Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 8
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Capítulo 8

Cuando Rachel y William divisaron la granja, ella se dio cuenta de que Ulva estaba sufriendo mucho por la sequía que azotaba la zona.

Inquieta, pensó que, de hecho, en todos los años que llevaba viviendo allí, no había visto tantos arroyos secos ni tantos acres marrones, quemados por el sol.

Eran tierras donde solía haber agua y hierba abundante para el ganado.

William, según él mismo admitió, había vendido más ganado del que habría querido, con tal de ahorrarse el exorbitante coste de llevar comida y agua a los prados lejanos.

—Aun así, he tenido que comprar pienso —había dicho con pesar— y contratar a dos hombres más, solo por mantener vivas a las ovejas reproductoras.

Hoy, la mano de obra cuesta dinero, además de que es muy difícil de conseguir.

Andrew no quería que vendiera ninguno de los caballos de mamá, pero tuve que deshacerme de un par.

Comían mucho y no los necesitábamos para trabajar.

Los bueyes son más vigorosos y beben menos.

No le había contado mucho más, pensó Rachel.

Mientras cabalgaba a su lado, lo iba observando.

Se fijaba en su complexión musculosa, los anchos hombros y el rostro bronceado y saludable.

No era propio de William ser tan reservado.

Ella había intentado preguntarle con tacto adónde había ido y a quién había visto en Sídney, pero él eludía las preguntas.

Cambiaba de tema cada vez que ella insinuaba algo sobre Dodie Dawson o, de hecho, sobre cualquier otra joven casadera de su círculo de conocidos.

Sin embargo, a pesar de las evasivas, ella intuía que su hermano estaba pasando por algún tipo de crisis…

, y eso tampoco era propio de su William de naturaleza alegre y tranquila.

Con solo un año de diferencia, habían crecido juntos y se habían peleado a menudo.

De pequeño, William se sentía celoso de su hermano mayor.

Lo molestaban sus logros y la exitosa carrera que Justin estaba haciendo como oficial de la marina, pero…

Rachel sonrió para sí misma al recordar.

William nunca había querido emular a su hermano, nunca había deseado otra vida que la que llevaba en el campo.

Creció, y los celos y las peleas infantiles quedaron en el pasado.

Ahora estaba muy unido a Justin, y también ella.

Lo curioso es que era Andrew, el padrastro a quien durante algún tiempo se había opuesto con vehemencia, a quien ahora profesaba devoción y lealtad.

Era evidente que William estaba preocupado por él, por mucho que evitara expresar su ansiedad con palabras.

—No está bien, Shelley —fue todo lo que tenía que decir—, y te necesita. Si tu marido puede prescindir de ti, creo que deberías quedarte conmigo un tiempo en Ulva.

Ella también estaba muy unida a Andrew, por supuesto.

Los recuerdos de su propio padre eran vagos: los ojos muy azules, la risa fácil y su notable estatura.

Andrew, grande y robusto, todo un gigante gentil, era el padre a quien conocía y amaba, y, sí, del que se sentía orgullosa.

Él… William se volvió de repente en su silla de montar, bajó la voz, aunque no había nadie que pudiera oírlo, y volvió a interpelarla con su apodo cariñoso:

—Shelley, verás un gran cambio en Andrew, pero intenta que no perciba tu desconcierto. Intenta ocultarlo, incluso a mí.

Rachel asintió.

—Sí, claro. Pero ¿qué tipo de cambio, Will? Es… Ay, Dios mío, hace casi un año que no lo veo, ya lo sabes. Yo tenía esperanzas de que asistiera al bautizo de Magdalen, pero no llegó.

—No se encontraba bien —lo defendió William.

Su rostro bronceado y anguloso estaba muy serio—.

No lo sé con certeza, pues no soy médico, pero creo que es algo del corazón.

O tal vez eso que llaman ictus. Ha perdido el completo dominio de la mano derecha y, a veces, cuando está cansado, le cuesta hablar y recordar cosas.

Pero eso no le impide trabajar, maldita sea, ¡no puedo impedir que trabaje!

Por eso quería que volvieras conmigo. Si tú estuvieras en casa, tal vez se quedaría allí para estar contigo y descansar un poco.

—Haré todo lo posible por convencerlo —prometió Rachel.

—Y trata de que coma.

Rachel se quedó impactada.

—¿No come?

William negó con la cabeza.

—No lo suficiente. Desde que te fuiste y te casaste con el juez De Lancey, hemos tenido que conformarnos con la cocina de Nelly. ¿Te acuerdas de Nelly Finch, la convicta con la que se casó Aaron Finch?

—Sí, la recuerdo —confirmó Rachel.

La pobre Nelly había sido deportada a los diez años por robar patatas del carro de un vendedor ambulante en Londres.

Era una niña poco agraciada, de rasgos muy marcados.

Compadecida, la señora Macquarie la había rescatado de la Fábrica de Mujeres y de su inevitable corrupción, y luego, cuando los Macquarie tuvieron que marcharse de Sídney, Jessica Broome la había contratado durante un tiempo.

