Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 4
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Capítulo 4

En la espaciosa sala de estar del número seis de la calle Bridge, Lucy Van Buren miraba a su marido con disimulado disgusto.

Desde su regreso el día anterior, el holandés no había dejado de beber.

Ahora dormía en el sofá, con la ropa desarreglada y la boca abierta.

Su pesada respiración se veía interrumpida por gruñidos y ronquidos.

¿Qué había hecho?, se preguntaba Lucy con amargura, ¿qué crimen había cometido para que Dios la hubiera sancionado con dos maridos por los que solo sentía desprecio y repugnancia?

Luke Cahill, por supuesto, había sido un debilucho, un hombre sin educación, carente tanto de modales como de inteligencia.

Ella se había casado con él por impulso, cuando era demasiado joven e ingenua para verlo tal como era.

No había lamentado su muerte, no lo había llorado; de hecho, había estado demasiado enferma y conmocionada por los acontecimientos que habían llevado a su muerte como para ser capaz de sentir nada más que autocompasión.

Pero, con Jos Van Buren, las cosas eran diferentes.

Este era oficial. Un oficial colonial holandés, cierto, pero era un caballero, guapo y autoritario, y, según ella había supuesto, bien educado e igual a ella en lo intelectual.

Lucy se había sentido tan atraída por él como él por ella.

En la situación en la que se encontraba después del naufragio y la pérdida del Kelso en una isla holandesa desconocida, las atenciones del comandante de la guarnición de Timor no le habían resultado desagradables.

Recordaba que él la había tratado con una cortesía y un respeto impecables, y, aunque ella pudo percibir de inmediato el apetito concupiscente del hombre, este no había pasado de besarle la mano.

De hecho, a pesar de que había compartido con Van Buren los aposentos oficiales durante las semanas que le llevó recuperarse del naufragio, Jos nunca había entrado en su dormitorio sin invitación.

Luego se enteró de que él tenía una esposa nativa.

Los celos de cierta mujer empezaron a inspirarle un miedo mortal.

Era una criatura hermosa, de piel oscura, que vivía recluida en un bungaló.

Lucy había supuesto que se trataba de una sirvienta, pero, entonces, la supuesta sirvienta la atacó con un cuchillo con intención de matarla.

Ahí fue cuando Lucy se dio cuenta de la verdad.

Fue un ataque inesperado que no le causó más que unos rasguños, ya que otro sirviente intervino justo a tiempo.

Jos ordenó entonces que arrestaran a su esposa, y luego, al final de la ocupación británica, cuando el gobernador de Batavia estuvo de vuelta, la mujer fue juzgada y condenada a muerte.

Transcurrió entonces un intervalo adecuado, es decir, adecuado a juicio de Jos —Lucy frunció el ceño al recordar lo breve que había sido—, tras el cual él le pidió matrimonio. Ella aceptó.

Tuvieron una boda fastuosa y una larga luna de miel en Batavia.

Jos era un amante apasionado y excitante, experimentado y rebuscado.

En el entorno un tanto civilizado de la capital colonial holandesa, ella fue feliz en extremo.

De hecho, se creía de verdad enamorada de su nuevo marido.

Batavia, liberada de las restricciones del gobierno de Stamford Raffles, había vuelto a ser lo que era: los holandeses ricos ofrecían recepciones fastuosas y vivían en la opulencia, y ella y Jos eran tan populares como solicitados en sociedad.

Los invitaban con frecuencia a las recepciones del virrey y a las casas de los funcionarios civiles y militares.

A Jos no le había faltado dinero. El cofre de joyas forrado de terciopelo que Jonas Burdock había rescatado de los restos del Kelso permanecía intacto.

Entonces, ella había decidido utilizarlo como su seguro, en caso de que fuera necesario.

Y no había sido necesario durante los primeros años de su matrimonio.

Con una mezcla de exasperación y desesperación, Lucy volvió a mirar a su marido dormido.

Pensó con amargura que Jos había destruido su sueño de felicidad.

Estuvieron en Batavia durante más de un año, pero luego, contra sus deseos, se habían visto obligados a regresar a Timor y a la miserable aldea selvática de Kupang.

Allí, durante los años siguientes, Jos se había deteriorado, casi sin que ella se diera cuenta de lo que le estaba pasando.

Enfermo de fiebre, había estado a punto de morir.

Cuando se recuperó, empezó a beber en exceso, engordó, perdió el entusiasmo por la vida y comenzó a descuidar sus obligaciones.

El antiguo gobernador, que era amigo suyo, fue tolerante hasta cierto punto con su creciente ineficiencia.

Pasaba por alto sus malversaciones y hacía la vista gorda ante sus actividades comerciales ilícitas, pero, cuando llegó un nuevo gobernador, se acabó la tolerancia y Jos fue relevado de su cargo.

