Capítulo 5 #2
—Hay otro joven oficial cuya opinión sobre este tema me gustaría conocer —intervino sir Thomas Brisbane—.
Se trata de alguien que ha participado en varias expediciones exploratorias; entre ellas, el reciente descubrimiento por parte del señor Cunningham de una ruta terrestre desde Bathurst hasta las llanuras de Liverpool.
Cuando pase por la antesala, señor Meehan, tenga la amabilidad de informar al teniente Dean de que lo necesitamos.
Y le agradezco el excelente trabajo que ha realizado en la inspección de la isla Norfolk.
Meehan hizo una reverencia y se retiró. Justin se quedó esperando, un poco ansioso, a que el joven hermano de su esposa hiciera acto de presencia ante el consejo.
Por más que lo intentaba, no podía olvidar que Murdo Maclaine había sido miembro de la banda de salteadores de caminos del famoso Nick Vincent, hombre a quien debía su fuga de la cárcel.
Murdo había sido condenado a la deportación, pero, tras su fuga, luchó en Waterloo bajo un nombre falso.
Él afirmaba que había sido ascendido por su valentía en la batalla.
Era cierto que, desde su llegada a la colonia, había desempeñado el papel del teniente Michael Dean con una encomiable dedicación al deber.
George De Lancey, con quien había hecho la travesía en el transporte Conway, tenía a Murdo en gran estima y…
Justin suspiró. Su propia y amada esposa, Jessica, adoraba a su hermano al grado que no quería oír nada malo de él.
De hecho, Red, su hijo, había sido bautizado como Murdoch en su memoria, pues Jessica creía que su hermano había muerto.
La alegría de Jessica tras el reencuentro había sido conmovedora.
Murdo entró en la sala, elegante y delgado, con el uniforme impecable, el chacó bajo el brazo con absoluta corrección y la medalla de plata de Waterloo en su orgulloso pecho.
Se puso firme y saludó con una reverencia.
El gobernador lo recibió con aprobación militar, lo saludó por su nombre con toda cortesía y le indicó que se sentara junto a Justin, en la silla que James Meehan había dejado libre.
—Y ahora, caballeros —dijo Brisbane—, escuchemos el informe del señor Oxley.
John Oxley, el topógrafo del gobierno, era, en virtud de su cargo, miembro del consejo del gobernador.
Hablaba con autoridad y confianza, haciendo caso omiso de los intentos del secretario Goulburn de apresurarlo.
Aunque solo tenía treinta y ocho años, llevaba mucho tiempo vinculado a la colonia, pues había llegado veinte años antes, como guardiamarina, en el Buque de Su Majestad Buffalo.
De formación, el exteniente de navío era topógrafo marítimo, pero, además de haber participado en la exploración de Phillip King, había desempeñado un papel destacado en varias expediciones exploratorias terrestres.
A él se le atribuía el descubrimiento de los ríos Castlereagh, Peel y Hastings, además del puerto Macquarie y las llanuras Liverpool.
Su informe sobre las posibles instalaciones portuarias de la bahía Moreton era meticuloso, detallado y entusiasta.
El rostro delgado y pálido de Oxley se iluminaba con cada una de las ventajas que ofrecía la zona, según iba enumerándolas; primero, para una colonia penal, y, más tarde, para convertirse en un asentamiento libre.
—La tierra, caballeros, es excelente, aunque está muy arbolada.
He observado mucha madera fina; cedro, sobre todo, entre un número predominante de eucaliptos y acacias.
La elevación media de las montañas sobre las costas de la bahía Moreton no puede ser inferior a cuatro mil pies.
La elevada cresta no presenta ninguna abertura para ir más allá, hacia el interior.
En mi opinión, sería imposible escapar de una prisión establecida allí, salvo por mar.
No vi tales ventajas en el puerto Curtis, por lo que decidí aprovechar todo el tiempo a mi disposición para investigar la bahía Moreton y sus alrededores.
Me parece que es más probable que den un resultado positivo y útil.
El lugar que he elegido está bien abastecido de agua.
Se podría dar un empleo provechoso a un gran número de convictos en la tala de árboles y el desbroce de tierras.
—Oxley rebuscó una vez más su carpeta y ofreció al consejo varios croquis, así como dos páginas de notas escritas con todo cuidado—.
Como podrá observar, señor —dijo después de haber colocado uno de los mapas delante del gobernador—, hay un hermoso río junto al cual he marcado los emplazamientos para los cuarteles de los oficiales, una caseta de vigilancia, unas cabañas y una cárcel.
Esta última estaría rodeada por una empalizada hecha con madera de la zona.
