Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

—Tim ha estado hablando con tu marido, Lucy, sobre la posibilidad de cederte Portland Place, la antigua propiedad del pobre Jasper Spence. Tiene una casa de campo encantadora, como sabes, y a Tim le ha ido muy bien con sus viñedos. Él…

—¿Y cuál ha sido la reacción de mi marido? —interrumpió Lucy.

—Ha aceptado —respondió Abigail con una fina sonrisa—, después de haber discutido un poco sobre poner el arrendamiento a nombre de los dos.

Tim ha accedido, siempre y cuando se pueda obtener la autorización oficial.

Ha prometido hablar con el señor Oxley lo antes posible.

Él…, quiero decir, los dos, deseamos resolver de una vez por todas la cuestión de la indemnización por Yarramundie, Lucy.

—Tengo derecho a una compensación —señaló Lucy, aún con un tono agresivo en la voz.

Pero su enfado estaba remitiendo; Portland Place era una propiedad magnífica, y la casa, tal y como le había recordado Abigail, era encantadora.

Estaba cerca de Sídney, junto a la carretera de peaje, y Tim había trabajado allí muy duro para que el viñedo fuera rentable.

Incluso había llegado a contratar a un experto alemán para que instalara cubas y bodegas en la finca.

Además, había, al menos, ochocientas hectáreas de pastos y tierras cultivables, procedentes de la concesión original de Jasper Spence.

Por supuesto, lo que atraía a Jos era el viñedo.

Lucy posó una mano sobre el brazo de Abigail, enfundado en seda.

—Gracias, Abby. Es un acuerdo generoso y lo aceptaré, aunque las autoridades sigan negándose a ceder en el caso de Jos.

Al fin y al cabo, es holandés, ¿no? —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro y, con cierta malicia, añadió—: En las islas holandesas de las especias, la mayoría de sus compatriotas se unen a mujeres nativas, ya lo sabes.

Casi no hay mujeres blancas con las que puedan casarse.

La Compañía Holandesa fomenta los matrimonios mixtos: es su idea de colonización.

Abigail se quedó callada, un tanto sonrojada.

Lucy dio una palmadita en el brazo de su hermana y se alejó en busca de Claus.

Había decidido que el miserable aborigen debía ser castigado por su indiscreción: había que ordenar a Saleh que lo azotara por la mañana.

Hizo una seña al sirviente mayor y, para su consternación, cuando estaba a punto de darle la orden, oyó que la voz de Jos se elevaba en un furioso grito de borracho.

La última vez que lo había visto, su esposo hablaba con el señor Balcombe y el archidiácono, pero ahora estaba reunido con un grupo en el que se encontraban el mayor Goulburn, secretario de la colonia, y George De Lancey.

Era De Lancey contra quien Jos dirigía una airada diatriba en la que solo se distinguía la frase «maldito Flinders », que se elevaba por encima de la música y las conversaciones.

Sin embargo, antes de que ella pudiera llegar hasta su esposo, la señora Macarthur la interceptó con la mano extendida.

La seguían de cerca su marido y su sobrino.

Encantadora, como siempre, Elizabeth Macarthur le dio las gracias por la hospitalidad, que, insistió, habían disfrutado mucho.

John Macarthur se inclinó, un poco distante, pensó Lucy, sin hacer eco del agradecimiento de su esposa.

El hombre, con una cojera muy evidente y el rostro pálido, tomó a su esposa del brazo y murmuró que la gota le estaba dando guerra, una excusa más o menos veraz para la temprana partida de su grupo.

Hannibal no fue más comunicativo, aunque su esposa, al igual que Elizabeth, habló con amabilidad.

A los tres hijos de Macarthur les bastó con hacer corteses reverencias.

Saleh, llamado de nuevo por Lucy, los acompañó a sus carruajes; sin embargo, apenas habían partido cuando comenzó la desbandada general, encabezada por los De Lancey y seguida muy pronto por el juez Forbes y los Balcombe.

Incluso Timothy Dawson, que regresaba de supervisar la prematura partida de sus hijas, anunció que tenía que madrugar a la mañana siguiente, así que se llevó a Abigail.

Bastó media hora para que la carpa se vaciara.

Lucy y su marido se quedaron solos, aparte de los sirvientes.

Jos estaba desplomado en una silla, roncando con estrépito.

En la camisa, poco antes inmaculada, se había derramado una copa de brandy.

Ante el aspecto tan repugnante de su esposo, le costó mucho ocultar su disgusto.

De algún modo lo consiguió y, con toda la dignidad que fue capaz de reunir, pidió a Saleh que lo ayudara a llegar a su habitación.

La orquesta, contratada para tocar hasta la medianoche, comenzó a interpretar una alegre gavota.

Lucy se volvió hacia los músicos con fría furia.

—¡Ya basta! ¡Idos, por el amor de Dios, idos!

La gavota cesó y el director, que miraba a Lucy con aprensión, se atrevió a pedirle el pago. Ella tuvo que controlar el impulso de golpearlo.

—Vuelva mañana por la mañana —le ordenó—. Mi mayordomo le pagará. Tomen sus instrumentos y váyanse.

Los músicos obedecieron sin discutir, avergonzados y cohibidos, pues eran emancipados, conscientes del peligro de incurrir en un informe desfavorable.

Sigilosos, los criados salieron tras ellos.

Dejaron las mesas desordenadas y los manjares sin tocar, como mudos recordatorios de lo que, Lucy pensó con tristeza, había sido una de las noches más infelices de su vida.

Y allí se quedó, a la luz titilante de las lámparas de aceite de ballena y las velas que crepitaban. Una vez más, se devanaba los sesos en busca de un medio para poner fin a su matrimonio. El chico Claus eligió ese momento para abordarla.

—Mi padre desea hablar con usted, señora —comenzó a decir—. Ha dicho que…

Pero no pudo continuar. Lucy lo golpeó con la mano enguantada, lo agarró por los hombros y lo sacudió con violencia.

—¡No es tu padre, bocazas! —chilló—. ¡Y mañana haré que te den una paliza para que aprendas que no lo es! ¡Nunca, mientras vivas, te atrevas a decir algo así!

Claus huyó aterrorizado. A pasos lentos, Lucy lo siguió fuera de la carpa. Cuando llegó a su dormitorio, se dejó caer sobre la cama en un paroxismo de llanto.