Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 5 #5
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Capítulo 5 #5

Cuando el niño ya había entrado en la casa, Justin habló a la defensiva:

—Solo será un viaje corto, Jessie, mi amor. Tres semanas, quizá. Tengo que llevar al gobernador a la bahía Moreton. Y esto ha sido idea suya. Él… Nosotros… pensamos que le daría al pequeño Red la oportunidad de conocer la mar. Podrá volver al colegio cuando regresemos y…

—Sabes que no lo hará —le espetó Jessica con amargura—. Es tu hijo. Una vez que haya probado la mar, no habrá quien lo vuelva a meter en la escuela.

Esquivó el brazo con el que él intentaba rodearla, se adelantó hacia la sala y le pidió a Justin que se sentara a la cabecera de la mesa. Murdo y los dos niños ya estaban sentados en un discreto silencio.

Jessica sirvió la comida y los dejó comer.

Cuando cerró la puerta, su espalda fue algo así como un reproche.

Justin la miró con culpa. Recordaba la reacción de su propia madre cuando, veinte años antes, él también pidió permiso para hacerse a la mar con su padre, bajo el mando del difunto Matt Flinders.

Cerró los ojos. Mientras los recuerdos se le echaban encima, su plato estaba sin tocar.

Después de que Flinders hubiera inspeccionado la costa sur tras la estela de los dos barcos franceses al mando del capitán Baudin, su Investigator había atracado en el puerto Jackson para reabastecerse y reacondicionarse.

Ahí lo había abordado Justin. Entonces, Flinders le había hablado de la pérdida de su timonel, John Thistle, ahogado junto con seis marineros cuando su barco naufragó en el golfo de Spencer, arrastrado por una corriente.

El propio Justin, y no Flinders, había sido el responsable de que su padre se ofreciera voluntario para ocupar el lugar de Thistle.

Bien sabía que, por ser hijo del capitán, lo aceptarían como miembro de la tripulación del Investigator …

Justin sintió que se le tensaban los músculos de la garganta.

Aún podía ver a su madre, sus brazos blancos por la harina con la que estaba horneando y los ojos llenos de lágrimas, mientras él hablaba emocionado con su padre sobre el viaje venidero.

El Investigator estaba siendo aprovisionado para doce meses.

Iría a la Gran Barrera de Coral, al estrecho de Endeavour y al golfo de Carpentaria.

Ninguno de los pasajeros habría podido asegurar que el pequeño y mal equipado barco del rey volvería alguna vez.

Justin recordaba que, rebosante de entusiasmo, había dicho: «¡Es una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse, mamá!».

«¿Para ti, Justin? —le había preguntado su madre—, ¿o para ti y tu padre?».

«Matt Flinders necesita un capitán, Jenny —había respondido su padre—, y es mi amigo. Pero tú eres mi esposa… Solo iré si cuento con tu consentimiento; y el niño también».

Y su madre, conteniendo las lágrimas, había dado el consentimiento. «Id, pues —les había dicho—. No me interpondré en vuestro camino».

Esa escena estaba tan viva en su mente como si hubiera ocurrido el día anterior, y no hacía veinte años, aunque en todo el tiempo transcurrido apenas había pensado en ella.

Miró a su hijo mayor, al otro lado de la mesa.

El chico, abatido, no le devolvió la mirada.

De repente, Justin se levantó de la mesa y apartó el plato.

Encontró a Jessica en la pequeña y oscura cocina.

Asombrado por la coincidencia, vio que ella también estaba horneando y que, al igual que su madre, tenía los brazos cubiertos de harina.

—Solo me llevaré a Red si cuento con tu consentimiento, Jessie. No le he dicho nada —dijo con voz entrecortada.

Jessica se volvió hacia su esposo con los ojos secos. Sentía el corazón roto, aunque controlaba el dolor con toda su valentía.

—Puedes decírselo —respondió—. Si eso es lo que ambos queréis, no me interpondré en vuestro camino.

Justin tomó a Jessica por sus pequeñas y delgadas manos y la atrajo, y esa vez ella no intentó evadir el abrazo. Pero, cuando la besó, pudo sentir en sus labios el sabor salado y amargo de las lágrimas.

Saladas como el mar, pensó con tristeza. Abrazó a su esposa con fuerza y apoyó su mejilla en la de ella.

—Cuidaré bien del chico, Jessie, te lo prometo. ¡Y volverá al colegio!

Solo que él mismo no había vuelto, recordó.

El viaje de pesadilla de un año bajo el mando de Matthew Flinders, durante el cual habían circunnavegado Australia, soportando ciclones, les había costado casi la mitad de la tripulación por el escorbuto, la fiebre de Java y los ataques de los nativos.

Aquella había sido su iniciación a la vida en la mar.

Quizá alguna perversión lo hacía no anhelar otra vida, a pesar de todos los peligros e incertidumbres, las penurias y las veces que su hombría era puesta a prueba.

Y Jessica… Bajó la mirada hacia rostro de su esposa, bañado en lágrimas, y esbozó una sonrisa.

—Díselo tú, amor mío —le suplicó—. Sonará mejor si se lo dices tú.

Jessica no le respondió. Solo se secó los ojos llenos de lágrimas con la esquina de su delantal, alzó bien la cabeza y se marchó para obedecer.