Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 5
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Capítulo 5

El consejo asesor del gobernador, presidido por el propio sir Thomas Brisbane, acababa de escuchar con atención las novedades de Justin sobre su visita a la isla Norfolk.

El informe había sido precedido por la evaluación práctica del topógrafo James Meehan sobre lo que haría falta, en términos de hombres y materiales, para reabrir la cárcel.

En su recapitulación, el gobernador parecía expresar con exactitud los sentimientos de la mayoría del consejo.

Con la franqueza propia de un militar, dijo:

—En mi opinión, caballeros, es esencial que actuemos con la mayor rapidez para que la isla Norfolk vuelva a ser una colonia penal.

Por un lado, estoy ansioso por librar a Sídney y Newcastle de los peores criminales.

Quiero abrir el valle de Hunter a la colonización libre, pero no puedo hacerlo hasta que hayamos cerrado el establecimiento penal de Newcastle.

Es muy fácil escapar de allí, en tanto que aquí, en Sídney, como todos ustedes saben, el alojamiento para los presos condenados a pena capital está al límite de su capacidad.

Además, por supuesto, existe la amenaza constante de que nuestros antiguos enemigos, los franceses, intenten apoderarse de cualquier zona que dejemos desocupada y sin defensa.

Ya han oído el relato del señor Broome sobre la fragata francesa que hizo escala en la isla Norfolk justo antes de su llegada.

Hubo un murmullo de asentimiento. El secretario de la colonia, el mayor Frederick Goulburn, se desmarcó del grupo. Observó sentencioso que el señor Broome no había presenciado la llegada del barco francés.

—Nos pide que creamos la palabra de un tipo medio loco que parece haber vivido en la isla como un náufrago durante los últimos diez años. Por mi parte, me permito cuestionar la veracidad de su relato.

El gobernador se tensó y Justin intercambió una mirada con James Meehan.

Sentía alivio de no haber mencionado a Van Buren en su informe, tal como se lo aconsejara George de Lancy.

Sabía que Frederick Goulburn era tan impopular con el actual gobernador como lo había sido con Macquarie; sin duda, debido a su ansia de poder e influencia.

En esta ocasión, sin embargo, sir Thomas Brisbane prefirió no hacerle caso, en lugar de reprenderlo.

Dijo con brusquedad:

—El gobierno central es muy consciente del interés que los franceses siempre han mostrado por apropiarse de ese territorio, caballeros.

Los holandeses también están haciendo grandes esfuerzos para excluirnos del comercio de las Indias Orientales; en particular, a la Compañía Británica de las Indias Orientales y al puerto franco de Singapur, fundado hace poco por sir Stamford Raffles.

Las instrucciones que he recibido de la Oficina Colonial al respecto son claras e inequívocas: se establecerán nuevos asentamientos donde y cuando sea posible a lo largo de la costa australiana, y solo yo tengo autoridad para crear estos asentamientos penales.

—Está el Tamar, señor —le recordó Goulburn—. Usted…

El gobernador Brisbane apretó los labios con firmeza.

—Si me permite hablar sin interrupciones, mayor, creo que concluiremos nuestro asunto con mayor celeridad.

—Señaló una carta abierta que tenía delante, pero continuó sin hacer referencia a ella—: El capitán Gordon Bremner ha sido enviado desde Inglaterra, en el buque de Su Majestad Tamar, con órdenes de tomar posesión formal de nuestra costa norte.

Recordarán, tal vez, que el estudio del capitán Parker King, hace seis años, reveló la idoneidad del puerto Essington, en la bahía de Raffles, para el establecimiento de un puesto comercial y un asentamiento.

Una vez más, se oyó un murmullo favorable entre los miembros del consejo. Ahora bien, como el gobernador intuía que el asentimiento se debía más a un acto de cortesía que a un conocimiento real del asunto, se volvió hacia John Oxley, el topógrafo oficial.

—Creo que usted tiene un mapa de la zona en cuestión, ¿no es así, señor Oxley?

—Desde luego, señor —le aseguró Oxley. Buscó en la carpeta de documentos que tenía sobre la mesa y sacó el mapa.

Se produjo un largo debate mientras los miembros del consejo estudiaban la carta topográfica. Según Justin pudo notar, era una de las que había elaborado Phillip Parker King en abril de 1818.

—Usted ha estado en la costa norte, ¿verdad, señor Broome? —sugirió el gobernador.

Dejó que la discusión continuara, aunque sin participar en ella, mientras sus dedos tamborileaban impacientes en el borde de la mesa. Por supuesto, pensó Justin, Brisbane ya había tomado una decisión sobre el asentamiento y no necesitaba ni deseaba una orientación por parte de su consejo.

—Sí, señor —confirmó—, he estado allí.

—¿Con el capitán King?

Justin sonrió.

—No, señor, con el capitán Flinders. Lo acompañé en su última exploración de la costa.

—Debía de ser muy joven, eso fue… Dios mío, ¡seguro que hace más de veinte años!