Regresaron entonces a Batavia, y allí, puesto que Jos pasaba más tiempo borracho que sobrio, incluso esa ciudad terminó por perder su encanto.

Fue entonces cuando Lucy concibió la idea de regresar a Sídney.

El pago que obtuvo por las joyas le bastó para comprar no solo una goleta, la Dirk Wanjon , de trescientas toneladas de arqueo, sino también un cargamento de mercancías y bebidas alcohólicas.

Se vendieron en Sídney con rapidez y grandes ganancias, y lo mismo ocurrió con la goleta… Lucy volvió a suspirar.

Las ganancias le habían servido para comprar una bonita casa en la calle Bridge.

Tenía dos pisos y estaba hecha de ladrillo.

La había dotado de sirvientes nativos —esclavos en todo, menos en el nombre—, a quienes Jos había insistido en llevar consigo.

Sin duda, dotaban su hogar de un prestigio innegable, reflexionó.

Su cocinera era mejor que todas las cocineras convictas, incluyendo las de los residentes más ricos de Sídney, en tanto que su mayordomo de piel oscura, Saleh, era la envidia de las esposas.

El niño Claus no le caía bien, pero… era útil, humilde y modesto, así que le bastaba con intentar olvidarse de que era hijo de Jos.

Y, dado que el holandés lo trataba como a uno más de sus sirvientes y no mostraba ningún afecto por él, a Lucy no le resultaba demasiado difícil borrar de su mente el parentesco.

Se sentía contenta de que, de hecho, el niño nunca se aprovechara de la situación.

El regreso a Sídney había sido bastante dichoso, gracias a la calidez con que la recibieron su hermano Rick y su hermana Abigail.

Al principio, Jos hizo un esfuerzo notable por recomponerse.

La pérdida de su cargo lo tenía conmocionado.

Entonces, durante los primeros meses, bebió muy poco, con el resultado de que se puso en forma y llegó a estar un poco más delgado.

Aún con los restos de su antiguo encanto, había tratado de cautivar a sus parientes y a los miembros respetables de la sociedad de Sídney.

Pero aquello no duró mucho. Jos se enfadó por la negativa del gobernador a permitirle adquirir una concesión de tierras en las condiciones favorables que se ofrecían a los nuevos colonos.

Y habría podido hacerlo, según había decretado sir Thomas Brisbane, si el privilegio se hubiera otorgado a nombre de su esposa.

Además, la concesión original que ella había compartido con Abigail en Yarramundie había sido vendida.

Al igual que el gobernador, Timothy Dawson, el marido de Abigail, negó cualquier indemnización en especie, a menos que eso también fuera a nombre de ella.

Lucy se levantó de la silla y se acercó a la ventana, con sus delicadas cejas oscuras fruncidas.

Era cierto que Timothy le había ofrecido la excelente granja de Portland Place, cerca de Parramatta.

El lugar había pertenecido a su difunto suegro y socio, el pobre Jasper Spence, quien había perecido junto con su esposa, Frances, en el hundimiento del Kelso.

Pero Jos, con su orgullo masculino herido hasta lo más hondo, había rechazado la oferta con la misma reacción iracunda con que había rehusado la del gobernador.

Para su pesar, aquello había provocado un amargo desacuerdo entre él y Timothy.

Y también, sin poderlo evitar, un enfriamiento mutuo en lo relacionado con Abigail.

Lucy no quería que Jos se dedicara al comercio, por temor al daño que esa actividad pudiera hacer a su prestigio social.

La mayoría de quienes se ganaban la vida de ese modo tenían raíces de convictos.

Incluso Simeon Lord, el primer emancipado que recibiera un nombramiento de magistrado, a pesar de su riqueza, sus fábricas de lana Iris y sus veinte mil acres, ya no era recibido en la Casa del Gobierno como en la época del gobernador Macquarie.

Pero Jos se había mostrado inflexible. Recordó con indignación que, sin su consentimiento y sin haberle dicho nada, su marido había entablado negociaciones con Simeon Lord para adquirir dos barcos antiguos y en mal estado que el comerciante ya no estaba usando.

Unos meses más tarde, en los astilleros de Robert Campbell había fletado el Flinders, el pequeño bergantín que fuera propiedad de Justin Broome.

Era típico del holandés no revelar nada de sus actividades. Eso sí, afirmaba arrogante que eran muy rentables. Llegó a insinuar que el viaje que estaba a punto de emprender en el Flinders sería, quizá, el más rentable de todos.

Lucy volvió a mirar con disgusto la gran figura tumbada en el sofá.

Lejos de obtener beneficios, Jos había perdido el Flinders en circunstancias que, si había que creer a Claus, no lo honraban en absoluto, además de que terminarían por acarrearle una pesada responsabilidad financiera.

Pero él, en lugar de darle explicaciones o intentar confiar en ella, se había dejado caer sobre su precioso sofá tapizado de terciopelo y había llamado a gritos a Saleh para que le trajera brandy.