Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—¿A William? —El tono de Rachel fue comedido, pero George percibió el matiz de resentimiento—.

Lucy Van Buren no invitaría a William. Fuimos juntas al colegio y yo solía quedarme en casa de los Spence con Abigail y Lucy, pero, si me han invitado, es solo porque soy tu esposa.

En cualquier caso —su resentimiento se desvaneció y devolvió la sonrisa—, tengo motivos para creer que William está cortejando a alguien.

—¿En serio? ¡Por Dios! —George estaba encantado—. ¿Te ha dicho a quién?

—Oh, no. Es muy reservado. Pero tengo mis sospechas.

—¿Y son…?

Los ojos azules de Rachel se iluminaron de repente con agradable expectación.

—George, creo que se trata de Dodie Dawson. Pero no digas ni una palabra, ¿quieres, querido? Porque, si Julia se enterara, se les pondría en contra, y Julia es…

—Ya sé cómo es Julia —respondió George con amargura manifiesta—, y puedes estar segura de que mantendré la boca cerrada en lo que respecta a esa joven. Pero creo que a Abigail le gustaría, y a Timothy también.

—Sí, estoy segura de que les gustaría. —Rachel apretó los dedos alrededor del brazo de George—. ¿Echamos un vistazo a la habitación de la niña antes de irnos? Ya es muy tarde, dos minutos más no importarán.

Entraron de puntillas en la habitación a oscuras donde dormía la pequeña Magdalen. Durante bastante más tiempo que los dos minutos que Rachel había previsto, se quedaron mirando el pequeño rostro de la niña, que dormía con placidez.

* * *

—¡Así no, Saleh! ¡Sirva primero a las damas y caballeros del grupo del señor Macarthur!

Lucy Van Buren bajó la voz, pero sonaba dura y exasperada. La recepción, pensó con amargura, estaba a punto de convertirse en un desastre social, en lugar de la brillante reunión de la élite de Sídney que había planeado con tanto cuidado.

El gobernador estaba fuera, en algún viaje de inspección.

Su esposa y su hermana, la señorita Mackdougall, habían rechazado la invitación sin darle explicaciones.

El coronel y la señora Erskine iban de camino a la India junto con todos sus oficiales.

El nuevo vicegobernador y los oficiales y damas del regimiento de relevo aún no habían devuelto las visitas, por lo que…

Lucy suspiró. La etiqueta impedía que fueran invitados.

Y había habido más negativas, expresadas con cortesía y con excusas plausibles, pero…

Al mirar a su alrededor, a los invitados que se movían entre las elaboradas mesas del bufé, Lucy se vio obligada a admitir que, con algunas excepciones notables, como los Macarthur, el juez Forbes y el archidiácono Scott, la flor y nata de la sociedad de la colonia brillaba por su ausencia.

Por supuesto, su propia hermana y la familia Dawson estaban allí en pleno; sabía que podía contar con la lealtad y el apoyo de Abigail…

Aun así, había hecho preparativos para más de cien invitados y en la carpa alquilada apenas había la mitad.

Se mordió el labio inferior en un intento de calmar los temblores de la ira.

Observó a Saleh que, obediente, acudía con su bandeja de copas de champán a atender al grupo que rodeaba a John y Elizabeth Macarthur.

Con ellos estaban sus hijos, jóvenes altos y apuestos, que hacían honor a sus padres.

Hannibal, sobrino de John Macarthur, además de que era un rico terrateniente por cuenta propia, estaba allí con su guapa esposa y su hija mayor.

Cerca, de pie, estaban también el doctor Bowman y su esposa.

A juzgar por las risas que había provocado un comentario casual, parecían estar disfrutando.

Entonces, para su consternación, Lucy descubrió el motivo: Jos, su marido, con impecable vestimenta y perseverante en su promesa de no probar ni una gota de alcohol, había conseguido llamar la atención al darse de bruces con una de las cuerdas que sujetaban la carpa.

El holandés se levantó de inmediato, y, con la dignidad herida y el rostro encendido, se volvió hacia el doctor Bowman en señal de protesta.

El médico dejó de reírse al instante y parecía dispuesto a responder, pero Elizabeth Macarthur se interpuso de inmediato entre los dos.

Lucy no estaba lo bastante cerca como para escucharla, pero era evidente que la señora Macarthur hablaba con palabras conciliadoras y bien elegidas, porque Jos sonrió y le besó la mano.

Saleh, a su lado, tenía una copa llena. Sin hacer caso a la señal de Lucy, Jos tomó la copa y la levantó en un brindis por el hombre cuya risa, unos momentos antes, lo había molestado tanto.

Aliviada, Lucy sintió que la tensión se esfumaba.

Se detuvo a saludar a George De Lancey y a su esposa, que llegaban tarde, y, con lentitud y decisión, se desplazó entre los invitados hacia el quiosco de música, donde la pequeña orquesta que había contratado para la velada estaba preparando sus instrumentos.

—Tocad —les ordenó con impaciencia—. No perdáis más tiempo, ¡haced aquello por lo que os pago!

