Capítulo 4 #2
—La hospitalidad del capitán Broome deja mucho que desear —había dicho colérico—.
Apenas pude probar un trago desde que abordé su maldito barco del rey, ¡y yo estaba congelado casi hasta la muerte!
Broome tenía a bordo a su querido cuñado, el juez George De Lancey, y a un exconvicto, un advenedizo de la oficina del topógrafo llamado Meehan.
Dios sabe en qué han estado metidos, ¡pero me trataron como si nuestras naciones aún estuvieran en guerra!
Tal vez, pensó Lucy con tristeza, eso explicaba por qué Jos Van Buren había causado una impresión tan mala en la elitista y muy compacta sociedad de Sídney.
Quizá su esposo no había antagonizado con Timothy Dawson solo por su afición a la bebida ni por su arrogancia…
Ah, sí, había chocado incluso con su hermano, Rick.
Algunas viejas enemistades perduraban, y Jos no era hombre que olvidara con facilidad.
A diferencia de la mayoría de sus compatriotas durante la ocupación británica de Java, había alimentado un odio profundo y duradero hacia las tropas de ocupación; en particular, hacia el gobernador británico, Stamford Raffles, a pesar de que había aceptado la hospitalidad de los Van Buren y los había apoyado de dientes afuera. Él…
— Mevrouw, señora… —Era la voz suave y sibilante de Saleh. El criado malayo entró en la habitación sin hacer ruido, con su esbelta figura vestida de blanco. Lucy salió de su ensimismamiento y se volvió, sobresaltada.
—¿Qué pasa? —preguntó con brusquedad.
La mirada de Saleh se posó por un momento en el cuerpo repugnante y encorvado de su amo. Luego, astuto, el hombre la llevó al rostro de Lucy. En el holandés esmerado que le habían enseñado de niño en una escuela misionera de Batavia, dijo:
—Visitas, señora. Los he llevado a la terraza trasera, puesto que he creído que eso desearía la señora.
La insinuación era clara, y Lucy no se molestó en negarlo.
—¿Quiénes son? —preguntó. Dadas las circunstancias, no tenía ganas de recibir a nadie, y menos aún a su hermana Abigail, que podría haber tenido la idea de venir a darle el pésame. A esas alturas, la pérdida del Flinders sería, sin duda, de dominio público.
—Es la esposa del capitán Broome, señora, con un niño pequeño; el hijo del señor Broome, creo. ¿Desea la señora que sirva café? ¿O quizá té?
—No —respondió Lucy con un gesto impaciente—. No se quedarán.
Se sentía a la vez molesta y confundida, pues no entendía el motivo de aquella visita inesperada.
Era cierto que el barco de Justin Broome había traído a su marido de vuelta a Sídney y que, según Claus, todos habían sobrevivido gracias a la pericia de Justin como marinero, pero…
Lucy apretó los labios. Jessica Broome, se dijo a sí misma, no se atrevería a hacerle una visita social.
Antes de casarse, esa joven había sido sirvienta en la Casa de Gobierno, y era hija de un sargento del regimiento del gobernador Macquarie.
Así que no era una dama. Se habían visto en una o dos ocasiones en casa de los Dawson, era cierto.
Además, el hecho de que Justin Broome fuera oficial de la Marina Real había hecho que sir Thomas y lady Brisbane los recibieran en actos oficiales.
Sin embargo, había que marcar un límite, reflexionó Lucy; era algo que ella siempre había hecho, aunque Abigail no.
Se alisó la falda de su voluminoso vestido de seda y se dirigió sin prisa hacia la fresca y sombreada terraza que daba al jardín trasero de la casa.
Jessica Broome, delgada y de cabello oscuro, se levantó al verla llegar y se disculpó por la visita tardía.
Lucy tenía que reconocer que era una joven atractiva, con un vestido marrón pulcro, aunque no muy a la moda.
Los puños y el cuello de lino eran de un blanco inmaculado.
Un sombrerito de paja adornado con flores enmarcaba su rostro.
De porte elegante y tez rosada y luminosa, no parecía lo bastante mayor como para ser madre del robusto niño pelirrojo que estaba a su lado.
El niño era alto, apenas unas pocas pulgadas más bajo que su madre.
Sonrió divertido cuando su madre lo presentó como Murdoch.
—Todo el mundo me llama Red, señora —explicó él con toda cortesía.
Lucy, a pesar de sus reservas, se encontró respondiendo a la sonrisa del chico. Estrechó la mano que su madre le tendía y lo invitó:
—Quizá te gustaría ir al jardín, Red, mientras hablo con tu madre.
Fue una invitación hecha con cierto desdén, tal como ella pretendía, pero el niño la aceptó con un entusiasmo inesperado.
—Claus está allí, señora —le dijo— y quiero que me cuente todo sobre el naufragio del Flinders. Voy a hacerme a la mar muy pronto con mi padre. Habría ido con él en su último viaje, pero… eh… mi madre dice que primero tengo que terminar los estudios.
