbozó una sonrisa forzada.
—Puedes contar con nosotros, querido Andrew. Pero aún no te has ido y… —Se interrumpió, pues Andrew parecía no haberla oído. Tenía los ojos cerrados y había dejado la pipa sobre la mesa.
Con una voz llena de emoción, él empezó a decir:
—«Pensad en los rebaños y manadas que sostendrá esta tierra, en las cosechas que aquí podrán cultivarse. Miradlo, hijos, porque lo que se extiende allá abajo es vuestro futuro».
Hubo un breve silencio. Luego, Andrew volvió a animarse. Cogió su pipa y, con su voz normal, grave y con un ligero acento, dijo:
—¡No, muchacha, esto no va a funcionar! Le he pedido a Aaron Finch que matara un cerdo joven para recibirte, pues tenía planes de que lo disfrutáramos esta noche. Pero, si se lo dejo a Nelly, seguro que no se podrá comer.
Rachel se levantó de un salto y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Iré a ayudarla, Andrew —prometió—, ¡y será un festín!
Lo dejó fumando satisfecho y se dirigió a la cocina. De repente, se sentía feliz por la tarea mundana que se había impuesto.
* * *
Todo Sídney salió a presenciar la llegada del buque de Su Majestad Tamar, de veintiséis cañones e imponente aspecto.
Mientras navegaba por el puerto, iba rindiendo el saludo habitual, con disparos de cañones y los marineros alineados en la impecable cubierta superior. Se detuvo a la entrada de la cala.
Al igual que todos los demás, George De Lancey había ido a buscar un lugar de privilegio en los jardines del Dominio para verlo entrar.
Era domingo. Después del servicio divino en la iglesia de Saint Philip, no tenía nada más que hacer.
Su pequeña hija, Magdalen, estaba durmiendo la siesta, en tanto que Rachel, su esposa, llevaba casi dos semanas fuera.
Dado que no tenía un motivo especial para volver a casa, se quedó disfrutando del agradable sol y de la fresca brisa del sur.
A veces intercambiaba alguna palabra con los transeúntes conocidos o tan solo advertía la paz que lo rodeaba.
Lo sorprendió la presencia de Katie Tempest en la distancia.
Por un momento, no la reconoció. Seguía siendo tan hermosa como él la recordaba, pero parecía dolorosamente delgada.
Caminaba con los hombros caídos y el paso un poco inestable.
Cuando estuvo más cerca, le llamó la atención la palidez mortal de su pequeño y picante rostro, medio oculto bajo un elaborado sombrero de flores.
El sombrero le sentaba tan mal que George se preguntó si se lo habría prestado…
Julia Dawson. Recordó con ironía que Julia tenía predilección por esos sombreros tan poco favorecedores.
—Señora Tempest. Katie.
El sonido de su voz la sobresaltó. Ella soltó una exclamación, se volvió y lo miró confundida.
—¡Ah, ah, eres tú! No esperaba… Quiero decir, no imaginaba que tuvieras tiempo para… hacer turismo.
—Es domingo —le recordó George.
—¿Sí? Lo había olvidado. Pero, claro, es domingo. Qué tonta debo de parecerte.
—Nunca te consideraré tonta, Katie. Infeliz, quizá, pero no estúpida.
Una oleada de rubor inundó las pálidas mejillas de la joven.
George tardó en recordar lo que Rachel le había dicho: que Katie había perdido al hijo que esperaba.
Sin ninguna razón que pudiera explicar a su esposa, no había prestado atención a los detalles, no había querido hacerlo.
Bajó la mirada hacia la chica por quien alguna vez había sentido el amor más profundo.
Se habría mordido la lengua por lo desconsiderado de su comentario. Trató de disimular:
—La llegada de uno de los barcos de Su Majestad siempre es un acontecimiento en Sídney.
Maldita sea, claro que la pobre chica estaba triste, y con razón, se reprochó a sí mismo. Además, estaba sola. Tempest no la acompañaba. No había ni rastro de Abigail ni de su marido; ni siquiera de las dos chicas Dawson.
—Tengo entendido que es la fragata Tamar, al mando del capitán Bremner. Él será el encargado de establecer un nuevo asentamiento en la costa norte.
—Sí, eso creo —respondió Katie. Recuperada, el color febril desapareció de sus mejillas. George volvió a notar lo mal que estaba. Le ofreció el brazo y le señaló un banco rústico a pocos metros de ahí.
—¿Nos sentamos? Hace mucho que no te veía, Katie.
—Más de dos años. —Ella lo tomó por el brazo y dejó que la condujera al banco. Se sentó con lo que, sin duda, fue un suspiro de alivio y cansancio—. He estado viviendo en la selva. Pero tú… Ahora eres juez del Tribunal Superior, ¿no?
—Sí —confirmó él, incapaz de seguir el hilo de la conversación.
Katie, sin embargo, aprovechó el tema.
