Capítulo 8 #2
Sin embargo, a pesar de la advertencia de William y de su propia determinación, le costó mucho no delatar su desasosiego cuando, al oír su voz, Andrew se levantó de la silla y se acercó cojeando para recibirla.
El cambio era alarmante. Siempre había sido un hombre grande, robusto, de hombros anchos; ahora parecía encogido de una manera extraña.
La ropa le quedaba grande, como si fuera de otra persona.
No le faltaba el porte militar: aún caminaba erguido, con la cabeza alta, pero, bajo el cabello blanco, sus mejillas sonrosadas habían perdido el color de la salud.
—¡Rachel, mi querida hija! —Se sintió agasajado al verla y la abrazó con cariño—.
Will me dijo que iba a tratar de convencerte de que volvieras con nosotros por un tiempo, pero temí que no lo lograría.
No hace falta decir que estoy encantado de que lo haya conseguido.
¡Estás radiante! El matrimonio y la maternidad te sientan muy bien.
—Sí, sin duda —logró decir Rachel.
Lo besó en la mejilla arrugada y se aferró a él como solía hacer de niña. Él le preguntó por George y por la pequeña Magdalen. Luego, cuando intentó explicar su ausencia en el bautizo, frunció el ceño.
—Te echamos de menos, querido Andrew. Pero lo entendimos.
—Ya no soy el que era —dijo él con tristeza.
La soltó y sonrió—. Querrás lavarte la suciedad del viaje, sin duda.
Con esta sequía, hay un polvo infernal en la carretera y, por desgracia, el tiempo no parece querer cambiar.
Ve. Tu antigua habitación está preparada.
Cuando hayas terminado, Nelly Finch te tendrá el té listo.
¿Has traído una maleta? Quizá quieras cambiarte.
—William me la traerá cuando haya guardado los caballos.
Con un nudo en la garganta, Rachel lo besó en la mejilla y se escabulló, agradecida de haber logrado mantener la compostura.
Su antigua y familiar habitación era fresca y acogedora.
Nelly Finch había tenido la delicadeza de prepararle ropa para cambiarse, además de que le había dejado una jarra con agua caliente, jabón y una toalla.
El vestido era uno que había descartado hacía mucho tiempo, pero todavía le quedaba bien, así que se lo puso.
Se dio cuenta de que su habitación estaba tal y como la había dejado hacía dos años.
En el armario aún quedaba media docena de prendas infantiles.
Había dado por hecho que Andrew las había regalado.
El que las hubiera conservado la conmovió hasta lo más hondo.
Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
De vuelta con él en la sala de estar, con la alfombra raída y los improvisados muebles muy desgastados, era como si nunca se hubiera ido.
Nelly sirvió el té en la enorme tetera de porcelana marrón que, según recordaba Rachel, siempre había usado su madre.
Radiante y de buena voluntad, les ofreció pan y un pastel que ella misma había horneado.
Ambos pesaban como el plomo, pero estaban decorados con las mismas ramitas de acacia con las que había revestido las bandejas.
Andrew rechazó la comida, pero bebió el té con avidez.
William entró con la maleta, se bebió el té a sorbos y aceptó a regañadientes una rebanada del pan espeso.
Enseguida los dejó solos, con la excusa de que tenía trabajo que hacer.
Rachel se reclinó en la silla. Era como si el tiempo se hubiera detenido y nunca hubiera salido de Ulva.
El contraste entre su nueva vida y la antigua era conmovedor; doloroso, incluso.
Andrew la miró pensativo.
—Eres feliz, ¿verdad, niña? ¿Y tu marido te trata bien?
—Oh, sí —le aseguró ella—. Soy muy feliz. Y quiero mucho a George. Es más que bueno conmigo. Y los dos adoramos a nuestra hija, Magdalen.
Andrew se relajó. Dejó que ella siguiera hablando de Magdalen y luego comenzó a preguntarle con delicadeza sobre la situación en Sídney bajo el mando del gobernador Brisbane, así como del trabajo de George.
Mostraba un interés astuto por ambos temas, con la mente tan alerta y perspicaz como siempre.
Rachel habló con toda libertad y se dio cuenta de que había revelado más de lo que pretendía, pues Andrew, sin dejar de sonreír, le preguntó si no preferiría volver a vivir en el campo.
—Supongo que sí, en realidad —admitió ella—.
Y lo hemos estado pensando. A George no le gusta mucho la sociedad de Sídney, aunque sé que admira y apoya al gobernador.
A algunos miembros del personal del virrey los encuentra…
, bueno, si no del todo desleales, quizá más preocupados por su propio ascenso. En particular, al mayor Goulburn.
—Al gobernador Macquarie no le caía bien Frederick Goulburn —añadió Andrew—.
Según todos los indicios, es quien más defiende la política de colonos ricos.
Eso me han dicho. Y está muy compinchado con John Macarthur…
Al menos, eso fue lo que me dijo Will Redfern.
