Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Muy bien, señor Dean —asintió el gobernador—, revisaré el caso lo antes posible.

—Se volvió hacia su secretario personal, el mayor Ovens—.

Sea tan amable de tomar nota de eso, John, por favor.

Ahora… —consultó sus propias notas—, creo que hemos cubierto todos los puntos del orden del día, caballeros, salvo el asunto de la expedición por tierra al puerto Western, que discutimos en nuestra última reunión.

Recordarán que temíamos tener que renunciar a esta propuesta, ya que el señor Hume consideraba que los fondos disponibles del gobierno eran insuficientes para equipar bien a su grupo.

No hace falta que les diga que Whitehall controla nuestros gastos de la manera más rigurosa, ¡de una forma condenadamente estricta!

Sin embargo, se ha propuesto una solución.

—El gobernador miró a uno y otro con un brillo de acero en los ojos, como desafiando las objeciones que pudiera plantear cualquiera de los miembros de su consejo, pero nadie dijo nada, así que siguió adelante—: Un caballero llamado William Hovell, capitán de marina retirado que cultiva setecientas hectáreas en Narellan y es bien conocido por algunos de ustedes, está deseoso de participar en la expedición.

Se ha ofrecido a sufragar la mitad de los gastos del señor Hume.

Con toda franqueza, caballeros, no veo razón para rechazar esta oferta, ya que el objetivo de la expedición es, como ustedes saben, la posibilidad de abrir más tierras para el asentamiento.

Justin, que escuchaba con gran interés, vio que Oxley negaba con la cabeza. El topógrafo habló con tono agresivo:

—Señor, la zona que rodea el puerto Western es un páramo estéril, del todo inútil para cualquier propósito civilizado.

—Soy consciente de ello, señor Oxley —le aseguró Brisbane—, pero es la zona entre el lago George y la costa la que deseo que se examine.

El señor Hume ha informado de la existencia de llanuras fértiles al sur del río Murrumbidgee y otros han confirmado esa afirmación; entre ellos, el señor Alexander Berry.

Por supuesto, también su propio adjunto, el señor Meehan.

Oxley se sonrojó de irritación. El secretario Goulburn comenzó a discutir con el presidente del Tribunal Supremo, Francis Forbes, quien se estaba dejando llevar por el calor del momento como consecuencia de los comentarios abrasivos de su mayor. El gobernador los calló con brusquedad.

—Están aquí para aconsejarme, no para darme órdenes, caballeros —les recordó con cierta aspereza—.

La responsabilidad última recae sobre mí.

Les ruego que comprendan que la política de la Oficina Colonial me obliga a tomar todas las medidas posibles para colonizar este vasto país y desalentar los intentos de los franceses de anexionar cualquier parte, si no nos fuera posible impedirlos por completo.

Necesitamos colonos y, para atraerlos, debemos poner a su disposición tierras donde quiera que podamos explorar y abrirlas al desarrollo.

El potencial de Australia es tan vasto como su superficie, pero, como estoy obligado a ajustarme a un presupuesto muy reducido, solo puedo emplear los medios y el personal de que dispongo.

Los hombres libres con capital para invertir en ganado y tierras están llegando con demasiada lentitud, por desgracia, pero están llegando.

Debemos ofrecerles todos los incentivos posibles en forma de subvenciones generosas y la mano de obra gratuita de los convictos.

—Hizo una pausa, durante la cual nadie habló, y continuó con firmeza—: Señores, estoy tratando de liberar a Sídney de los peores elementos criminales.

Quiero expulsar de nuestras calles a los incorregibles y a los condenados a muerte.

—La mirada del gobernador se dirigió desafiante al juez Forbes—.

Asignaremos al resto de los deportados a trabajos útiles en el campo, fuera de las ciudades, donde puedan ser mejor aprovechados; y, si fuera necesario, encadenados.

Todos asintieron en señal de acuerdo. Visto que Forbes no había tomado eso último como un desafío, el gobernador se puso a ordenar sus papeles como preámbulo para dar la sesión por terminada. Dijo con tono definitivo:

—Reabriré la prisión de la isla Norfolk con carácter urgente.

Para ello se necesitarán dos barcos. Según el señor Meehan, también una mano de obra de unos cien convictos.

El Mermaid y el bergantín Brutus deberían bastar.

El Lady Nelson tendrá que quedarse como barco de aprovisionamiento para cuando llegue el capitán Bremner.

Lo que me deja con su barco, señor Broome: el Elizabeth.

Justin se puso en alerta de inmediato.

—Sí, señor. El Elizabeth puede estar listo para zarpar en veinticuatro horas.

Sir Thomas Brisbane le dedicó una sonrisa de aprobación.

—En ese caso, prepare todo para zarpar hacia la bahía Moreton, señor Broome, si es tan amable, conmigo como pasajero. Estoy ansioso por ver el lugar con mis propios ojos antes de tomar una decisión definitiva.

—Muy bien, señor. —Justin ocultó su sorpresa.

