Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 6 #5
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Capítulo 6 #5

Katie la interrumpió. En voz baja, con bastante calma, le dijo:

—Abigail, no puedo volver a Pengallon. ¿Puedo quedarme aquí contigo hasta que…?, ¿hasta que encuentre un alojamiento adecuado?

A Abigail le vinieron a la mente una docena de preguntas.

Con desesperación, quería instar a la chica a que esperara antes de decidir nada, a suplicarle que viera a Rick y hablara con él, que dejara que el tiempo curara el dolor, pero los ojos azules de su cuñada la detuvieron. Respondió con suavidad:

—Por supuesto que puedes quedarte, Katie, todo el tiempo que quieras.

—Gracias —dijo Katie. Aunque el dolor en sus ojos no desapareció, parecía aliviada. Se dejó caer rendida sobre las almohadas—. ¿Le dirás a Rick, por favor, que me voy a quedar?

—Si quieres —aceptó Abigail a regañadientes—, pero ¿no quieres verlo, Katie, querida? Estoy segura de que estará ansioso por verte, aunque solo sea un momento.

La esperada negativa no llegó. Katie cerró los ojos.

—Si quiere verme, que suba, por supuesto. Pero estoy muy cansada, la… Que suba enseguida, por favor.

Abigail dudó y luego, llena de lástima, se inclinó para darle un beso. Se quedó sorprendida al rozar con los labios la mejilla helada y no obtener ninguna respuesta.

Abajo, en la sala de estar, solo estaban Tim y Rick. Los médicos, desde luego, habían decidido no quedarse. Entonces, Rick, tenso e inquieto, fue a visitar a su esposa. Se ausentó unos cuantos minutos y, cuando regresó, anunció sin rodeos:

—Por lo que he entendido, a Katie le gustaría quedarse aquí un tiempo y tú le has dicho que estás dispuesta a acogerla, Abby.

Bueno, no tengo ninguna objeción, como es natural; de hecho, te lo agradezco mucho.

Me iré a Pengallon por la mañana con el joven Dickon; tengo algunos asuntos que resolver en Parramatta, pero no tardaré mucho.

Yo… Gracias a los dos por todo lo que habéis hecho. Buenas noches.

Una vez que hubo salido con paso firme, Tim comentó en seco:

—Tu hermano aguanta el alcohol mejor que ningún otro hombre que yo haya conocido, Abby, querida, y quizá eso lo ha ayudado a superar una decepción comprensiblemente grande. Pero… Me temo que lo que te he dicho antes sobre su matrimonio es cierto. No todo va bien entre ellos, ¿verdad?

Abigail negó con la cabeza. De repente, sentía un cansancio y una tristeza insoportables.

—No —confirmó—, no va bien. Quizá, si ese pobre bebé hubiera sobrevivido, habrían conseguido reconciliar sus diferencias.

—Dejó escapar un suspiro—. Tim, Katie debe de quererlo.

No sé si el doctor Bowman te lo ha dicho, pero parece que estaba dispuesta a arriesgar su vida para salvar a un niño que Rick deseaba con todas sus fuerzas.

—Lo ha mencionado, pero no estoy seguro de que Rick lo hubiera entendido.

—Tim reprimió un bostezo y le rodeó los hombros con el brazo—.

Vamos a dormir, Abby, mi amor. Estoy cansado y tú debes de estar agotada.

Esta noche hemos hecho todo lo posible. Quizá mañana podamos ver las cosas con otra perspectiva.

—Sí, está bien —asintió Abigail.

Mientras subían las escaleras, recordó que su marido estaba a punto de pedirle un favor cuando Rick los había interrumpido. Presionado para que le dijera de qué se trataba, Tim le dedicó una sonrisa triste.

—No es nada, Abby.

—Dímelo de todos modos —insistió ella.

Él se encogió de hombros.

—Está bien, pero, de verdad, no es nada importante.

Iba a pedirte que intercedieras por tu hermana Lucy, eso es todo.

Quisiera que intentaras convencerla de que acepte las escrituras de la casa y la granja de Portland Place y, así, liquidar su reclamación sobre Yarramundie.

Estoy ansioso por llegar a un acuerdo. El viñedo y las cubas de vino podrían resultar lo bastante atractivos para Van Buren como para que se trague su orgullo y permita a Lucy conservar el arrendamiento.

Pero… —Tim ya no pudo reprimir un bostezo—.

Esa recepción infernal me dará la oportunidad de sacar el tema con Van Buren…

, y es posible que tú también puedas hablar con Lucy.

Como bien sabes, querida, suelo evitar esas malditas reuniones como si fueran la peste, pero, en esta ocasión, puede resultar útil.

—Espero que sí, Tim —respondió Abigail, aunque sin mucha convicción.

No obstante, la reclamación de Lucy sobre la propiedad que habían heredado juntas la preocupaba aún más que a Tim.

Mientras se dirigían al dormitorio, añadió—: Querido Tim, tu renuncia a Portland Place es un acto de generosidad.

Ojalá hubiera sido para Rick y Katie. Me duele mucho por los dos, pero, sobre todo, por Katie.

Como era su costumbre desde niña, se arrodilló junto a la cama para rezar tan pronto como se hubo cambiado de ropa. La oración le proporcionaba consuelo. Abigail se sintió en paz cuando, diez minutos más tarde, se deslizó en la cama y se refugió en los brazos somnolientos pero acogedores de Tim.

—Tim, cariño —murmuró—, te quiero.

Pero él ya estaba durmiendo y ella no supo si la había oído.