Capítulo 7
George De Lancey consultó su reloj y se puso en marcha a paso ligero por la calle King.
La sesión del tribunal se había alargado más de lo previsto, de modo que, después de cambiarse de ropa, llegaría tarde a la recepción de los Van Buren.
No era que lo preocupara mucho, pero Rachel esperaba con ansias el momento y no quería decepcionarla, ya que últimamente las fiestas parecían estar en suspenso en Sídney.
Las recepciones y cenas en la Casa de Gobierno eran, en cualquier caso, escasas y esporádicas.
Con sir Thomas Brisbane de viaje a la bahía Moreton a bordo del Elizabeth y lady Brisbane en Parramatta, no había ninguna a la vista.
El regimiento de la guarnición estaba a punto de partir hacia la India, y su sustituto, el Cuadragésimo Regimiento de Infantería de Su Majestad, que acababa de llegar a la colonia, aún no estaba listo para asumir ningún compromiso social.
Por lo demás… George suspiró. Habría deseado que su cargo como uno de los dos jueces del Tribunal Superior no lo situara de manera tan ineludible en el bando elitista; habría preferido no tener la obligación de invitar a personas con las que tenía poco en común ni ser invitado por ellas.
A Rachel, su esposa, le gustaban las fiestas, por supuesto, y eso era comprensible.
Solo tenía veintiún años y había vivido aislada la mayor parte de su corta vida en las granjas de su madre o de su padrastro.
Para ella, salir a cenar era todavía algo novedoso: una oportunidad para hacer de dama y vestirse de acuerdo con su nuevo papel.
Condescendiente, George pensó que la novedad se le pasaría. Según todos los indicios, al igual que su madre y, sin duda, como su hermano William, sería más feliz en casa, en medio de una comunidad rural y en el entorno que conocía y amaba.
Rachel era una amazona experta. A pesar de su juventud, tenía un profundo conocimiento de la ganadería en todas sus formas, así como un ojo para el ganado que incluso su hermano William respetaba.
Había momentos en que, cansada de las lenguas chismosas y las pretensiones absurdas de los autoproclamados habitantes respetables de Sídney, instaba a su marido a renunciar al cargo legal y solicitar una concesión de tierras.
George reflexionó que, de hecho, había momentos en que se sentía tentado a hacerlo.
Giró en la calle Macquarie y se sacudió con el bastón el polvo de las botas.
Al menos, querría hacerlo en parte. El gobernador le había ofrecido dos mil acres de tierra fértil en el valle de Hunter, junto con el cargo de juez del Tribunal Arbitral, un nuevo puesto que se crearía en Newcastle cuando la zona del valle de Hunter se abriera a los asentamientos generales.
Mientras tanto, se le pediría que actuara como juez itinerante y presidiera los tribunales de Liverpool y Windsor, alternándose con un abogado recién llegado llamado Douglass.
Aquel Douglass era un tipo agradable, muy versado en derecho civil, con quien él sabía que sería placentero trabajar.
Tal era la escasez de hombres cualificados en la profesión jurídica que, en caso de que decidiera solicitarlo, le encontrarían un puesto similar en cualquier lugar de la colonia a su elección. Eso ya se lo había insinuado el gobernador.
George aceleró el paso. A su alrededor se alargaban las sombras. La calle estaba abarrotada, con la mayoría de los transeúntes a pie y algún que otro carruaje o calesa obligado a desplazarse a paso de tortuga por la presión de la gente.
A esa hora de la tarde, aparte de los soldados con el uniforme escarlata del rey y unos pocos oficiales de la marina, la gente de la calle presentaba un aspecto lúgubre.
La mayoría de los convictos encadenados y otros grupos de trabajadores ya estaban concentrados en los barracones del parque Hyde para pasar la noche.
Los que quedaban en la calle eran, en su mayoría, colonos pobres, convictos en libertad condicional y empleados —oficinistas o sirvientes domésticos que hacían recados para sus amos— o granjeros que buscaban un breve entretenimiento después del mercado.
Era difícil, por no decir imposible, distinguir a unos de otros, ya que casi todos vestían prendas confeccionadas con lana producida en la localidad.
Las telas se hilaban y tejían ya fuera en la fábrica de mujeres de Parramatta, donde unas seiscientas convictas hacían trabajos extenuantes en los telares, o bien en la fábrica de la bahía Botany, propiedad del empresario Simeon Lord.
George se abrió paso entre la multitud y se detuvo frente a la puerta de sus habitaciones.
