Capítulo 6 #3
—John Macarthur es un tipo extraordinario —observó—.
En cierto modo, supongo que representa un desafío o, al menos, un ejemplo.
Es el hombre más rico y el mayor terrateniente de toda Nueva Gales del Sur.
Ni siquiera el reverendo Samuel Marsden puede hacerle sombra, ¡aunque lo intenta con la ayuda de Dios!
Pero los hombres como Rick tienden a olvidar cuánto tiempo lleva Macarthur en esto.
Ni siquiera mientras estuvo retenido en Londres perdió de vista su objetivo ni permitió que su esposa lo olvidara.
—Elizabeth Macarthur es una mujer maravillosa, Tim —insistió Abigail con sincera admiración.
—Así es —admitió Tim sin dudarlo—, pero Macarthur es el alma, el planificador…
, el intrigante, si prefieres. Consigue lo que quiere, cueste lo que cueste.
Por citar un solo ejemplo, ha terminado por convencer a lord Bathurst para que le conceda los cinco mil acres en Cowpastures que tanto Bligh como Macquarie le habían negado.
Los gobernadores querían conservar esas tierras como propiedad del gobierno, y creo que tenían toda la razón.
Pero Macarthur no quiso ceder ni aceptar otros terrenos en Beu.
Libró por estos una batalla campal con el secretario Goulburn y John Oxley; se enemistó con los jueces, en particular con Barron Field, y estos bloquearon su nombramiento como magistrado.
Se peleó con Macquarie y esperó… ¡Dios mío, Abby!
, esperó más de veinte años sin cejar en su empeño, sin dar tregua a la Oficina Colonial.
Encontró la manera de ganarse el apoyo del comisario Bigge para su causa, y lo mismo hizo con el actual gobernador.
En la época de Bligh, lord Camden le había concedido diez mil acres, pero Bligh solo le permitió quedarse con la mitad.
Bueno, ahora es dueño de todo el terreno…
¡diez mil acres de las mejores tierras de pastoreo de toda la colonia, además de sus granjas en Parramatta y Belmont!
Entusiasmado con el tema, Tim dejó de manifestar su inquietud yendo de un lado a otro y continuó con vehemencia:
—Abby, John Macarthur puede haber sido privado del cargo judicial que deseaba, pero ¿qué le importa?
Tiene más de ocho mil ovejas, alrededor de mil cabezas de ganado y, quizás, un centenar de caballos, incluidos los árabes.
Tiene el monopolio de los carneros merinos.
Vendió las tierras que le compró a Foveaux en Toongabbie con un enorme beneficio y se dice que está tras las tierras de Rick en las llanuras de Bathurst. Olvídate de sus actividades políticas y del hecho de que debería haber sido ahorcado por traición.
¿Te extraña que Rick lo escuche y trate de imitarlo?
Todos lo hacen, todos los nuevos colonos adinerados que el gobierno central está enviando aquí.
—Pero Rick no es un nuevo colono —objetó Abigail—. No sentía ningún aprecio por John Macarthur cuando servía en la marina durante el gobierno rebelde, ¿verdad?
—Los tiempos cambian, querida —respondió Tim, y se encogió de hombros—.
No defiendo a John Macarthur, nunca lo he hecho: es un oportunista y un sinvergüenza.
Pero incluso yo tengo que admirar sus logros.
Aparte de todo lo dicho, ha hecho más que ningún otro hombre por desarrollar nuestro comercio de la lana, y todos nos estamos beneficiando.
Incluso me atrevería a decir que, dentro de cien años, la prosperidad de Australia bien podría atribuirse a sus esfuerzos.
—Sonrió sin diversión—. Para entonces, por supuesto, su papel en la ruina de tres gobernadores y la destitución de un cuarto habrá sido olvidado para conveniencia de todos.
—Supongo que tienes razón —dijo Abigail—. De todos modos, Tim, estoy preocupada por Rick. ¿No crees que…? —Se interrumpió, aún renuente a abordar el tema.
—¿Creer qué, Abby? —insistió Tim.
Ella dudó. No quería sugerir a nadie, ni siquiera a Tim, que su hermano podría ser capaz de engañar. Pero Tim nunca traicionaría una confidencia, y menos aún una de su esposa. Ella lo sabía muy bien, así que habló con inquietud:
—Bueno, ¿recuerdas las pepitas de oro que Rick encontró en el río, cuando él y Justin fueron por primera vez a Pengallon?
—Por supuesto que sí. —Una vez más, Tim leyó sus pensamientos y respondió negando con un enfático movimiento de cabeza—.
Estaría incumpliendo los términos de su contrato de arrendamiento, Abby.
El gobernador Macquarie excluyó los derechos mineros durante veinte años, y…
Rick no es tonto. Sabe que podría perder la concesión y ser objeto de un proceso penal si incumpliera los términos.
—Es cierto, Tim, pero…, ay, Dios mío, creo que deberías preguntárselo, pues…
—Él no lo admitiría, aunque estuviera extrayendo oro en secreto. Además —añadió Tim sin dar opción a réplica—, ¿cómo podría deshacerse del oro, en caso de que lo tuviera? ¿En quién podría confiar para venderlo?
