Capítulo 5 #4
—Bueno, tú tendrás el honor de enseñárselo —replicó Justin, haciéndose eco de la sonrisa de su cuñado—. Quiere tu compañía y la de uno de tus protegidos, Finnigan o… ¿cómo se llama el otro?, ¿Pamphlet?, para que haga de guía. Zarpamos dentro de diez días.
—¿Y Oxley? ¿Y Ovens?
—No los ha mencionado. —La sonrisa de Justin se amplió—. Pero Red va a probar la vida a bordo por primera vez, con el permiso expreso de Su Excelencia. Tendrás que ayudarme a conseguir el de tu hermana, Murdo.
—No le gustará, pero haré lo que pueda. ¿En diez días, has dicho? ¡Bien! —Rebuscó en el bolsillo de sus pantalones y sacó una tarjeta doblada—. Al menos, me libraré de asistir a la recepción de los Van Buren.
—¿La qué de los Van Buren?
—Una recepción, nada menos. —Murdo leyó la tarjeta con tono burlón—: «El comandante Josef Van Buren y su esposa tienen el placer de invitar a Sus Excelencias sir Thomas Brisbane y lady Brisbane a la recepción que tendrá lugar en el número seis de la calle Bridge el jueves, 6 de mayo, de ocho a diez de la noche».
Esta mañana han entregado un montón de estas en el comedor.
Desde el coronel hacia abajo, todos estamos invitados. ¿No has recibido una?
Justin negó con la cabeza.
—No espero recibirla. Jessica y yo no estamos en la lista de invitados de los Van Buren.
—¿Ni siquiera después de que le salvaras la vida?
—Eso no cambia mi posición social. Llevas demasiado tiempo en la selva, mi querido Murdo. Los habitantes de Sídney están muy divididos: a los ojos de Lucy Van Buren, los exclusivos son exclusivos, ni más ni menos.
Murdo se echó a reír a carcajadas.
—¡Si ella supiera! Por Dios, Justin, es divertidísimo, ¿no?
Me ha invitado porque supone que soy un oficial y un caballero, y, sin embargo, ¡he estado en el banquillo de los acusados y me han condenado a muerte porque me pillaron con las manos en la masa!
—Apagada su risa, rodeó con afecto los hombros de Justin.
Enseguida, añadió serio—: A veces, me gustaría que Nick Vincent pudiera verme ahora, porque es gracias a él que estoy aquí, con un uniforme escarlata, en lugar de vestido como un cuervo y con un collar de cadenas, ¿sabes?
Él me obligó a alistarme en el ejército.
Yo nunca lo habría hecho si Nick no me hubiera obligado.
Y yo nunca me habría acercado a menos de cien millas de Waterloo si hubiera tenido la más mínima idea de lo que iba a ser esa batalla.
Justin se encogió de hombros.
—Pero luchaste en Waterloo, Murdo. Te comportaste bien y te ganaste tu cargo.
Murdo dudó un momento. Se tensó de pronto y, luego, como haciendo un esfuerzo consciente, habló con gravedad:
—A decir verdad, Justin, habría huido de haber sido posible.
—Pero no era posible, y no huiste. Por el amor de Dios, ¡estoy seguro de que no eras el único que quería huir!
George me ha contado que llevaste la bandera de tu regimiento hasta que te hirieron.
Me ha dicho que el Quincuagésimo Segundo estaba en el centro de la batalla y que sufrió más de doscientas bajas.
—El tono de Justin era cálido—. No tienes nada de qué avergonzarte, Murdo.
Además, desde que llegaste aquí, te has comportado muy bien.
Meehan, Evans y Cunningham darán fe de la ayuda que les has prestado en sus expediciones exploratorias…
Y Oxley también lo haría si no estuviera tan ansioso por mejorar su propia reputación.
—Quizá —admitió Murdo sin convicción, y cayó en un silencio pensativo.
En tono burlón, Justin le dijo:
—¡Maldita sea, te mereces que te inviten a la recepción de los Van Buren, querido amigo! Y yo debo agradecer a mis antepasados convictos que me hayan librado de tener que asistir, porque, si hay una persona en esta ciudad que no soporto, ese es el mayor Josef Van Buren.
