Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Está delicioso, Abigail. Hacía mucho tiempo que no probaba algo tan…

femenino. En mi casa solo hay hombres, así que las comidas suelen ser abundantes y pesadas.

Por eso echo tanto de menos a mi pobre Annabel.

Yo tenía muchas ganas de criar a una hija y compartir con ella algunos refinamientos cuando fuera lo bastante mayor para disfrutarlos.

—Dejó el plato y su expresión se ensombreció por un instante—.

Pero… Pengallon ya no es tan solitario como antes ni está tan aislado porque se han concedido más subvenciones en la zona.

El gobernador Macquarie, como una de sus últimas medidas, eligió a diez jóvenes.

Creo que los llamáis «niños de la moneda».

En cualquier caso, todos son australianos y tienen veintipocos años.

Los seleccionó con mucho cuidado y les concedió tierras en las llanuras de Bathurst. Tienen mucho menos que nosotros: solo cincuenta acres cada uno; pero han hecho maravillas con sus concesiones.

Uno de ellos, Will Lee, ha empezado a criar con mucho éxito ganado rojo de cuernos cortos.

Fue él quien le dio a Rick la idea de reducir el número de ovejas y criar vacas.

Y ahora, por supuesto, estamos con los caballos.

Eso… —Katie miró a su marido y se encogió de hombros—.

Eso ha sido idea del señor Macarthur. Rick lo conoció en Parramatta cuando fue a seleccionar sus carneros merinos.

A veces pienso… —Se interrumpió y se sonrojó.

—¿Qué piensas a veces, Katie? —insistió Abigail.

—Oh, nada, en realidad. Es solo que Rick no sabía nada sobre la cría de ganado antes de dejar la marina y, por supuesto, yo tampoco.

—Pero tienes a Jethro Crowan —le recordó Abigail.

Tim había insistido en que Jethro, el pastor que había ido con Lucy y ella, se fuera a Pengallon a trabajar como administrador y asesor y, así, compensar la falta de experiencia de Rick.

—Sí —asintió Katie sin entusiasmo—. Tenemos a Jethro, y Tim ha sido muy amable al dejárnoslo, pero me temo que Rick no le hace caso.

Dice que a Jethro solo le importan las ovejas.

Cuando Rick decidió reducir el número de ovejas, se pelearon.

Creo que a Jethro le gustaría volver contigo a Upwey.

De hecho, ha estado a punto de decírmelo.

—Bueno, Tim lo volvería a acoger, estoy segura —respondió Abigail—.

Y yo también. —Le debía mucho al viejo Jethro Crowan, se recordó a sí misma, y sonrió cuando Katie la miró con sorpresa—.

Fue Jethro quien trajo a Dickon al mundo —le dijo en voz baja—.

Creo que yo habría muerto si no hubiera sido por Jethro. De hecho…

Julia irrumpió en la habitación sin anunciarse, blandiendo una carta.

—Esto acaba de llegar. Está dirigido a ti, tía Abigail —dijo sin disculparse—. Lo ha traído el mayordomo javanés de la tía Lucy. Y hay otra para Katie. Estoy segura de que es una invitación a la recepción que va a ofrecer, y…

—¿Qué recepción? —preguntó Abigail con frialdad—. No he oído nada de ninguna recepción, Julia.

—Pero yo sí —afirmó la chica con descaro—.

Cuando estaba en casa de los Bowman, ellos recibieron la invitación, entregada de la misma manera por el javanés.

La tía Lucy va a dar una fiesta por la noche; una velada musical, según me ha dicho Mary Bowman.

No sé cómo se ha enterado, pero me ha dicho que la tía Lucy ha invitado a la hermana de lady Brisbane, la señorita Mackdougall, para que toque el arpa.

—¡Oh! —Un poco desconcertada, Abigail intercambió una mirada con su marido. Tim Dawson se rio.

—La señorita Mackdougall es aún más reservada que la esposa del gobernador —dijo él con desdén—, y dudo mucho que se la pueda convencer para cambiar las comodidades de Parramatta por las incomodidades de la Casa de Gobierno de Sídney, que se está cayendo a pedazos ante los ojos de todos.

Además, lady Brisbane acaba de dar un hijo a Su Excelencia, ¿no es así?

Tampoco estará en condiciones de viajar.

Me temo que Lucy ha elegido un mal momento para dar su fiesta.

—Pero no será hasta el seis de mayo, papá —protestó Julia—, y será elegante y seductora. La tía Lucy siempre organiza sus fiestas con gran fastuosidad, igual que cuando vivía en Batavia. Aceptarás, ¿verdad? No me la perdería por nada del mundo.

Su entusiasmo no encontró eco en el resto de la familia.

Abigail suspiró.

—Tendremos que aceptar, por supuesto. Lucy lo esperará de nosotros, ya que somos sus parientes más cercanos. Pero…

Volvió a mirar a su marido, que respondió sin rodeos:

—¡Al diablo, supongo que tendremos que aceptar!

Aunque, por lo que a mí respecta, debo confesar que mijnheer Van Buren me parece un poco insoportable.