Desde su matrimonio, había construido una agradable casa de dos pisos en la parte trasera de las habitaciones que alquilara a su llegada a la colonia.
La puerta principal y las salas de recepción daban a la calle Hunter, pero también se podía acceder a ellas a través de la oficina de su secretario.
Como eso le ahorraba tiempo y un considerable rodeo, entraba por ahí cada vez que llegaba del tribunal.
Metió la llave a tientas para abrir la pesada puerta de madera, pero, para su sorpresa, esta se abrió con solo tocarla.
Era mucho más tarde de la hora a la que solía marcharse su empleado, así que se detuvo en el vestíbulo y aguzó el oído.
Alcanzó a escuchar un leve golpeteo. Según pudo juzgar, procedía de un armario a mitad de las escaleras que se usaba para guardar escobas y utensilios de limpieza.
Desconcertado y suspicaz, George cogió su bastón con ambas manos y, tan sigilosamente como le fue posible, comenzó a subir la estrecha escalera de madera.
Antes de que pudiera llegar al armario, sin embargo, una figura de ropajes oscuros se le lanzó desde el rellano.
A puñetazos y puntapiés, el intruso lo desequilibró y lo hizo tambalear hacia el vestíbulo. George, sin aliento, ya no pudo gritar.
Cuando se levantó, el hombre había desaparecido y cerrado la puerta de golpe.
Sin aliento y conmocionado, alcanzaba a recordar apenas un rostro delgado y pálido, pero no desagradable, así como un par de ojos grises como el acero que, por un instante, estuvieron clavados en los suyos.
Por lo demás, sin embargo, estaba del todo perdido.
Dudaba de que fuera capaz de reconocer con certeza a su agresor si volviera a encontrarse con él.
Se limpió la boca magullada y sangrante, se recompuso y subió las escaleras hasta el armario. Los golpes eran más fuertes y urgentes.
Según lo que ya suponía a medias, se encontró dentro a su empleado, el joven Rodney Akeroyd, atado y con un esparadrapo rudimentario en la boca.
Una vez liberado de sus ataduras y tras haber tomado unos sorbos de brandy de la petaca de George, el joven emancipado contó con todo detalle su desventura:
—Me estaba preparando para irme a casa, puesto que Su Señoría me había dicho que no me quedara hasta tarde —explicó—.
De hecho, señor, ya estaba en la puerta cuando dos hombres me han abordado.
Uno era un tipo grande, muy fornido, señor, con el pelo rojo y muy corto.
Un convicto, desde luego, aunque no llevaba uniforme de preso.
He visto marcas de grilletes en sus muñecas.
Me ha agarrado antes de que yo pudiera entender qué querían y me ha arrastrado de vuelta al vestíbulo. El hombre que lo acompañaba era… —Dudó.
George lo animó:
—Prosigue, muchacho. ¿Era delgado…? ¿Tenía la cara delgada, quiero decir, y ojos grises?
—Sí, eso es, señor. También iba bien vestido y hablaba bien y… Bueno, puede que esto suene descabellado, pero me ha parecido que era un caballero. Quiero decir, señor, hasta que me ha dado un rodillazo en la entrepierna, algo que ningún caballero habría hecho.
El tono de Akeroyd era de indignación, y George, con todo el malestar que le había causado el hombre de los ojos grises, no pudo reprimir una sonrisa ante el criterio de su joven empleado sobre lo que constituía una educación refinada.
—Me han preguntado por el juez Forbes, señor —continuó Akeroyd—.
Les he dicho que este no era su despacho, pero no me han creído.
Entonces me han atado y me han metido en el armario.
Luego los he oído subir a su habitación.
Al poco tiempo lo he oído llegar, señor, así que he empezado a golpear el suelo tan fuerte como he podido, con la esperanza de que Su Señoría me oyera.
—¿Los hombres no le han dicho lo que querían? —preguntó George.
Rodney Akeroyd negó con la cabeza.
—No, señor, no lo han hecho. Excepto el más pequeño, que ha mencionado unos documentos judiciales y una transcripción de su juicio.
Supongo que se refería a su juicio en Inglaterra.
El grandullón ha debido de marcharse primero, justo antes de que entrara Su Señoría.
Han estado en su habitación bastante tiempo.
Media hora, al menos, según mis cálculos, señor.
—Entonces, si se encuentra con fuerzas, será mejor que vayamos a ver qué daños han causado —decidió George.
—Estoy bien, señor —le aseguró Akeroyd—. Un poco entumecido, eso es todo.