Lanzó una mirada pícara a su madre, más burlona que de reproche, y bajó corriendo los escalones de la terraza. Mientras cruzaba el césped, iba llamando a Claus con su voz aguda.
—Aún no tiene diez años —dijo Jessica con tristeza—, pero solo piensa en hacerse a la mar con su padre.
—Qué pena —respondió Lucy, sin animar a su visitante a seguir hablando del tema. Señaló la silla de la que Jessica acababa de levantarse, pero no se sentó, sino que se apoyó en la barandilla de la terraza—. ¿Puedo saber el motivo de su visita, señora Broome? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarla?
—Oh, no, gracias —respondió Jessica con un movimiento de cabeza—. He venido a ver a su marido, señora Van Buren. Pero, si le resulta inconveniente…
—Muy inconveniente. El mayor Van Buren regresó agotado y está durmiendo.
Me temo que no puedo molestarlo. Pero seguro que…
—Lucy arqueó las cejas en una pregunta tácita.
Hizo una pausa y enseguida preguntó con impaciencia—: ¿No podría ocuparme del asunto yo misma?
A menos, claro está, que se trate de la pérdida del Flinders.
Mi marido tendrá que hacerse cargo de eso.
—¿Había ido esa mujer a exigir una indemnización por la pérdida del miserable barco?
, se preguntó indignada, y añadió con tono cortante—: El contrato era con el señor Campbell, ya lo sabe.
Tengo entendido que él era el propietario del barco.
—Sí —confirmó Jessica con tranquila dignidad.
Dos manchas de color aparecieron en sus mejillas, como si hubiera leído los pensamientos de Lucy, pero continuó, aún en voz baja—.
El mayor Van Buren dejó unos documentos en el camarote que ocupaba a bordo del Elizabeth.
A mi marido lo han llamado para asistir a una audiencia con el gobernador, por lo que me ha pedido que se los entregara.
Me ha dicho que se trata de documentos confidenciales, señora Van Buren.
—Entonces, puede entregármelos —le aseguró Lucy. Cuando Jessica no hizo ademán de hacerlo, extendió las manos en un gesto de exasperación—. Vamos, señora Broome, no hay secretos entre el mayor Van Buren y yo.
—No, claro que no. —Jessica Broome volvió a sonrojarse.
Dudó un momento más, pero al fin abrió su bolso bordado y sacó un paquete de papeles—.
Justin me pidió que se los entregara en persona al mayor Van Buren.
Están sellados, así que supuso que serían de algún valor, pero, si usted quiere quedárselos, entonces…
—Yo me los quedaré. —Lucy extendió la mano.
El paquete estaba envuelto en tela impermeable.
Lo miró con curiosidad y se percató de que no parecía que lo hubieran abierto.
El contenido tenía que ser valioso si Jos lo había rescatado del naufragio, pero, en presencia de Jessica Broome, no se atrevía a romper los sellos, pues eso desmentiría la afirmación de que su marido confiaba en ella.
Con fingida indiferencia, dejó el paquete sobre una mesa cercana y se volvió hacia su visitante—. ¿Eso es todo, señora Broome?
Jessica se levantó de un salto. Aceptó la despedida sin rastro de rencor.
—Sí, eso es todo, señora Van Buren.
—Entonces, no la entretengo más. Gracias por tomarse la molestia de venir.
Lucy cogió la campana de latón con la que llamaba a Saleh y la hizo sonar con fuerza. Saleh apareció al instante, con el rostro moreno e impasible.
—Mi amo se ha despertado —dijo—. Y pide comida, señora.
—Llévale la comida, entonces —le ordenó Lucy—, después de que hayas acompañado a la señora Broome a la salida.
—Tengo que ir a buscar a mi hijo —le recordó Jessica—. Si me permite salir por su jardín, lo encontraré.
El tono era cortés; los modales, impecables, pero Lucy alcanzaba a percibir un resentimiento controlado que no se expresaba con palabras.
Tal vez, pensó, su agradecimiento había sido demasiado frío; al fin y al cabo, la joven había ido a prestarle un servicio.
Además, podía decirse que Jos le debía la vida al marido de Jessica, un hecho que no se había mencionado durante esa breve conversación.
Lucy esbozó una sonrisa y se adelantó hacia el jardín.
—Lo buscaremos juntas —dijo con amabilidad—. Es posible que Claus lo haya llevado al jardín de rosas.
Encontraron a los dos niños allí. Lucy le tendió la mano a Jessica en cuanto Red estuvo reunido con ellas.
—Le doy las gracias de nuevo, señora Broome.
Y estoy segura de que, cuando se recupere de la terrible experiencia, el mayor Van Buren querrá expresar su agradecimiento a su marido por todo lo que ha hecho.
Claus, como todos los de su estirpe, tiende a exagerar, pero, con que sea cierta solo la mitad de lo que me ha contado, el señor Broome fue muy valiente al acudir al rescate del Flinders.
Red empezó a hablar, con los ojos azules brillantes de orgullo, pero Jessica lo silenció con firmeza.
—Que tenga un buen día, señora Van Buren —dijo en voz seca.