—¿Alguna vez, en los viejos tiempos en Boston, imaginaste que te convertirías en juez en Nueva Gales del Sur?
George negó con la cabeza.
—Ni en mis sueños más descabellados, Katie. Lo máximo que esperaba en aquellos días era establecerme como abogado en lo que consideraba mi tierra natal. Ambos hemos recorrido un largo camino desde aquella querida tierra, ¿no es así?
—Sí, así es. —Katie hablaba con tono melancólico y él alcanzó a ver que le temblaba el labio inferior. Aun así, la mujer continuó con bastante compostura—: Quiero volver, George. No creo que llegue a sentirme nunca como en casa en este lugar. Pero tú sí, ¿verdad?
¿Eso sentía?, se preguntó. De inmediato se respondió que sí, que se sentía en casa, como Katie acababa de decir, y que no deseaba volver a Boston.
La guerra había contribuido a sus sentimientos, por supuesto.
Aquella guerra, con su culminación en Waterloo y la trágica muerte de su hermano, le había dejado con un anhelo de echar raíces y de encontrar la paz y un propósito por el que mereciera la pena vivir.
Y eso era lo que había encontrado: tenía una esposa y una hija, satisfacción profesional en su trabajo y un futuro por delante… ¿Qué más podía desear un hombre?
Respondió con sinceridad a la pregunta:
—Sí, Katie, me siento como en casa. Pero tú… Lamento que quieras volver. No puedo expresar con palabras cuánto lo lamento. Quizá porque te ha tocado vivir en lo más agreste. No todos estamos hechos para ese tipo de vida, bien lo sabes.
—No —admitió ella con rotundidad. —Pero, en todo caso, prefiero Pengallon a Sídney.
Al menos, allí no hay chismorreos ni rumores crueles ni…
Ni amargas rivalidades sociales ni facciones elitistas.
Aquí uno es muy consciente de las barreras que imposibilitan la amistad entre la gente rica y libre y los pobres que algún día fueron delincuentes.
Y eso se extiende incluso a la segunda generación: los australianos nativos, a los que Julia Dawson llama los niños de la moneda colonial.
—Julia es un ejemplo extremo —protestó George.
—Sí, lo sé. —Katie contuvo un suspiro—. Vivo a su sombra, así que soy parcial. Quizá.
—Hay otros lugares menos aislados que Pengallon, Katie.
¿No crees que tu… —titubeó antes de pronunciar la palabra— tu marido podría considerar la posibilidad de hacer un intercambio?
Pronto abrirán el valle de Hunter a la colonización, con concesiones de mil acres; en algunos casos, incluso más, creo. También está…
Katie lo interrumpió con un gesto enfático.
—Rick no quiere ni oír hablar de irse de Pengallon.
He intentado convencerlo y he fracasado de manera estrepitosa.
Yo… Oh, George, no es que yo no haya logrado adaptarme a las condiciones de allí.
Ahora sé montar muy bien a caballo. Sé pastorear ganado y ovejas, lavar lana y cocinar, y puedo cultivar verduras.
Cuando estoy ocupada, aquello no es insoportable, pero a Rick no le gusta que haga lo que él considera trabajo de hombres.
Se supone que debo limitarme a la cocina y a los hijos.
Solo que… —Apretó los dientes con fuerza contra el labio inferior—.
Solo que, ahora, el cuarto de los niños está vacío, ¿sabes?
Mi querida niña, mi Annabel, murió hace tres meses, y…
perdí al bebé que llevaba en mi vientre.
Vine aquí a dar a luz, pero no sirvió de nada.
Rick deseaba tanto tener un hijo, y yo también, pero el niño… El pobre angelito nació muerto.
George escuchaba su confesión conmovido.
Afligido y sin palabras para expresar su pena, tomó una de las pequeñas y frías manos entre las suyas y la llevó suavemente a sus labios.
Para su consternación, volvió a sentir un anhelo que creía muerto hacía mucho tiempo.
Soltó la mano de Katie, como si le hubiera picado.
Se sintió avergonzado del poderío de sus propias emociones.
Ella, evitando su mirada, dijo:
—No sé por qué te estoy contando todo esto. Yo… no tengo derecho, ningún derecho. Perdóname, George, yo…
—¡Tienes todo el derecho, Katie! —la interrumpió George en una explosión—.
Por el amor de Dios, ¿no nos conocemos desde la infancia?
¿No crecimos en el mismo país, en la misma ciudad?
Si no puedes hablar conmigo, ¿con quién?
—Estuvo a punto de añadir «y te quiero», pero se las arregló para contener esas palabras tan reveladoras.
En su lugar, dijo con torpeza—: Estoy seguro de que soy tu amigo más antiguo.
—Oh, sí —asintió ella con tono aliviado—. ¡Querido George, claro que lo eres! Y hablar contigo me ha ayudado. El… Parece que he tenido que reprimir mis sentimientos durante mucho tiempo. Incluso ante Abigail, que es una de las mujeres más amables del mundo.