—Yo tenía diez años, señor. Mi padre era el capitán del Investigator.

Recibió el nombramiento después de que el señor Thistle muriera ahogado.

Al capitán Hinders debo que haya cumplido la promesa que me hizo cuando intenté embarcarme a escondidas en el Norfolk, tres años antes.

Por cierto, esa promesa, ahora… —Justin suspiró—, me la recuerda mi hijo mayor con demasiada frecuencia.

El gobernador lo miró pensativo.

—¿Qué edad tiene su hijo, señor Broome?

—Nueve años, señor.

—¡Ah! —El rostro arrugado y algo austero de sir Thomas se relajó en una sonrisa de singular calidez—.

Es usted un hombre afortunado. Nosotros perdimos a nuestro primogénito durante la travesía hacia aquí, pero me alegra decirle que lady Brisbane dio a luz a un niño fuerte y sano hace diez días, cuando usted estaba de camino a la isla Norfolk.

Supongo que por eso no se habrá enterado.

Tener un hijo lo es todo, señor Broome. Tengo intención de llamar al mío James Australia, y espero que, al igual que el suyo, desee seguir los pasos de su padre y…

—Se interrumpió y dejó de sonreír al instante cuando el presidente del Tribunal Supremo, Francis Forbes, preguntó con gravedad si el capitán Bremner llevaba consigo desde Inglaterra a sus propios colonos libres.

—Viene con un contingente de infantes de marina reales para la guarnición, señor Forbes, pero nosotros le proporcionaremos mano de obra de convictos, según las instrucciones del secretario colonial.

El tono del gobernador había sido firme y no admitía réplica, pero el juez Forbes, quien, según reflexionó Justin, se había mostrado más comprensivo con los delincuentes de la colonia que sus predecesores en el cargo, parecía dispuesto a discutir.

—Señor, debo cuestionar la legalidad de la ordenanza —insistió—.

El nuevo asentamiento en la bahía Raffles debe ser, en efecto, un lugar de castigo secundario.

Cualquier convicto que usted envíe allí tendrá que realizar trabajos forzados, ¿no es así?

Y serán trabajos forzados con grilletes, sin duda, pero en Inglaterra recibieron sentencias de deportación, señor, no de trabajos forzados.

En mi opinión, gobernador, usted no tiene derecho, según la ley, a cambiarlas.

El gobernador se enderezó. Desde su silla, como una figura rígida, bien erguida y marcial, respondió con frialdad:

—En mi opinión, señor Forbes, todo el trabajo peligroso de los pioneros debe ser realizado por convictos.

Estamos hablando de personas cuyas vidas, a consecuencia de los delitos que han cometido, son menos valiosas que las de los hombres libres.

Le aseguro que los enviados a la bahía Raffles serán seleccionados con todo cuidado entre los presos que hayan incurrido en condenas secundarias desde su llegada aquí.

Solo se los obligará a trabajar encadenados si intentan escapar o se muestran recalcitrantes.

Esa ha sido siempre la política de mis predecesores, y yo pretendo continuarla.

—Cuando Forbes intentó interrumpirlo, frunció el ceño—.

Los enviados a reconstruir la prisión y los barracones de la isla Norfolk serán hombres de esta categoría, y serán tratados de forma similar.

La buena conducta siempre será recompensada, señor Forbes.

El juez Forbes enrojeció de indignación.

—Pero, Excelencia —comenzó—, solo pretendía salvaguardar su propia posición. Usted…

El coronel Erskine, vicegobernador, miró a Brisbane a los ojos e intervino en voz baja:

—Me parece, señor, que la posición de Su Excelencia está respaldada por las instrucciones de lord Bathurst relativas a la asignación de mano de obra convicta.

Su Señoría ha expresado el deseo de que la situación de los convictos sea, y cito de memoria, «de trabajo laborioso, templada con toda consideración de humanidad y bajo principios correctivos para una enmienda».

Si no me falla la memoria, lord Bathurst también afirmó que «los convictos deben distribuirse por todo el país, lejos del alcance de los placeres a los que tienen acceso por residir en las ciudades y que impiden que el destierro sea un medio de reforma».

Sin duda, señor, el mayor Goulburn tendrá la correspondencia pertinente en sus archivos, en caso de que usted desee consultarla.

Nervioso, Frederick Goulburn asintió y el juez Forbes se sumió en un silencio ofendido. Recuperada la compostura, Goulburn preguntó:

—¿Es necesario que el señor Broome y el señor Meehan permanezcan aquí más tiempo, señor? Hemos escuchado su informe y Su Excelencia aún no ha oído al señor Oxley en relación con el puerto Curtis y la bahía Moreton.

Justin se levantó, pero el gobernador le indicó que permaneciera sentado.

—No necesitamos retener más al señor Meehan —respondió en seco—, pero le agradecería, señor Broome, que nos participara su experiencia en la zona. Creo que ha estado allí muchas veces, ¿no es así?

—Sí, señor, así es —confirmó Justin—, pero…