Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 6
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Capítulo 6

La agitación de Abigail Dawson se delataba por el rubor. La mujer bajó las escaleras e hizo un alto en el pasillo en penumbra, con tal de recuperar la compostura.

Siempre era lo mismo. Cansada, Abigail pensó que Julia, su hijastra, era la causa invariable de sus sobresaltos…, aunque el buen Dios sabía hasta dónde había llegado en su intento por traer armonía a su relación.

Julia nunca había sido fácil de manejar.

Durante su infancia, había resentido con amargura la decisión de su padre de volver a casarse, y Abigail, a pesar de todos sus esfuerzos, no había logrado ganarse el afecto ni la confianza de la niña.

En el mejor de los casos, había conseguido su obediencia hosca…

, y solo gracias a la insistencia de Timothy.

A sus veinticuatro años y aún soltera, Julia se había convertido en una influencia perturbadora en lo que, por lo demás, era una familia feliz y unida.

Su hermana menor, la guapa y dulce Dorothea, se llevaba muy bien con todos, era cortés y servicial, además de una compañera encantadora y una chica muy codiciada por los pretendientes más interesantes de Sídney.

Era cierto que Julia intentaba dominarla, pero…

Abigail esbozó una sonrisa. La pequeña Dodie era dueña de sí misma y hacía tiempo que el poder de su hermana mayor sobre ella había comenzado a disminuir.

Más aún, por supuesto, ahora que Dodie tenía pretendientes fogosos, mientras que los romances de Julia, por numerosos que fueran, no habían culminado en propuestas de matrimonio.

Abigail reflexionó con severidad que Julia no podía culpar a nadie más que a sí misma.

Había puesto el listón demasiado alto. No le servían los jóvenes granjeros ni los ganaderos trabajadores que tenían por vecinos en el valle del Hawkesbury, como tampoco los amigos de su hermano Alexander en Portland Place.

«Huelen a lana podrida y a estiércol —solía afirmar Julia con desdén—, y la mayoría son nativos. Prefiero quedarme soltera antes que casarme con uno de esos».

Ni siquiera los oficiales del coronel Erskine, en su mayoría, lograron ganarse su aprobación.

Eran demasiado liberales y desenvueltos en su relación con los emancipados, aunque fuera por orden del coronel.

A diferencia de los oficiales del Cuadragésimo Sexto, sus predecesores, pocos de los nuevos tenían, según Julia, los atributos de los caballeros.

Había habido un George De Lancey, por supuesto.

Abigail volvió a suspirar y se dirigió hacia la puerta trasera, la que daba al jardín. Pensaba en tomar un poco de aire antes de reunirse con Rick, Katie y Tim, su marido, para el ritual del té de la tarde en el salón.

Julia se había fijado en George De Lancey cuando este llegó a la colonia.

Era algo comprensible, tal vez, ya que el hombre poseía todos los atributos que ella valoraba: era guapo y abogado y había servido con distinción como oficial de caballería en la campaña peninsular y en Waterloo.

El que fuera estadounidense de nacimiento lo compensaba, a ojos de Julia, con sus conexiones aristocráticas y su ascendencia hugonota.

«Los De Lancey eran realistas —había informado a todos los que quisieron escucharla—. No regatearon su lealtad al rey cuando los colonos estadounidenses se rebelaron. Y el hermano del señor De Lancey fue nombrado caballero por sus servicios».

Ya no hablaba así de él. La pobre Julia había sufrido una profunda humillación cuando George, indiferente, por lo visto, tanto a su belleza como a su parcialidad, se casó con Rachel Broome, cuyos padres emancipados no habían aportado ni dote ni clase a la unión.

Y antes de eso… Abigail contuvo la respiración, consciente de que estaba sintiendo por su hijastra una lástima que no venía a cuento.

Antes de eso, un escándalo había vinculado a George de Lancey con Katie Tempest. Abigail sabía que aquello había destrozado el corazón de Julia.

George y Katie estuvieron prometidos en el pasado, antes de que él se marchara de los Estados Unidos.

Luego, el azar los había reunido en Australia.

Se rumoreaba que habían retomado su amistad e incluso habían tenido una aventura…

Triste, Abigail negó con la cabeza. Al fin y al cabo, solo eran hablillas, y nadie que les tuviera afecto les había dado crédito.

Eso sí, era cierto que los chismes habían tensado el matrimonio de Rick y Katie, y el efecto sobre Julia había sido casi catastrófico…

No era de extrañar, pues, que la chica fuera tan difícil y poco receptiva.