—Nosotros estaremos de viaje por la bahía Moreton —le recordó Murdo—, y el gobernador también —añadió, habiendo recuperado su alegría habitual—. La señora Van Buren tendrá que conformarse con las cabelleras del coronel Erskine, el archidiácono Scott y quizá algunos miembros del clan Macarthur.
—Así será —asintió Justin con suavidad—. Vamos, se nos hace tarde y Jessica nos estará esperando con la cena.
Jessica los recibió en la puerta de la cabaña frente al mar. Red y su hermano menor, John Lachlan, estaban apiñados detrás de ella, entusiasmados.
—Se acaban de perder a dos visitantes muy bienvenidos —dijo Jessica—: Rick Tempest y la querida Katie. Han venido de Pengallon para el parto de Katie y se alojan con los Dawson. Rick estaba muy ansioso por verte, querido Justin. Ha dicho que volvería más tarde.
Justin hizo cuentas. Hacía casi un año que no veía a su socio.
La concesión que compartían, Pengallon, estaba en el río Macquarie, a una docena de millas de Bathurst, después de atravesar un terreno muy accidentado.
La traicionera carretera de las montañas disuadía a los colonos de la zona de emprender el largo viaje a Sídney.
Pero a Katie Tempest el último embarazo había estado a punto de costarle la vida.
Según sabía Justin, había terminado en un mortinato, así que habrían decidido no correr el menor riesgo.
Se inclinó para besar la suave mejilla de su esposa, consciente, como siempre, de su aroma fresco y cálido y de la suavidad de sus labios.
—Me dará mucho gusto ver a Rick. Y… ¿has dicho que han venido para el parto de Katie? ¿Tienen pensado quedarse mucho tiempo?
—El bebé no nacerá hasta dentro de tres o cuatro semanas —respondió Jessica—.
Rick me ha dicho que volverá dentro de un día o dos y se llevará a Dickon con él…
¡Pobre Rick! Le habría encantado tener un hijo varón.
Dickon es la niña de sus ojos, a pesar de su discapacidad, y el chico lo adora.
¿Sabías que…? —El rostro de Jessica se ensombreció—.
Justin, ¿sabías que perdieron a su hijita?
—No —respondió Justin, conmocionado—, no lo sabía. ¿Cómo ocurrió?
—La pobre niña sufrió una fiebre muy fuerte, de la que creían que se había recuperado, pero… —La voz de Jessica se quebró y sus ojos se humedecieron mientras miraba a su marido—. Ay, Justin, Katie la encontró muerta en su cuna una mañana. Hace unos tres meses, creo.
Sin quererlo, Justin dirigió su mirada hacia sus dos robustos hijos pequeños. Suspiró.
—Lo siento mucho. Es trágico para ellos. Nosotros, ¡gracias a Dios!, hemos sido muy afortunados, mi amor.
—Lo hemos sido —asintió Jessica, aunque luego añadió con un poco de aspereza—: hasta ahora.
El día que te lleves a Red a la mar contigo…
¡Ay, Dios mío!, esta mañana, cuando les he llevado a los Van Buren el paquete que me dejaste, se ha encontrado con Claus.
El niño le ha contado todo sobre el naufragio del Flinders .
Desde entonces, no ha hablado de otra cosa, Justin.
—¿No ha hablado más que del naufragio?
Ella negó con la cabeza.
—No, de ir a la mar.
Justin miró a Murdo y se llevó un dedo a los labios. Pensó que durante la comida podría contarle lo de la invitación del gobernador. Debía elegir un momento en el que, con suerte, ella estuviera relajada y menos propensa a hacerle un reproche. Quiso cambiar de tema:
—¿Está lista la cena? —preguntó.
—Lleva una hora echándose a perder. —Jessica había notado el movimiento del dedo de su esposo y el asentimiento de su hermano. Su grito salió del fondo del corazón—. ¡No, Justin, no! Todavía no, es solo un niño. Y están sus estudios. El señor Cape dice que está progresando mucho.
Los niños estaban fuera del alcance del oído, pero Red, como si algún instinto lo hubiera alertado, volvió con cautela adonde estaban sus padres.
—Papá —comenzó vacilante—. Por favor, papá, yo…
Murdo lo agarró por el cuello y lo hizo girar.
—Adentro, granuja —le ordenó con fingida severidad—, que hay cosas que no debes oír, ¿entendido? De todos modos, pronto tendrás respuesta a lo que te preocupa.