La reunión terminó y el gobernador le hizo señas de que se quedara. Cuando estuvieron solos, lo volvió a felicitar:

—Hizo bien en rescatar al mayor Van Buren, señor Broome. Dígame, ¿cuál era el propósito de su viaje? Había estado en Batavia, ¿no es así?

—Eso creo, señor, sí —admitió Justin con cautela.

A pesar del consejo de George De Lancey, se sintió tentado de mencionar la revelación del viejo Job Scaife sobre la escala del holandés en la isla Norfolk, pero…

Eso podría acarrear problemas. No estaba por la labor de defender a Jos Van Buren, y menos aún desde aquel rescate, pero acababan de sembrarse dudas sobre la veracidad del viejo Job.

Además, el propio Van Buren nunca había admitido haber concertado una cita con la fragata francesa.

Justin se recordó que, durante la estancia del holandés a bordo del Elizabeth, se había comportado como si no tuviera nada que ocultar.

El encuentro con la fragata francesa podría haber sido fortuito y, tal vez, inocente.

El brandy francés que Van Buren había querido rescatar pudo haber sido un simple regalo.

Aunque… Justin dudó y el gobernador resolvió su dilema.

—No confío en el mayor Van Buren —observó con tono grave—.

Y no creo ni por un momento que tenga en mente los intereses británicos, a pesar de que se ha casado con la hermana de la señora Dawson y ha anunciado su intención de establecerse aquí.

Por eso me he negado a concederle tierras, a menos que sea a nombre de su esposa.

—Después de que sus agudos ojos escudriñaran el rostro de Justin, Brisbane añadió en voz baja—: Si tiene algo que decirme sobre ese caballero, señor Broome, le aseguro que lo mantendré en secreto. Van Buren no se enterará.

—En ese caso, señor —respondió Justin—, el anciano que encontramos en la isla Norfolk, Job Scaife, me dijo que Van Buren había estado allí al mismo tiempo que la fragata francesa.

No nombró al mayor, pero lo describió como un holandés.

Si Scaife ha dicho la verdad sobre el barco francés, también la ha dicho sobre Van Buren, señor.

Describió el Flinders con suficiente precisión como para que yo supiera de qué barco se trataba.

—Ya veo. —El gobernador frunció el ceño y preguntó otras cosas pertinentes antes de soltar un largo suspiro—.

Me temo que, sin pruebas concluyentes, no puedo hacer gran cosa al respecto; excepto vigilar a Van Buren, por supuesto, y quizá revisar su licencia de comerciante cuando llegue el momento de renovarla.

Me ha dicho que usted creía que ese hombre transportaba licor en el Flinders, ¿verdad?

—Se lo comentó al señor De Lancey, señor, pero a mí no.

—Bueno… —Brisbane sacó el reloj de bolsillo y lo miró—.

Debo volver a Parramatta. Mi esposa me estará esperando, además de que el señor Rumker está trabajando conmigo en un catálogo de estrellas del hemisferio sur.

Aunque no lo crea, señor Broome, hemos observado y catalogado más de seis mil desde mi observatorio, ¡y aún no hemos terminado!

—Sonrió con auténtico placer y volvió a guardar el reloj en el bolsillo del chaleco—.

Digamos que en diez días estaré listo para reunirme con usted y partir hacia Moreton Bay.

—Muy bien, señor. —Justin interpretó que era hora de retirarse y se puso de pie—. El Elizabeth estará listo para zarpar cuando a Su Excelencia le convenga. ¿Necesita alojamiento para los miembros de su personal, señor?

—Mi ayuda de cámara, nadie más —decidió el gobernador—, pero creo que el teniente Dean podría acompañarnos; y quizá también uno de los dos náufragos, para que nos sirva de guía. ¿Podría encargárselo al joven Dean?

—Sí, señor, con mucho gusto.

Justin se despidió con una reverencia y se dirigió hacia la puerta. Antes de llegar a ella, el gobernador lo llamó.

—¿Qué hay de su hijo, señor Broome? Ya que no estaremos fuera mucho tiempo, ¿le gustaría que tuviera su primera experiencia en la mar?

El joven Red saltaría de alegría, pensó Justin.

¡Dios mío, el pequeño granuja estaría en la gloria!

Y Jessica difícilmente podría poner ninguna objeción, ya que, como había dicho el gobernador, no estarían fuera mucho tiempo.

Tres semanas, con toda probabilidad, o cuatro, como mucho, si sir Thomas se decidiera por explorar el río que llevaba su nombre.

—Muchas gracias, señor —dijo agradecido—. Será un placer.

Cuando salió de la Casa de Gobierno, Murdo lo estaba esperando, paseando de un lado al otro frente a las puertas. Luego, mientras caminaban juntos, Murdo dijo sonriente:

—¡Así que tendrás el honor de llevar a Su Excelencia a la bahía Moreton, Justin! Supongo que, en realidad, querrá ver el río Brisbane.