El director, ofendido, pues aún no había terminado de afinar su maltrecho violín, se inclinó con toda cortesía. Pocos minutos más tarde, las cuerdas se unieron a los instrumentos de viento y al piano para producir una sucesión de alegres y ligeras melodías, tal y como ella había pedido.

Lucy continuó su recorrido. Vio que los De Lancey se habían unido a Abigail y su grupo.

Los sirvientes, bien entrenados y conscientes de su vigilancia, servían champán y ofrecían bandejas con dulces holandeses y sabrosos aperitivos.

Su excelente cocinero, con gran primor, había preparado todo para la ocasión.

Lucy observó con cierta sorpresa que Claus, vestido con la misma chaqueta blanca y los mismos pantalones ajustados que los demás hombres del servicio, prestaba una atención diligente al juez De Lancey.

Y este, para su mayor pasmo, charlaba con el chico como si fueran iguales.

Por supuesto, recordó que De Lancey había estado a bordo del Elizabeth cuando Justin Broome acudió al rescate de Jos, así que, tal vez… Se detuvo con brusquedad.

Una aguda voz de chica, intencionadamente alta, según supuso, llegó a su oído por encima del melodioso rasgueo de la orquesta.

—¿Ves a ese chico, el mestizo al que llaman Claus? ¿Ese con quien George De Lancey está hablando junto al quiosco de música? Sí, ese mismo. La tía Lucy finge que es un sirviente, pero no lo es, ¿sabes?

Una voz más suave expresó dudas, a las que la primera, que Lucy reconoció sin dificultad como la de su sobrina Julia Dawson, continuó con tono burlón:

—Antes de casarse con la querida tía Lucy, su ahora apuesto marido tuvo una esposa nativa… Claus es hijo de ella. De verdad, Dodie, tienes que creerme. Tú…

—Te lo estás inventando —la acusó su hermana Dorothea—. ¡Solo por… despecho, Julia!

Pálida de indignación, Lucy se dirigió hacia ellas, consciente de que todas las cabezas se volvían y de que, sin duda, varias personas habían oído la maliciosa afirmación de Julia, además de Dorothea. Y la creerían, pensó con tristeza mientras la chica continuaba, aún con la misma voz chillona:

—¡No me lo estoy inventando! Dickon es amigo de Claus y a veces juegan juntos en nuestro jardín. Y yo oí a Claus decirle quién era su padre, ¡así que ahí lo tienes! Yo…

Abigail llegó antes que Lucy. Con autoridad gélida, dijo:

—Id a buscar vuestros abrigos, las dos. Y lo siento, Dodie, pero tú también tendrás que irte.

Tu padre te llevará a casa y yo le daré tu adiós a la tía Lucy.

No, ni una palabra más —añadió cuando Julia intentó discutir—.

Ya has dicho más que suficiente, Julia. Tienes una lengua perversa e hiriente.

Deberías avergonzarte de ti misma. Vete ahora mismo, ¿me oyes?

, y que sepas que tu comportamiento me escandaliza.

Dorothea, sonrojada por la vergüenza, agarró a su hermana mayor por el brazo y la sacó de allí casi a rastras.

Lucy ya no hizo ningún intento por detenerlas.

El daño, pensó con amargura, ya estaba hecho, aunque solo los que estaban cerca habían oído las palabras rencorosas de la desdichada muchacha.

Gracias a Dios, su esposo estaba absorto en una conversación con el archidiácono Scott y William Balcombe, el tesorero colonial.

No se había enterado del insulto que había sido lanzado contra su reputación.

Y, si ella exigiera una disculpa en presencia de sus invitados, no conseguiría otra cosa que se hablara más del asunto.

Lucy se dijo que era mucho mejor poner buena cara y actuar como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, estaba enfadada y fue a descargar su ira sobre Abigail. Se llevó a su hermana a un lado y le dijo en un susurro áspero:

—Esa chica es una insolente y una vengativa, Abby, deberías controlarla.

—Lo intento —le aseguró Abigail—, pero ya no es una niña. Tiene veinticuatro años.

—Y es soltera.

—Sí, por desgracia. Y lamento lo que ha dicho, Lucy, créeme. Me encargaré de que te escriba una carta de disculpa. Ha sido…, ay, Dios mío, una sugerencia de lo más escandalosa. No me puedo imaginar por qué se le ha ocurrido.

—Pues resulta ser cierto, por desgracia —replicó Lucy con desdén—.

Mi apuesto marido no solo bebe en exceso, sino que no ve nada malo en acostarse con mujeres nativas, estén casadas o no.

De todos modos, Abby, no quiero que eso se haga público aquí.

Es necesario guardar las apariencias, como bien sabes, así que te agradecería que guardaras mi confidencia.

Y, si no te importa, asegúrate de que Julia vigile su lengua.

Abigail, impactada ante tal confesión, tenía los ojos azules abiertos de incredulidad. Con todo, se recuperó pronto y le ofreció a Lucy la seguridad que ella le pedía. Ansiosa por cambiar de tema y con la esperanza de desviar la ira de su hermana, se aventuró a decir: