Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La habitación de arriba, que George De Lancey utilizaba como despacho, no mostraba, para su sorpresa y alivio, ningún signo de haber sido registrada.

De hecho, pensó, mirando a su alrededor, nada parecía fuera de lugar: los papeles de su escritorio seguían apilados en orden, tal y como los había dejado, y el contenido de los cajones y archivadores seguía en su sitio habitual.

Quienquiera que hubiera registrado la habitación lo había hecho con mucha habilidad, como si quisiera ocultar que había habido un registro.

George se dio cuenta de que habían revisado sus libros de derecho.

Varios estaban en estantes en los que no solía guardarlos.

Además, faltaba uno, un tratado sobre sentencias de tribunales de apelación.

También echaba de menos una pequeña suma en efectivo.

Se la habían sacado del bolsillo de su chaqueta de trabajo, que estaba colgada en un gancho detrás de la puerta del armario.

La pérdida más grave, descubierta tardíamente por Akeroyd, era la pesada pistola de caballería que había adquirido durante su servicio militar y que, al igual que la chaqueta, estaba colgada fuera de la vista en un armario donde se guardaban las cajas de documentos.

Se dio cuenta de que el registro había sido minucioso, ya que la puerta del armario, que estaba al ras de la pared y oculta por una cortina, no llamaba la atención de la mayoría de sus visitantes. George soltó un juramento ahogado.

—Le agradecería que, de camino a casa, informara a la policía del allanamiento, Rodney —dijo—.

Tengo que asistir a una recepción. De hecho, ya llevo retraso.

Como sea, hay que denunciar el robo de mi pistola lo antes posible.

Si su hipótesis de que los intrusos eran convictos es correcta, me temo que este podría ser un asunto grave.

Pero… —Frunció el ceño—. No hay mucho por donde empezar, ¿verdad?

Un par de descripciones vagas que podrían encajar con medio centenar de habitantes de Sídney.

Supongo que no ha tenido ocasión de oírlos llamarse por su nombre, ¿verdad?

El joven empleado reflexionó sobre la pregunta. Al final, dijo con incertidumbre:

—Me parece haber oído el nombre de Nick, señor, pero no sabría decir a cuál de los dos pertenecía.

Cuando lo he oído, yo ya estaba encerrado en el armario, además de que, como podrá comprender, las voces me llegaban amortiguadas.

Supongo que eso podría ayudar a los agentes a localizarlos: Nick será el hipocorístico de Nicholas, y Nicholas no es un nombre muy común, ¿verdad, señor?

Con dificultad podría aseverarse que era poco común, pensó George, pero él y el joven Akeroyd no tenían nada mejor.

Consultó su reloj y se dirigió al pasillo que conectaba las oficinas con su vivienda privada, contento de haber tomado la precaución de instalar una cerradura resistente en la puerta de acceso.

Encontró a Rachel en la habitación de la niña, vestida y peinada para la recepción de los Van Buren.

Le estaba dando las buenas noches a su hija, Magdalen.

La pequeña, tan pelirroja como su madre y dueña del mismo carácter alegre, era la niña de sus ojos.

A pesar de la hora tardía, George no pudo resistirse a cogerla en brazos y abrazarla.

Magdalen respondió con júbilo, lo rodeó por el cuello con sus pequeños brazos y empezó a dar voces con entusiasmo: «¡papá!

». Esos gritos llegaron al corazón de George.

—Ya es hora de que se acueste —lo reprendió Rachel con suavidad—, y aún no te has cambiado.

A regañadientes, él volvió a acostar a su hija en la cuna y se obligó a no hacer caso a su decepción rubricada en llanto.

Rachel dejó a la niña al cuidado de la niñera convicta y lo siguió al dormitorio.

George vio que su ropa de noche estaba sobre la cama, ya preparada, y en el lavabo, el agua para afeitarse y la navaja.

—No tardaré mucho, querida —prometió. Se quitó el abrigo y la corbata y empezó a enjabonarse la cara.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Rachel—. ¿Se ha alargado la sesión en el tribunal?

George asintió.

—Por eso y por un robo en mi despacho. —Le hizo un breve relato del allanamiento, pero omitió el ataque.

—Sídney está empeorando —observó Rachel—.

El gobernador tiene razón, George, estoy segura de que tiene razón.

Hay tantos zánganos y maleantes que, por un motivo u otro, tienen permiso de vagar de noche, que nadie está seguro en la calle.

Los convictos recién llegados deben ser puestos a trabajar en granjas fuera de la ciudad mientras no demuestren que son capaces de llevar una vida de honradez.

Y, si es necesario que se queden aquí para trabajar, que a todos los encierren de noche en los barracones del parque Hyde.

He oído que los que tienen dinero sobornan a los carceleros para que los dejen salir.