Tiene un don para molestar a la gente, con intención o sin ella.

En la última cena a la que asistió, se las ingenió para insultar a la anfitriona y, al menos, a la mitad de los hombres, incluido el mayor Goulburn.

E hizo enfurecer a James Erskine cuando, en una cena de gala, el tipo se quedó sentado mientras se brindaba por la lealtad.

Y supongo que se habría quejado, pero como los del Cuadragésimo Sexto estaban a punto de marcharse, decidió que no merecía la pena la molestia.

Julia, ofendida, salió de la habitación con tanta brusquedad como había entrado. Rick dijo:

—Mi relación con Van Buren ha sido efímera, pero, por lo que dices de él, parece una lástima que Justin Broome le haya salvado la vida.

—¿Te lo contó él? —Tim se sacó del bolsillo la pipa y la bolsa de tabaco y se levantó, pero Abigail le hizo señas para que se sentara.

—Fuma si quieres —lo invitó—, mientras nos dejes escuchar el relato del rescate. Hay todo tipo de rumores al respecto, pero aún no he oído la historia completa. ¿Te la ha contado Justin, Rick?

Rick asintió.

—Sí, esta tarde, cuando he ido a visitarlo.

Él había estado toda la mañana en la reunión del consejo del gobernador, así que no lo he encontrado en su casa.

No ha dicho mucho, pues nunca lo hace, pero tengo entendido que Van Buren estrelló el Flinders contra las rocas del cabo Hawke.

—Repitió el breve relato que le había dado Justin y se encogió de hombros—.

Justin adoraba ese pequeño balandro, ya lo sabes, y está desconsolado por su pérdida.

Por lo que he podido deducir, tampoco le gustó mucho el comportamiento de Van Buren, aunque no me ha dicho por qué.

Tenía que ver con uno de los tripulantes del balandro, uno que resultó herido, creo.

Ha dicho que el hombre está en el hospital y que Van Buren se ha desentendido de él, aunque el pobre diablo es un malayo a quien el propio holandés contrató en Batavia.

—Miró a Katie con extraña intensidad y añadió—: George De Lancey estaba con él a bordo del Elizabeth.

Katie no dijo nada, pero bajó de inmediato la mirada y Rick continuó con voz tranquila:

—Habían ido a inspeccionar el antiguo asentamiento penal de la isla Norfolk con James Meehan.

Al parecer, la Oficina Colonial quiere que se reabra la cárcel, y también hay la posibilidad de crear un nuevo asentamiento en la bahía Moreton para los condenados a muerte con indulto, los incorregibles y similares.

Justin me ha dicho que el gobernador desea inspeccionar en persona el emplazamiento de la bahía Moreton.

El Elizabeth tiene órdenes de llevarlo allí en una semana, más o menos.

Me ha dicho que… —Katie se levantó con dificultad y Rick se interrumpió—. Katie, ¿estás bien?

Ella inclinó su brillante cabeza, pero todo el color había desaparecido de sus mejillas. Se agarró al borde de la mesa para sostenerse, con su delgado cuerpo deformado por las curvas del embarazo. Aunque aún faltaban cuatro o cinco semanas para que naciera el bebé…

Abigail se le acercó, pero Katie le indicó que volviera a sentarse.

—Estoy bien —aseguró—. Solo muy cansada. Si eres tan amable de disculparme, Abby, creo que voy a acostarme un rato.

Rick dudó un instante. Preocupado, se acercó a su esposa para ofrecerle el brazo y, después de murmurar una disculpa, la condujo hasta la salida. Mientras los pasos se alejaban tras la puerta cerrada, Abigail miró a su marido con una pregunta muda y ansiosa.

Tim respondió a sus pensamientos sin dejar de fumar su pipa:

—No, querida, me temo que algo no va bien entre esos dos —dijo con pesar—, aunque solo Dios sabe qué ocurre. Siempre he pensado que eran el uno para el otro. Katie es una chica de ciudad, claro; quizá no está hecha para las penurias de la vida de los colonos.

—Es muy valiente —la defendió Abigail—. Tal vez se siente sola, Tim.

Antes de casarse con Rick, la aterrorizaba el aislamiento de Pengallon.

Aparte de su criada convicta, rara vez ve a otra mujer en todo el mes.

Pero no es solo eso: hace un momento me ha confesado que le preocupa que Rick esté cayendo demasiado bajo la influencia del señor Macarthur.

—Y no sería el único. Muchos de los nuevos colonos están influenciados por John Macarthur, y este siempre sale beneficiado, aunque los demás no ganen nada. Rick me ha dicho que le compró un semental árabe, además de los carneros merinos. ¡Y eso le habrá costado un ojo de la cara!

Abigail asintió con el ceño fruncido.

—Sí, lo he oído. Me pregunto cómo ha podido permitírselo. A menos que… —Bajó la cabeza como si no quisiera terminar la frase—. Entiendo por qué Katie está preocupada.

Tim vació su pipa. Se levantó y comenzó a caminar por la habitación con el ceño fruncido.