Abigail se reprendió a sí misma. No debía permitir que sus propios sentimientos se alteraran, sino que debía tratar de ser indulgente con su hijastra y, al menos, ganarse su confianza; aunque no podía esperar ganarse su afecto.

Un gong sonó dentro de la casa y Abigail comenzó a retroceder en respuesta al sonido.

En el espacioso y elegante salón encontró a Tim esperándola, acompañado de Rick y Katie.

Desde su llegada esa mañana, y tras una breve visita a los Broome, Katie se había quedado en su habitación.

Necesitaba dormir para recuperarse del largo y agotador viaje desde Bathurst en una carreta tirada por bueyes.

Abigail notó con preocupación que todavía parecía pálida y cansada.

Sus ojos estaban hundidos y apagados y no había rastro del color de sus mejillas, pero se las arregló para sonreír cuando Abigail le sirvió el té y le preguntó por su salud.

Katie le aseguró que se encontraba muy bien y que estaría aún mejor después de una buena noche de sueño.

—Todavía siento las sacudidas del carro —admitió con tristeza—.

Me temo que el camino del señor Cox no ha mejorado, aunque algunas de las secciones más empinadas se han nivelado un poco.

Pero es maravilloso estar aquí, Abigail; maravilloso volver a veros a todos, de verdad.

Y es un gran alivio saber que la querida Kate Lamerton estará conmigo cuando llegue la hora.

Que Dios quiera —añadió con gravedad— que esta, nuestra tercera vez, tengamos suerte.

—Ojalá —remachó Abigail.

Mientras servía el té a su marido y a su hermano, se reprendió a sí misma por haberse dejado alterar por Julia.

Los problemas de su hijastra, sus quejas y acusaciones, fueron desvaneciéndose hasta convertirse en insignificantes en cuanto los comparó con las penurias de Katie y su evidente infelicidad.

El rígido orgullo de Nueva Inglaterra era un impedimento para que Katie se quejara.

Esa mujer ocultaba su dolor y se negaba a hablar de él.

Sin embargo, Abigail podía intuir su presencia, soterrado pero latente.

Se preguntaba sobre el matrimonio de su cuñada: si el amor de Rick por su esposa, o el de ella por él, no habían logrado compensar de alguna manera la dura vida de pioneros que llevaban, con su carga de soledad y aislamiento.

Miró a Rick con aire inquisitivo, pero su hermano estaba absorto en una conversación con Tim sobre el apasionante comercio de la lana.

En contraste con Katie, Rick parecía bronceado y en forma, aunque se notaba en él una tensión inusual, cierta cautela, como si, a pesar del entusiasmo con el que hablaba con Tim, estuviera midiendo sus palabras.

—Voy a seguir el ejemplo de Macarthur —lo oyó decir Abigail—.

Mi objetivo es tener un rebaño algo pequeño, pero de raza pura.

A diferencia de él, voy a dedicarme más al ganado vacuno, porque la tierra es más adecuada para las vacas que para las ovejas, además de que dan menos trabajo.

Cuando están listas para el sacrificio, se pueden llevar a pie desde Bathurst, casi sin que pierdan peso, y los mismos arrieros pueden traer ganado de reposición para engordarlo.

Las ovejas no viajan bien por esa carretera, pero la lana no es un problema.

Aparte, esos carneros merinos que le compré a Macarthur, por muy caros que hayan sido, sin duda han mejorado mi rendimiento.

Tim sonrió.

—Sí, eran caros de verdad, Rick; pero ¿no decías que te ibas a dedicar a la cría de caballos? ¿O me lo he imaginado?

—No, no te lo has imaginado; eso estoy haciendo —dijo Rick con satisfacción—.

Tengo los potreros y los edificios. Hemos ampliado todo desde la última vez que nos visitaste.

Macarthur me vendió un semental árabe que es una joya.

Caro, por supuesto, porque John Macarthur nunca baja los precios, pero ese animal me ha dado unos potros preciosos.

Dentro de un año más o menos, Berber habrá amortizado su coste tres veces, créeme.

Siguió hablando y Tim mostraba un gran interés. Abigail los dejó solos y volvió a centrar su atención en Katie. Le rellenó la taza de té.

—¿Sigues sintiéndote sola en Pengallon? —preguntó—. Y prueba este pastel. Está recién hecho, es una receta de mi madre.

Katie aceptó una fina porción y la saboreó con gratitud.