George también había oído ese rumor, pero se limitó a gruñir y se puso a trabajar con la navaja.

Si la suposición de Rodney Akeroyd era correcta, los hombres que le habían robado la pistola eran recién llegados a la colonia.

El tipo de ojos grises que, al principio, Akeroyd había tomado por un caballero, tenía suficiente dinero para comprar su libertad.

O quizá era uno de esos delincuentes cultos que, por tener habilidades siempre necesarias, podían obtener la libertad condicional nada más desembarcar de los transportes que los llevaban a Nueva Gales del Sur.

Casi todas las oficinas gubernamentales estaban ocupadas por hombres así.

Trabajaban como empleados, almacenistas, profesores e incluso, en algunos casos, como funcionarios judiciales y agentes de policía.

Pocos traicionaban la confianza que su educación les había granjeado, pero… siempre había excepciones.

Pensó en aquel empleado de John Campbell, el secretario del gobernador Macquarie.

Se llamaba Michael Robinson y había disfrutado de un puesto de privilegio, además de que había sido el poeta laureado de la colonia en la época del anterior gobernador.

En días recientes, ese hombre había sido llevado ante los tribunales y declarado culpable, acusado de falsificación.

El mismo delito, reflexionó George con ironía, por el que aquel becario de la Universidad de Oxford había sido deportado años antes.

Ahuecó las manos y se mojó la cara para quitarse el jabón de las mejillas recién afeitadas.

Rachel le llevó su bien almidonada camisa de noche.

—William está aquí, George; en Sídney, quiero decir. Ha traído de Ulva un rebaño para sacrificar y vender en el mercado.

—Espero que lo hayas invitado a quedarse —respondió George.

Le caía tan bien el hermano menor de Rachel como el mayor, Justin Broome. William gestionaba la granja que su madre había tenido en el río Nepean desde que era niño, y su educación, al igual que la del primogénito de Justin, había sido una constante fuente de discordia.

Rachel negó con la cabeza.

—Se está alojando en casa de Justin. Jessica está sola y lo ha acogido con los brazos abiertos.

Pero solo se quedará un par de días y… —Titubeó.

Miró a su esposo con recelo mientras este se ataba la corbata y continuó—: George, querido, quiere que vuelva con él para una visita breve.

Dice que mi padrastro no está nada bien y que quiere verme.

—Entonces, por supuesto que debes ir —afirmó George.

Andrew Hawley, un capitán retirado de la Marina Real con un distinguido historial guerrero, era otra persona por la que George sentía un gran afecto.

El padrastro de su esposa era un hombre valioso.

Había llegado como uno de los ayudantes del almirante Bligh y había contribuido mucho al bienestar de la colonia.

Tenía más de sesenta años y estaba delicado de salud. Rachel le era muy devota.

—Por supuesto que debes ir —volvió a decir.

Una vez atada la corbata a su gusto, dejó que Rachel lo ayudara a ponerse el frac de terciopelo verde.

—¿Y la pequeña Magdalen?

—Mi amor… —George dijo sobresaltado—, no estarás pensando en llevártela contigo, ¿verdad?

—Bueno, sí, eso pensaba —admitió Rachel—, pero significaría llevarme el carruaje, y tú tienes que ir a Windsor la semana que viene.

—Magdalen puede quedarse aquí. Dorcas, nuestra chica, es muy competente para cuidarla, ¿no?

Y, si no piensas estar fuera mucho tiempo…

Sería un viaje muy duro para una niña tan pequeña, Rachel, y con este tiempo.

Yo podría posponer mi visita a Windsor o pedirle a Douglass que vaya en mi lugar. Magdalen estará muy bien conmigo.

George se dio cuenta de que estaba casi suplicando. Tal era su renuencia a separarse de su adorada hijita. Aliviado, vio que Rachel aceptaba sin protestar. Él la tomó en sus brazos y le dio un tierno beso.

—William me ha dicho que la sequía es muy grave —añadió ella cuando él la soltó—.

Y, si solo viajamos nosotros dos, podremos llegar en la mitad de tiempo que en el carruaje, claro.

Y me preocupa Andrew, ¿sabes? Me preocupa mucho, George.

Parece que está perdiendo peso y apenas puede caminar.

Quizá me necesita más que tú y Magdalen…

Y, como dices, Dorcas es muy atenta con ella.

—Sí, lo sé. —George se abrochó el abrigo, sonrió y se volvió para ofrecerle el brazo—.

No hace falta decir que te echaré de menos, mi amor.

Y, bueno… —Su sonrisa se hizo más grande—.

Por fin estoy listo y tú estás adorable, demasiado guapa para desperdiciar tu encanto con los Van Buren y su maldita recepción.

Pero supongo que no hay remedio; debemos hacer acto de presencia. ¿Crees que veremos a tu hermano?