Estuvo aquí hace una semana en una visita de cortesía; se alegra de haber salido de lo que él llama la carrera de locos, y le va muy bien con su ganado en Airds.
Yo diría que ha olvidado el rencor que le causó el trato que le dispensó el gobierno de su país.
En cualquier caso, no lo mencionó, salvo para comentar que la influencia del comisario Bigge sigue siendo considerable.
¿Por qué, se preguntó Rachel inquieta, había ido a visitarlo el doctor Redfern? ¿Había sido, como afirmaba Andrew, una visita de cortesía sin más o…? Escudriñó el rostro demacrado de su padrastro, pero en él no se delataban sentimientos ni una aparente ansiedad.
—A George le han ofrecido un puesto judicial en el valle de Hunter —dijo ella— y, cuando la zona se abra al asentamiento libre, una concesión de tierras.
El gobernador tiene la intención de cerrar Newcastle como colonia penal.
Los convictos serán enviados a la isla de Norfolk y a una nueva prisión que se construirá en la bahía Moreton.
—Añadió todos los detalles que pudo y vio que Andrew volvía a estar pensativo.
—¿Tu marido piensa en marcharse de Sídney, en serio? —preguntó él.
—Creo que sí. Nunca ha dicho nada definitivo, pero hemos hablado de la propuesta más de una vez.
Andrew guardó silencio y se puso a llenar su pipa. Cuando la hubo encendido y empezó a fumar, pareció tomar una decisión. Extendió la mano hacia la de su hija y la estrechó con fuerza.
—Una de las razones por las que quería verte, Rachel, querida —dijo—, era para decirte que…
, bueno, que no me queda mucho tiempo. El doctor Redfern dice que tengo el corazón enfermo.
—Rachel empezó a decir algo—. No, déjame terminar, muchacha.
Sé que lo sientes, pero yo no. Estoy cansado y no me gusta mucho ser un peso muerto aquí.
Echo de menos a tu madre. Cada día que pasa la echo más de menos.
Ella era el alma de este lugar, igual que en Long Wrekin.
Quiero ir con ella, esté donde esté, Rachel.
Y, como sabes, muchacha, soy un hombre temeroso de Dios y creo en la vida después de la muerte, tal como lo dicen las Escrituras.
Estoy seguro de que mi Jenny me está esperando en algún lugar.
Andrew vio que brotaban lágrimas de los ojos de Rachel y le sonrió con su viejo buen humor.
—No derrames lágrimas por mí, muchacha. No tengo ningún miedo.
Sí, señor, me enfrenté a la muerte muchas veces cuando luchaba contra los franceses, y Dios siempre me protegió.
Me permitió encontrar a tu madre y casarme con ella.
Me permitió vivir con ella y sus hijos durante más años de los que me correspondían. No me ha faltado nada.
Rachel se llevó a los labios la mano grande y marcada por el trabajo de su padrastro. Incapaz de contener las lágrimas, las escondió detrás de esa gran mano.
—¿Lo sabe Will? —preguntó.
—Lo sospecha —respondió Andrew—. El doctor Redfern vino cuando él estaba en la ciudad de Sídney, así que no lo sabe con certeza.
Ya se lo diré cuando llegue, pero no le caerá de sorpresa.
Él, que hace el trabajo de dos hombres en esta tierra, me ha visto caer.
Él… —Andrew hizo una pausa y dio una calada a su pipa.
El humo se elevó en una delgada espiral azul por encima de su cabeza—.
Will se siente inquieto, Rachel. Esta sequía está arruinando todos sus planes: cada día perdemos ganado valioso y no tenemos capital que nos respalde.
Si Will se ha quedado aquí es solo por mí.
Rachel levantó el rostro bañado en lágrimas, sorprendida.
—No querrás decir que Will quiere marcharse de Ulva, ¿verdad? Nunca me ha dicho nada de eso.
—No lo haría —replicó Andrew—, pero se rumorea que hay vastas extensiones de buenos campos disponibles en la Tierra de Van Diemen, incluso sin tener que pedirlas.
Y el clima es bueno allí, el mejor para la cría de ovejas.
No hay sequías a las que temer. Si no fuera por mí, imagino que Will levantaría el campamento y empezaría de nuevo en la zona de Launceston.
—Sacudió la cabeza—. Algo tiene inquieto a tu hermano, Rachel, quizá una chica.
Es muy reservado en ese aspecto, pero lo conozco demasiado bien como para equivocarme.
Y esta es una propiedad pequeña; Will no puede ampliarla, ni siquiera sin esta maldita sequía.
Como por impulso, Rachel se arrodilló junto a la silla de su padrastro. Podía sentir su necesidad de tranquilidad. Le preguntó:
—¿Qué puedo hacer, Andrew? ¿Hay algo que podamos hacer George y yo?
Andrew acarició la brillante cabeza que descansaba en su rodilla.