Rachel recordó que Aaron Finch, uno de los hombres que estuvo trabajando en Ulva durante años, había sorprendido a todo el mundo al casarse con la chica, a pesar de que le doblaba la edad.

Rachel miró a su hermano con una pregunta muda.

William se encogió de hombros.

—El matrimonio ha funcionado. El viejo Aaron es feliz como un rey.

Viven en la cabaña que mamá construyó para Tom y Nancy Jardine, pues ahora Tom tiene su propia granja, como sabes.

Sin embargo, me temo que la cocina de Nelly no está a la altura de la de Nancy y nunca lo estará, aunque la mujer es agradable y muy aplicada.

Será un placer volver a probar tus platillos.

Rachel se rio.

—Haré todo lo posible por complacerte, Will, pero he perdido un poco la práctica. George tiene que recibir muchas visitas, así que tenemos personal, incluida una cocinera muy buena. Eso me permite hacer de anfitriona sin perder el tipo.

—¿Te gusta tu nueva vida? —preguntó William con curiosidad.

—Disfruto de la novedad —admitió Rachel—, pero me temo que está empezando a ser aburrido; para los dos, en realidad.

Le contó la recepción de los Van Buren, convertido el relato en una pequeña comedia amarga. Al mencionar la revelación indecorosa de Julia Dawson, William refrenó su caballo con un grito ahogado.

—¿Será verdad? Julia es… ¡Ah, que se vaya al demonio! Es una zorra rencorosa y envidiosa, ¡no hay otras palabras para describirla! Pero estoy seguro de que ni siquiera ella se atrevería a mentir sobre un asunto como ese. Los colonos holandeses se casan con nativas, o eso he oído.

—Sí, creo que sí. Debo confesar que el mayor Van Buren me parece una persona repulsiva.

George no lo soporta. Si ese pobre niño, Claus, es su hijo, desde luego no lo tratan como tal.

De todos modos —matizó Rachel—, Julia no tenía derecho a decir lo que dijo en público, y menos como invitada de los Van Buren.

—A Julia le gusta causar problemas —afirmó Will. Se sonrojó, evitó la mirada de Rachel y espoleó a su caballo—. Supongo que habrás adivinado que, cuando te busqué la otra noche, iba a ver a Dodie.

De todo lo que Rachel había hablado con él, eso era lo más parecido a una confidencia, así que ella respondió con cautela:

—Sí, se me ocurrió, Will. Le tienes cariño a Dodie, ¿verdad?

William se sonrojó aún más.

—Siempre se lo he tenido, desde que éramos niños.

Pero… No se lo digas a nadie, Shelley, por favor.

Nos vemos cada vez que voy a Sídney, que no es muy a menudo, como bien sabes.

La amo y quiero casarme con ella, y ella…

, bueno, creo que siente lo mismo por mí.

O lo sentía hasta que Julia empezó a causar problemas.

Dodie está influenciada por ella, ya lo sabes, y Julia es muy separatista.

—Sí, lo sé. —Rachel miró con lástima el rostro enrojecido y avergonzado de su hermano—. ¿Qué ocurrió la otra noche? ¿Al final, no viste a Dodie?

—Sí, la vi, pero Julia también estaba allí.

Se quedó haciendo comentarios sarcásticos, recordándole a Dodie los orígenes de mi familia y comparándolos con los suyos.

Me llamó pastor de ovejas y dijo que mis padres habían llegado aquí encadenados.

«Nuestro padre emplea a convictos para hacer el trabajo de William Broome —repetía—.

Mira sus manos, huele su ropa. ¡Apesta a estiércol, Dodie! », y Dodie la escuchaba.

Rachel trató de quitarle hierro al asunto:

—Es muy difícil no escuchar a Julia cuando se pone a gritar.

La broma no tuvo gracia. William dijo con tristeza:

—Dodie tendría que haberme defendido, pero la dejó seguir y seguir.

Al final me fui, puesto que Julia empezó a compararme en desventaja con un teniente del Cuadragésimo Regimiento, recién llegado, que va a ser uno de los ayudantes del gobernador Brisbane.

No sé cómo se llama, pero parece que ha estado visitando a los Dawson y ha invitado a Dodie a ir con él a una maldita excursión en barco.

Podría ser peor, pensó Rachel. Estaba claro que el nuevo ayudante del gobernador aún no había pasado a una etapa más seria del cortejo, y Dodie Dawson, si bien era cierto que estaba bajo la influencia de su hermana mayor, tenía sus propias ideas.

Además, había que tener en cuenta a Abigail, que no era separatista ni permitiría que Julia fuera más allá.

Intentó decirle eso a William, pero él se mostró poco receptivo y taciturno, quizá arrepentido de haber confiado su secreto, ansioso por cambiar de tema.

Llegaron a la granja y él desmontó para abrir la verja. Extendió una mano y cogió las riendas del caballo de su hermana.

—Yo me encargo de los animales, Shelley. Ve con Andrew. Estará deseando verte, claro, pero no olvides que ha cambiado. Intenta que no se dé cuenta de que lo notas.

—Tendré cuidado —prometió Rachel.