Y el río, señor, es hermoso. Junto con el señor Dean y un pequeño grupo del barco, lo exploré a lo largo de unas cincuenta millas.
Señor, verá que he tenido el atrevimiento de bautizarlo como río Brisbane.
Tengo la esperanza de que Su Excelencia permita que lleve ese nombre.
Sir Thomas Brisbane miró sorprendido a su interlocutor y sonrió complacido por el cumplido implícito.
—Estoy encantado de darle mi permiso, señor Oxley, más que encantado. Y le agradezco la sugerencia.
Oxley se secó la frente. Justin pensó que parecía enfermo, ya que su palidez se acentuaba a pesar del calor que hacía en la habitación, pero el topógrafo continuó con entusiasmo.
—Creo, señor, que el río Brisbane es la principal salida de las marismas en las que desemboca el Macquarie.
Parece tener su origen en el lado oriental de la cordillera divisoria, y su fuente principal se encuentra en tierras elevadas que se sitúan casi en la costa, entre los paralelos veintiséis y veintisiete.
Siguió hablando. Disfrutaba de la aprobación del gobernador mientras describía con todo detalle los especímenes botánicos que había obtenido y la fauna que había observado. Justin sintió que Murdo se movía inquieto a su lado y le lanzó una mirada interrogativa.
En un susurro discreto, Murdo le dijo:
—Este maldito no descubrió su preciado río, ¡se lo encontró por pura casualidad!
—Oxley es un tipo bastante decente —advirtió Justin—, no le robes su momento de gloria. Además, me temo que está enfermo. Parece tan blanco como un cadáver.
Murdo se encogió de hombros.
—Ah, muy bien, si tú lo dices. Pero hay otra cara de este vagabundo que Su Excelencia aún no conoce, y dos pobres diablos condenados que podrían haber conseguido el indulto si Oxley no hubiera decidido quedarse con todo el mérito.
Sin embargo, cuando John Oxley, si bien con evidente renuencia, por fin le cedió la palabra, Murdo contó su historia con loable imparcialidad.
—Durante nuestra estancia nos encontramos con dos hombres blancos, Su Excelencia —dijo—: John Finnigan y Thomas Pamphlet.
Vinieron a nuestro encuentro desnudos y cubiertos de barro, al estilo aborigen.
Me dijeron que habían trabajado como leñadores en el distrito de Illawarra y que habían zarpado en un pequeño bote de remos con la intención de regresar a Sídney.
Pero fueron arrastrados mar adentro y, como no llevaban brújula, perdieron el rumbo.
Cerca de la costa, creyeron que se encontraban al sur de Sídney, así que remaron hacia el norte.
Soportaron muchas penurias y terminaron por desembarcar en la bahía Moreton.
Estaban muy débiles, al borde de la inanición.
—Murdo se dirigió al gobernador—. Finnigan me dijo, señor, que habrían perecido de no ser por la ayuda que recibieron de la tribu indígena que habita la zona.
Estuvieron viviendo con esa tribu durante casi dos años y, al parecer, fueron aceptados y bien tratados.
Estos dos hombres descubrieron el río, señor, y nos dijeron cómo llegar, ¿no es cierto, señor Oxley?
Ante el desafío, Oxley, de mala gana, admitió que así había sido.
—Nuestra exploración nos habría llevado al río, señor, por supuesto. Finnigan y Pamphlet nos ahorraron tiempo.
—Hemos traído a los hombres con nosotros a bordo del Mermaid, señor —continuó Murdo, decidido a dejar las cosas claras—.
Por supuesto, dado que figuran como fugitivos, temían que se les impusiera una pena adicional si regresaban a Sídney.
Les he dado mi palabra, señor, de que hablaría en su favor y pediría el perdón de Su Excelencia.
Sir Thomas Brisbane lo miró pensativo. Luego se volvió a Oxley con las cejas arqueadas.
—¿Usted creyó esa historia, señor Oxley? —preguntó.
Una vez más, John Oxley se vio obligado a asentir.
—Sí, señor, la creí. —Mostró una inesperada sonrisa—. Era demasiado inverosímil para no ser cierta. Y los nativos nos la confirmaron… Bueno, eso ha dicho Dean. Dean entiende su idioma; o eso dice, ¿verdad, Michael?
Murdo le devolvió la sonrisa.
—Sí —afirmó—. He convivido con las tribus de la región de Bathurst y esta gente habla más o menos la misma lengua.
Y, señor, trataron muy bien a Finnigan y a Pamphlet, como ya le he dicho.
Gracias a la confianza que les inspiran estos dos hombres, la tribu nos aceptó y no mostró ninguna hostilidad hacia nosotros mientras explorábamos el río y los terrenos circundantes.