Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Cogió al niño del brazo y lo condujo hacia la puerta. Claus se quedó mirándolos con pena, pero ellos no se volvieron para despedirse. Se alejó corriendo como un cachorro castigado, sin hacer caso a la orden de Lucy de que esperara.

Ella no fue a buscarlo, consciente de que sería una pérdida de tiempo.

El niño se quedó un rato en el jardín de rosas, en busca de desahogo, reconfortado por el fragante aroma de las flores inglesas y la belleza de los capullos.

El jardín estaba a cargo de un hombre muy hábil, único sirviente convicto de la casa, aparte de dos mozos.

Recordó, entonces, el paquete de papeles. Se recogió las faldas y corrió de vuelta a la casa, ansiosa por leerlos y saciar su curiosidad antes de que Jos los reclamara.

Pero, para su consternación, Jos se le había adelantado. Tambaleándose, sin afeitar y con la ropa en desorden, seguía siendo una figura formidable. Lucy bien sabía lo capaz que era de recurrir a la violencia física si ella intentaba interponerse en su camino.

Hizo un alto y recuperó el aliento. Él le preguntó con voz ronca:

—¿De dónde has sacado esto? —Levantó el paquete, aún sin abrir—. Son mis documentos privados, señora, ¡y no son para que tú los leas, maldita sea! ¿Qué hacían aquí? ¿Me los has robado mientras dormía?

—No, claro que no. —Lucy se irguió y miró a su esposo con desprecio manifiesto—. Has sido descuidado. Los dejaste en el barco del capitán Broome. Su esposa pensó que eran valiosos y acaba de traerlos.

—Y lo son —dijo el marido con aire triunfante—. ¡Podrían colgarme!

Antes de que Lucy pudiera abrir la boca para preguntar o protestar, Jos se metió el paquete en el escote de la camisa y se marchó a trompicones. A gritos, pidió a Saleh que le trajera la comida que había pedido.

Claus respondió a la imperiosa llamada.

—La comida aún no está lista, señor —comenzó—. Saleh dice…

Jos levantó una mano enorme, se la estrelló en la cara y el niño fue a dar al suelo.

Lucy contuvo un grito, pero no hizo nada por intervenir, pues el regodeo de Jos la tenía alarmada.

Cuando Claus se levantó entre sollozos, ella lo empujó con un burlesco «¡corre, bocazas!

». Enseguida fue a su dormitorio a buscar refugio y cerró la puerta.

Tenía que pensar, se dijo a sí misma. Pensar e idear algún modo de echarle mano al paquete envuelto en tela impermeable. Porque, si su marido había dicho la verdad al afirmar que esos documentos podían condenarlo… Una sonrisa fugaz se dibujó en sus labios.

Quizá había llegado el momento de poner fin a ese matrimonio, como había hecho con el primero.

Sin duda, ese asunto no le causaría más remordimientos ni más dolor que la pérdida de Luke Cahill.

Los días en que Jos estaba enamorado y ella podía manejarlo a su antojo habían quedado atrás.

En el presente, era rara la vez que iba a buscarla a su cama, rara la vez que intentaba hacerle el amor; y hacía tiempo que ella había dejado de celebrar sus insinuaciones. Más bien… Lucy se estremeció.

Más bien, le daban miedo. La aterrorizaba el temperamento violento de su esposo. Además, Jos la había alejado de su familia, había creado una brecha entre Abigail y ella, algo que no podría remediarse mientras ella siguiera siendo su esposa.

Fue al espejo que colgaba de la pared frente a su cama y se miró con ojos críticos e inquisitivos.

El reflejo le decía que aún era delgada y que seguía siendo más guapa que la media.

Y era joven, demasiado joven para estar encadenada a un matrimonio sin amor y con un tosco borracho como Jos Van Buren.

Tomó una decisión impulsiva: se sentó al escritorio de madera tallada que utilizaba para la correspondencia, buscó pluma y folios y comenzó a redactar una invitación.

En su casa, el comandante Josef Van Buren y su esposa…

No, eso no era lo bastante formal. Arrugó la hoja de papel y empezó de nuevo.

El comandante Josef Van Buren y su esposa tienen el placer de invitar a Sus Excelencias sir Thomas Brisbane y lady Brisbane a la recepción que tendrá lugar en el número seis de la calle Bridge el…

Recordó que lady Brisbane había dado a luz a un varón hacía solo una semana, en Parramatta. Debía dar tiempo para que la esposa del gobernador se recuperara del parto, así que… Mordiendo la punta de la pluma, Lucy reflexionó sobre la cuestión. Enseguida, escribió:

… jueves, 6 de mayo, de ocho a diez de la noche.

Eso debería bastar. Sin duda, los Brisbane irían a Sídney para el bautizo de su hijo.

Invitaría también al coronel Erskine, al vicegobernador y su esposa, a los oficiales de la guarnición, a John y Hannibal Macarthur, junto con sus esposas, al archidiácono Scott, al reverendo Samuel Marsden y su esposa, a la viuda de Phillip King y, por supuesto, a Abigail y Timothy.

Debía hacer una lista y mandar a entregar las invitaciones en mano. El cochero podría ir a Parramatta con las destinadas al gobernador y a los Macarthur.

Jos tendría que moderar su consumo de alcohol, al menos durante los días previos a la fiesta; ella se haría cargo de eso…

Con renovada esperanza, Lucy elaboró su lista.