—Nadie en la colonia —admitió Abigail—. Me imagino que hasta el peor delincuente tendría demasiado miedo a las consecuencias como para comprárselo.
Pero, aun así… Ay, Tim, Rick es mi hermano y lo quiero mucho.
No quiero verlo en problemas, en ningún tipo de problemas.
Si no es el oro, se está endeudando para comprar ganado al señor Macarthur, entonces yo…
Tim la rodeó con un brazo y sonrió.
—Abby, querida, si Rick está en deuda con Macarthur, será en connivencia con Macarthur, no te preocupes.
Se estará cubriendo las espaldas, como siempre.
Pero, si me lo permites, yo sería muy reacio a preguntarle a tu hermano sobre el tema.
Solo conseguiría insultarlo y perder su confianza.
Tal como están las cosas, mantenemos una excelente relación con él, ¿no es así?
Si se ha endeudado, estoy seguro de que nos pedirá ayuda.
Sabe muy bien que se la daremos con mucho gusto.
Tenía razón, pensó Abigail. Como siempre, Tim tenía razón…
Rick se resentiría si le preguntaran y, si tuviera serios problemas económicos, sabría, sin que hubiera necesidad de decírselo, que podía contar con la ayuda de Tim y de ella.
Tim era un hombre rico. Aún no estaba al mismo nivel que John Macarthur, pero era uno de los principales terratenientes de la colonia.
Y había trabajado duro para conseguir lo que tenía; incluso la herencia de Jasper Spence se la había ganado con esfuerzo.
Por otra parte, tenía una reputación de honradez y equidad que pocos podían igualar.
Ella se volvió para darle un beso en la mejilla y Tim, con una sonrisa cada vez más amplia, aprovechó para decirle:
—¿Es este un buen momento para pedirte un favor, Abby?
—Ay, Tim, ni siquiera tienes que pedirlo —comenzó ella—. Tú… —La interrumpió el sonido de la puerta, que se abría. Se volvió, sobresaltada, y vio a Rick de pie en el vano. Estaba pálido y angustiado. Por un momento, Abigail se preguntó si habría escuchado su conversación con Tim.
Pero sus primeras palabras disiparon cualquier duda.
—Se trata de Katie —les dijo—. Me temo que ha empezado el parto.
—¿Ya? —Abigail se puso de pie al instante, conmocionada y aprensiva—. Es demasiado pronto, Rick.
—Un mes antes de tiempo —respondió su hermano con amargura—, pero hay algo peor, Abby.
He llamado a Kate Lamerton para que la atendiera y me ha dicho que el bebé viene de nalgas y que el parto podría ser difícil.
La señora Lamberton quiere que un médico venga a examinarla.
Yo iba al hospital ahora mismo, pero he pensado que era mejor avisarte primero.
—Podemos enviar a un criado —le ofreció Tim—, no hace falta que vayas, Rick.
—No hay nada más que pueda hacer para ayudar, ¿verdad?
—replicó Rick con tono áspero—. La última vez que Katie dio a luz, solo la convicta Mary y yo estábamos allí.
Hicimos lo que pudimos, y no fue suficiente: el pobre bebé nació muerto y Katie también estuvo a punto de morir.
Esta vez no voy a correr ningún riesgo. Tendrá un médico y me aseguraré de que llegue antes del parto.
Ojalá el doctor Redfern no se hubiera jubilado.
¿Puedo suponer que Bowman es competente?
—Dicen que sí —le aseguró Abigail. Miró con incertidumbre a su marido, y Tim asintió con la cabeza.
—Iré contigo, Rick. Y Abby…
—Yo iré a ver a Katie de inmediato —prometió Abigail.
Los dejó y subió ligera a la habitación que Katie ocupaba desde su llegada. Las cortinas estaban echadas, y la habitación, en penumbra. Kate Lamerton la recibió en la puerta con un dedo en los labios.
—La pobre chica se ha quedado dormida —susurró la robusta comadrona. Cerró con suavidad la puerta, a sus espaldas—. Será mejor que duerma, señorita Abigail, porque está tan débil como un gatito. Necesitará todo el descanso posible antes de que llegue el médico.
—¿Es un parto de nalgas, Kate? —preguntó Abigail con ansiedad—, ¿estás segura?
—Sí, estoy segura. —Kate, con un rostro redondo y franco que reflejaba el pesar que sentía al tener que dar malas noticias, entró en detalles—: Será un parto difícil.
La señora es muy pequeña, ya lo ve, y le quedaban unas cuantas semanas para dar a luz, así que…
—Extendió las manos en un gesto de resignación—.
El doctor Redfern podría haber salvado al bebé, pero, con cualquier otro, no sé qué posibilidades habrá.
—Tú estarás con ella, Kate —logró decir Abigail con voz ronca—, y el doctor Bowman no debería tardar mucho. Mi marido y el señor Tempest han ido al hospital a buscarlo.
Pero, para su consternación, el doctor Bowman no fue quien regresó con los dos hombres una hora más tarde, pues estaba fuera de la ciudad. En su lugar llegó un joven médico asistente que, lleno de confianza, se presentó como Hamish Macnab. Admitió haber llegado a la colonia solo unas semanas antes.